El último idiota, 1

idiotic freud

Nota: Publiqué esta serie en otro de mis sitios de WordPress, Hojas eliminadas, de diciembre de 2010 a enero de 2011. Creo que valdría la pena recogerla en un librito.

 
Lo que me pasó hace un año con alguien que creía un amigo habrá sido un accidente. Pero fue un accidente con implicaciones serias sobre lo que, en otro de mis blogs, había dicho sobre la sicoterapia.

Todo se originó cuando, a finales del año pasado, se me presentó un problema económico a causa del desempleo. Desde la catástrofe que en 2009 me ocurrió en una isla tuve que, con el rabo entre las piernas y sin dinero alguno, volver al país de origen cayendo una vez más al hogar de mis padres. La idea no era residir allí indefinidamente, pero sin profesión alguna la situación económica del país impidió movilizarme en México como me había movido en los Estados Unidos antes de que me deportaran (país donde, por cierto, jamás me faltó trabajo a lo largo de los cinco años que viví en ese país).

De mi madre y familia he escrito mucho, comenzando por mi Carta a mamá Medusa. Como mi madre no me ha querido desde mi adolescencia, este grotesco haber caído de nuevo al huevo familiar, así como mi incapacidad de cruzar la frontera (por estar fichado en el Departamento de Inmigración estadounidense), se prestó a que mi madre quisiera expulsarme a un lugar frío, inmundo, sin alfombra ni muebles ni adecuada ventana siquiera, fuera de su propiedad, a pesar de que dentro de la propiedad de mi madre hay dos casas con cinco habitaciones en la planta alta de la primera casa y cuatro en la segunda casa. Sólo para dar una idea de la residencia de mis padres diré que ellos poseen tres pianos; cuatro sirvientas que se turnan, un chofer, y un handyman que arregla la carpintería, electricidad, masonería o plomería de la mansión cada sábado.

Viviendo ellos en gran confort, desde mi regreso de la isla mi preocupación era ir a dar, sin empleo alguno, al lugarejo de mala muerte sin posibilidad de cruzar de nuevo la frontera. Así que se me ocurrió, prometiéndome no hablar del pasado con mi madre, acudir con el doctor Luis Cuevas Lara para abrir la comunicación con mi ella sobre un asunto estrictamente económico.


Alice Miller

¡Qué ingenuo fui! Nunca sospeché que, al igual que los otros charlatanes que denuncié en mis libros, especialmente en el tercero, Luis Cuevas me traicionaría.

Pero me estoy adelantando a la historia. Debo aclarar, en primer lugar, que quienes no han descubierto el legado de Alice Miller no podrán descifrar qué quiero decir con esta nueva serie de entradas. He dicho previamente que este blog [recuérdese que originalmente publiqué esta entrada en mi bitácora privada Hojas eliminadas] representa una suerte de apostillas a mi obra en cinco tomos, parte de la cual puede leerse en internet. Ahora bien, de mi pentateuco, en Mi infancia introduzco al lector al pensamiento de Miller. Fallecida este año en que escribo, mi querida Alice fue una suerte de hada madrina cuya obra rompió un hechizo en mi vida.

Muy bien. El caso es que esta serie sobre “El último idiota” complementa tanto el capítulo “Un analista de rostro humano” de Mi infancia (capítulo donde hablo del finado doctor Carlos García), como lo escrito sobre las sicoterapias en Cómo asesinar el alma de tu hijo.

Resulta que, a diferencia del doctor Carlos García, el doctor Luis Cuevas Lara, quien como García había leído mi Carta a mamá Medusa, a diferencia de García había leído a Miller. Eso fue lo que, como decimos en México, “me fintó”. Me enganó porque la verdad es que, con Luis, se repitió la historia de traición que, casi una década antes, me había ocurrido con el doctor García (véase el capítulo sobre García en Mi infancia). Ahora me resulta absolutamente claro que los conocimientos de Luis sobre Miller eran epidérmicos. Infortunadamente, eso sólo lo descubrí después de diversas sesiones en su consulta, con mi madre.


Jeffrey Masson

De quienes han desenmascarado al sicoanálisis y a las llamadas sicoterapias, el escritor más leíble es Jeffrey Masson, cuyo pensamiento presenté en el segundo libro de mis Hojas susurrantes (una vez más, aquí se ve clarísimo que esta entrada es una suerte de “comentario talmúdico” sobre mi “pentateuco”).

Cuando en octubre y noviembre de 2009 fui con Luis Cuevas a discutir el problema económico con mi madre la idea no era, según yo, buscar “terapia familiar”: palabra que tanto Luis como yo repudiamos. Aunque Luis es endocrinólogo, su previo hobby eran sesiones tempestuosas con gente dañada por la familia; sesiones que él y su grupo, en lugar de llamar sicoterapia familiar, llaman Revaluación y Coescucha (RC). Si bien tardé un tiempo en descubrir que RC era una secta que se originó a raíz de un viejo cisma con la Iglesia de Cienciología (por cierto, yo escribí un minilibro desenmascarando la Cienciología), mi objetivo era que alguien que había leído a Miller, y a quien consideraba mi amigo, podía echarme una mano para abrir la comunicación con mi madre.

Ahora bien, en mis reseñas de los libros de Jeffrey Masson y Susan Forward había escrito que el 99.9 por ciento de las sicoterapias son charlatanería. El residuo del 0.1 por ciento, según creía cuando escribí esas reseñas en 2002, era la terapia de Forward para neuróticos y la terapia de Colin Ross para psicóticos.

Pues bien: mi experiencia de hace un año con Luis Cuevas hizo que cuestionara severamente mi previa postura de que el 0.1 por ciento de las terapias son válidas. La humillante experiencia con Luis, tan encabronante como la que sufrí con Carlos García, me ha hecho revalorar la frase crucial del legado de Jeffrey Masson:

All kind of therapy is wrong.

Póngase atención a la frase de Masson. Aunque los de RC son estrictos en su vocabulario supuestamente antisiquiátrico y supuestamente ajeno a las terapias, a la hora de la verdad fungen como típicos terapeutas ante los problemas familiares; esto es, como practicantes de lo que Miller denomina pedagogía negra (schwarze pädagogik).

Como veremos en las próximas entradas, redefinir la sicoterapia como “Coescucha” no cura a RC de las trampas de los profesionales que se ponen en contra de los hijos frente a sus padres abusivos: trampas que, tanto Miller como Masson, detectaron a lo largo de su obra.

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Published in: on December 29, 2014 at 5:58 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 2

idiotic freud

 
Los patéticos lectores de Alice Miller

Defender la existencia de la raza blanca tiene prioridad ante el tema del maltrato a los niños por el simple hecho de que, como demostré en El retorno de Quetzalcóatl, los caucásicos son quienes menos maltratan a la infancia; de lo que se desprende que si desaparecieran del orbe el trato a los niños empeoraría por necesidad.

A Miller siempre la quise hasta su deceso. Pero una de las razones por las que corté de forma definitiva con los fans de Miller con quienes me topé en internet es porque representan un salto atrás respecto al legado de su mentora. Por ejemplo, Daniel Mackler llama la atención hacia sí mismo: una de las características de quienes quieren formar una secta. He desenmascarado a Mackler en mi blog en inglés y no necesito añadir más rollo aquí.

El sueco Andreas Wirsén no se queda atrás. Junto con Dennis Rodie, la manera en que ambos han entendido a Miller está entremezclada con la más abyecta codependencia hacia el sistema criminal de Suecia. Ello se debe a que, a diferencia de mí, a lo largo de su vida adulta Rodie y Wirsén han sido incapaces de cuestionar los dogmas de la izquierda ultra-liberal en la que duermen los europeos en general y los suecos en particular. Como en el caso de Mackler, en mi blog The West’s Darkest Hour he pintado mi raya ante este par y espero no volver a interaccionar con ellos jamás.

Bueno, para ser justos con el joven Wirsén debo añadir que, a diferencia de Mackler y Rodie, Wirsén ha dado el paso de aceptar los hallazgos de la psicohistoria demausiana como fundamentales para entender a la sufriente humanidad. Pero el último caso de estos fallidos fans de Miller también es el de un asiduo lector de psicohistoria.

De más de sesenta años, “Bookish” es hijo de un inglés y una mora. Ha usado una serie de seudónimos en el foro de Rodie (“Bernard” entre otros), y en Wikipedia subió un laborioso diagrama que él mismo hizo para el artículo de la psicohistoria. Ahora veo que, al igual que Mackler, Rodie y Wirsén, para Bernard le es inconcebible que un lector de Miller expanda su legado hacia una lectura étnica de la psicohistoria, la cual nos enseña que el maltrato a la infancia es más cruento entre los no blancos que entre la gente de piel blanca. A pesar de haber intercambiado mucha comunicación personal conmigo, aún después de distanciarse de mí Bernard no ha dicho, en el foro de Rodie donde participa, media palabra de la crítica que hago de deMause en El retorno de Quetzalcóatl, donde muestro al creador de la psicohistoria como un traidor tanto de la psicohistoria que el mismo elaboró, como de la civilización a la que pertenece.

Así que Luis Cuevas ha sido sólo el último sujeto de una larga racha de gente que, si bien se dicen lectores de Miller, en realidad se han acobardado ante las implicaciones finales de su pensamiento. Mackler, Wirsén, Rodie y Bernard parecen moverse dentro de un zeitgeist ultra-liberal que les impide ver que la raza cuenta, y que la migración masiva de no blancos a sus respectivos países—Estados Unidos, Suecia, Holanda e Inglaterra—es el mayor de los crímenes que podamos imaginar.

Dicho esto, debo añadir que el caso de Luis Cuevas es más análogo al de Mackler, en tanto que este par se ha dedicado, sea profesionalmente o a nivel de amateur (en el caso Cuevas), a la sicoterapia de gente maltratada por sus padres.

Published in: on December 29, 2014 at 5:56 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 3

idiotic freud 
Antecedentes

Antes de pasar a cómo Luis Cuevas me humilló con locuras suyas, debo mencionar sus pecados veniales. Tiene relevancia hacerlo puesto que, a lo largo de los años en que lo traté, Luis había dado visos no amistosos conmigo, los cuales pasé por alto en aras a mantener una amistad sobre el legado de Miller.

Pues bien: cierta vez Luis me hirió diciéndome que, según la opinión de un literato amigo suyo, debía cambiarle los nombres propios a mi libro Como asesinar el alma de tu hijo para que fuera publicable. Si se recuerda cómo me sentí ante Teresa Moreno y Carlos García años antes, quienes me dieron idéntico consejo, se comprenderá mejor la burrada de Luis al sugerirme eso. (Imagínense sugerirle a Solyenitsin que, para hacer su Archipiélago publicable en la Unión Soviética, haría bien en cambiarle los nombres propios a los perpetradores.) Pasé por alto este aparentemente inocente improperio. Pero el mismo muestra qué alejado estaba Luis de mí al aconsejarme eso, a pesar de que había leído los primeros dos libros de mi serie.

Y hablando del segundo de mis libros. Tiempo después de que lo leyó, cierta ocasión en que estábamos en el antiguo Café Gandhi con un tal Fara, me quedé atónito cuando Luis mencionó a Darwin y a Freud como figuras incuestionables en sus respectivos campos de trabajo. Atónito me quedé pues, ahora me resulta obvio, o no leyó Como asesinar el alma de tu hijo o lo leyó pasándoselo de noche.

Entiéndaseme bien. Yo no pido que mis lectores crean lo que escribo. El insulto estriba en que, habiendo desenmascarado a Freud en Como asesinar, y habiendo mostrado en ese libro cómo el sicoanálisis destruyó mi vida adolescente, Luis le hiciera ese comentario casual a Fara estando yo enfrente.

¡Ah…! Y hablando de esa ocasión en el Café Gandhi, sucedió algo que es menesteroso mencionar.

Figúrense nomás mis queridos lectores. Yo había sido quien llegó primero a la Gandhi y se sentó en la mesa. Cuando Luis llegó, lo invité a sentarse (Luis iba a la Gandhi a jugar ajedrez en tiempos en que yo ya había abandonado el vicio). Mi objetivo no era platicar de nimiedades sino hablar de temas profundos; digamos, el saldo que ocasiona en el hijo el maltrato en el hogar. En una de esas llegó Fara, un jugador de ajedrez que tiene fama de peleonero al grado de haber llegado a la Gandhi y a los torneos de ajedrez con moretones por los trancazos que le habían dado. Aunque era mi mesa, Fara se sentó sin preguntar. Dado que el discurso de Fara y los ajedrecistas de la Gandhi era siempre soft talk en lugar de mi hard talk, y dado además que Fara se había sentado sin mi permiso, esperé a que Luis lo ignorara y continuara la conversación conmigo.

Hizo lo diametralmente opuesto. ¡Se puso a platicar de nimiedades con Fara ignorándome por completo!

En aquel tiempo aún no recuperaba mi autoestima al grado en que la he recuperado hoy día. Si eso me pasara en la actualidad con un “amigo”, inmediatamente me daría cuenta que sólo era amigo en mi imaginación. Me levantaría sin decirles media palabra, pagaría mi café y no volvería a la Gandhi jamás. Pero en aquel entonces aún estaba, hasta cierto punto, dañado por lo que me habían hecho mis padres y consentí la situación.

El colmo fue que, cuando en esa misma mesa yo mostré mis desacuerdos con Fara sobre un tema que ya no recuerdo (¿política? ¿parasicología?), Fara se puso como un energúmeno. Entonces pensé que, ahora sí, Luis iba a intervenir de algún modo. Pero se quedó calladito. Calladito como un ratón mientras el autoinvitado a mi mesa me ofendía a pesar de, en mi desesperación, haberme dirigido a Luis preguntándole qué opinaba de ello, quien jamás me defendió de la actitud broncona de Fara.

Ahora sí, me levanté y me fui.

Lo golosinesco del asunto es que, cuando una semana después me reencontré con Luis, éste no trató de disculparse de su abyecta pasividad, sólo habló del carácter pendenciero de Fara. Así que, una vez más, el César no completamente sanado que fui le perdonó esta otra al amigo Luis. Pero hay más…

Se supone que el terapeuta está más sano que su cliente ¿no? Pues bien: Luis fuma y aún padece residuos de su previa conducta alcohólica (el alcoholismo era su coco antes de que Luis hiciera su trabajo en RC). Cierta vez invité a Luis al Starbucks que se encuentra a una cuadra de su consulta. Estábamos cómodos en el interior alfombrado del café cuando Luis me sugirió que nos fuéramos a las bancas exteriores dados sus enormes deseos de fumar. No sólo es una falta de respeto fumar enfrente de un no fumador, sino que, ya estando afuera, la llovizna me mojaba la espalda (a Luis la llovizna no le pegaba). Tuve que sacar el paraguas para que, cubriéndome la espalda, pudiera seguir hablando con el amigo Luis…

Una vez más: aquí se muestra que el César de hace algunos cuantos años aún no recuperaba su autoestima original. Actualmente mandaría a la goma a cualquier “amigo” que de manera egoísta quisiera sacrificarme de ese modo sólo para consentir su vicio; me habría quedado en el interior del Starbucks.

Hay otras anécdotas sobre pecados veniales que podría contar sobre Luis, por ejemplo su feminismo (una vez dijo que las mujeres eran esclavas que “lavan los calzones cagados de sus maridos”—confiérase lo que digo del feminismo en mi blog en inglés), o su atascamiento en el juego del ajedrez en lugar de buscar comunicar sus hallazgos sobre el maltrato a la infancia.

Published in: on December 29, 2014 at 5:48 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 4

idiotic freud 
¿Existe la sicoterapia?

Los siquiatras desprecian a los sicólogos. Éstos a su vez desprecian a los sicoanalistas: quienes ocasionalmente se han rebelado en contra de la siquiatría biológica.

Este hecho, y muchos otros como veremos, me mueve a creer que la llamada sicoterapia que practica toda esta gente… ni siquiera existe. A mi modo de ver, la palabra “terapia” es ya una trampa semántica pues precisamente sugiere que, a pesar de sus enormes diferencias internas, las más diversas y mutuamente exclusivas escuelas de “salud mental” son, por definición, “terapéuticas”: todas “curan” el alma humana.

Como veremos en las entradas finales de esta serie sobre “El último idiota” la terapia no sólo no existe, sino no puede existir. Lo que existe es una multifacética profesión fraudulenta que hace su modus vivendi presentándose al público con una palabra que anestesia nuestro entendimiento, “sicoterapia”. Y respecto al público en sí, existen millones de ingenuos que creen que la sicoterapia es algo tan real y legítimo como la terapia médica.

Es increíble cuánto tarda la mente humana en despertar de una matriz ideológica. En mi muy personal caso llegué a la conclusión de arriba gracias a dos libritos de Tom Szasz, El mito de la psicoterapia, traducido al español en México por Ediciones Coyoacán, y Anti-Freud. A pesar de haber leído también los mejores libros de Jeffrey Masson, en los cuales Masson pone a la terapia como un simple culto o secta (uno ellos se titula Against therapy), tardé años en digerir las implicaciones del legado de Szasz, posiblemente el siquiatra más leído y traducido del mundo.

Aunque estoy en desacuerdo con la postura totalizante de Szasz sobre lo que él llama el Estado Terapéutico (yo creo que el problema central del mundo actual es más bien el zeitgeist antioccidental del que hablo en The West’s Darkest Hour), en esta entrada usaré el modelo szasziano haciendo uso de la metáfora de una película de ciencia-ficción, Matrix.

Imaginemos al Arquitecto de la película diciéndole a Neo que, en lo que se refiere a la ciber-prisión, ha habido no una sino varias matrices en la historia de engaño virtual a la humanidad. Nos es fácil poner en evidencia a las matrices difuntas donde la gente de épocas pretéritas ha dormido (imaginemos el autosacrificio en tiempos precolombinos), o las matrices que están muriendo (como el cristianismo). Sin embargo, salvo el Elegido ha sido prácticamente imposible desenchufarse de la matriz en turno.

Un mexica de hace quinientos años no entendería que un hipotético disidente indio le dijera que jamás trataría de curarse una enfermedad con el médico brujo de un barrio de Tenochtitlan, dado que nuestro disidente no cree en la existencia de los dioses del panteón azteca. El mexica común eludiría semejante ateísmo como algo inconcebible, y le diría al incrédulo que, si bien concede que las abluciones lacustres en favor a Tláloc no lo curaron de su mal dermatológico, quizá una ablución en la fuente en honor a Tezcatlipoca haría el truco. Si nuestro hipotético disidente persistiera en su ateísmo, el mexica le respondería que está dispuesto a aceptar sus reservas respecto a un dios o curandero específicos, pero rechazar en bloque toda la religión de sus ancestros es algo “muy exagerado”.

Menciono esta frase porque he sabido que, cuando solía dar conferencias en la Secretaría de Educación Pública de la Ciudad de México diciendo que la siquiatría—toda la siquiatría—era seudocientífica, a mis espaldas un conocido de la familia comentó precisamente eso, que yo era “muy exagerado”.

Entiéndaseme bien. Cualquier pelafustán es capaz de entender que un siquiatra corrupto se alíe con, digamos, un marido represor para internar a su esposa cuerda. Hay películas sobre estos temas. Infinitamente más difícil es concebir qué es una seudociencia avalada por la sociedad dado que ello implicaría poseer conocimientos filosóficos para distinguir entre ciencia verdadera y falsa (cf. mi artículo Por qué la siquiatría es una falsa ciencia). En mis escritos pongo en tela de juicio la metanarrativa de la sociedad actual, y eso es algo que la sociedad no me va a tolerar jamás (al menos no en un futuro cercano). Análogamente, que yo sepa ningún azteca cuestionó la cosmovisión de su época antes de la conquista española.

Imaginemos, ahora, a un novohispano de hace trescientos años que dijera que no cree en la cura de almas ofrecida por la iglesia. Análogamente al mexica de antaño, sus amigos le dirían que, si bien están de acuerdo en que a los dominicos a veces se les pasa la mano en su celo inquisitorial, si escogiera a un asesor espiritual de una orden religiosa más tranquila, digamos a un franciscano, encontraría el consejo tan buscado.

La misma situación. Al igual que el mexica con su panteón azteca, para la gente de Nueva España la verdad de la religión católica era cosa tan obvia como la salida del sol por las mañanas. Cuestionar toda la metanarrativa de la iglesia no sólo habría sido inconcebible en tiempos de los virreyes, sino peligrosa herejía. Lo que el (hipotético) disidente del sistema habría estado tratando de transmitir es que no cree que los remedios espirituales que ofrece la sociedad virreinal, ningún remedio de hecho, le pudiera servir para su problema espiritual.

Que yo sepa, ningún residente de Nueva España dejó registro autobiográfico sobre una disidencia de tal magnitud. Como el mexica imaginado, todo novohispano dormía en la matriz de su época.

Ahora pensemos en el siglo XXI. Para Szasz la cultura actual es “terapéutica” en sentido curanderista de ver a los problemas de la vida como algo que no son y nunca fueron: problemas “mentales” de “pacientes” que requieren de la asesoría “terapéutica” de un “profesional”. ¡Cada palabra es una trampa semántica! A veces Szasz parece sugerir, como Masson lo dice abiertamente, que toda sicoterapia contemporánea—toda sin excepción—es cura tan espuria como la ablución de un amerindio en el río Lerma en el siglo XIV. O la del devoto rezo de un criollo con rosario, resultado del consejo del dominico del siglo XVII a fin de, digamos, ahuyentar los demonios de su lujuria.

Ahora bien, a menos que un individuo dé un salto a una dimensión intrapsíquica superior, es tan difícil para el hombre contemporáneo ver las religiones seculares de nuestra época como para un indio o un novohispano lo era ver el carácter esencialmente mítico de su religión. En otras palabras, el hecho de que nos encontremos en una nueva matriz—una Matrix terapéutica diría Szasz—no significa necesariamente que, a diferencia de las previas matrices o mitos, el nuevo discurso terapéutico tenga base en la realidad.

*   *   *

Un quinquenio de estudio intensivo me llevó entender lo que digo arriba; cinco años para desenchufarme de la matriz de los siglos XX y XXI. Inicié el proceso del “salto a una dimensión intrapsíquica superior” el año de 1998, a raíz de un curso de un año sobre salud mental en Manchester, y lo culminé en 2003 cuando había asimilado el mensaje de Alice Miller.

Naturalmente, no espero que el lector casual vaya a desenchufarse de Matrix al leer una sola entrada. Pero de él depende el escoger o no la píldora roja.

Published in: on December 29, 2014 at 5:46 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 5

idiotic freud 
¿Existe la sicoterapia? Quienes realmente estén interesados en responder esta pregunta han de leer Against therapy y Final analysis de Jeffrey Masson, además de aquellos dos amenos y ya mencionados libritos salidos de la antigua pluma de Tom Szasz. Confieso que, entre estas cuatro joyas, Final analysis es mi favorito. Pero en esta entrada me limitaré a plantear situaciones que arrojarán dudas sobre la utilidad real de la sicoterapia.


Otredad antitética

Una de las cosas que dice Masson en Against therapy, traducido al español como Juicio a la sicoterapia, la sabía por descalabros míos con “terapeutas” pero fue en uno de sus libros donde leí en prensa escrita lo que intuitivamente ya sabía.

Masson menciona a una mujer que le confesó a su terapeuta que se sentía humillada por la cultura porno de la época; cómo ponían a la mujer en revistas como Playboy: mero objeto sexual. Su terapeuta se limitó a contestarle en forma airada “¡A mí me gusta Playboy!” La mujer se quedó atónita, pues sabía que jamás iba a poder comunicarse con ese señor.

La anécdota es útil en nuestros intentos de responder si existe o no tal cosa como la terapia. Pero al menos en este caso, el terapeuta se mostró sincero con su clienta: razón por la que la mujer, como Dora con Freud (véase mi segundo libro de Hojas), “lo mandó por un tubo” como decimos en México. Pero en muchas otras ocasiones los analistas más zorros se reservan sus opiniones.

Imaginemos a otro terapeuta que, siguiendo el consejo de oro de Freud—el silencio del terapeuta—no le dijera nada a la mujer. Eso habría significado que habría seguido cobrando unas cuantas sesiones más sin que su clienta se enterara de que, en sus adentros, el terapeuta despreciaba sus íntimas preocupaciones; de hecho, la clienta habría permanecido en la ignorancia que el mismo terapeuta era parte del problema de la cosificación sexual de la mujer en revistas soft porn, no parte de su solución.

Que yo sepa, el único terapeuta que ha señalado esta incongruencia ha sido el sicoanalista Sándor Ferenczi (1873-1933), de quien hablo en otro de mis blogs. Fue Ferenczi quien, en sus diarios íntimos, se hizo preguntas cruciales. Por ejemplo, se cuestionó cómo era posible la terapia en casos en que el terapeuta sintiera repulsión por una de sus clientas. A diferencia de Freud y de sus acólitos, Ferenczi era lo suficientemente honesto para cuestionarse cosas que sus dogmáticos colegas no osaban siquiera soñar.

Había mencionado a Daniel Mackler en esta serie sobre el último de los terapeutas idiotas con que me he topado. Mackler tiene su consulta en Nueva York y, hace algunos años, discutí extensamente con él en su foro de internet (ahora clausurado). Mackler, supuesto big fan de Alice Miller, como terapeuta profesional que es rechaza vehementemente a Miller, y más aún a Masson, cuando se atreven a plantear dudas sobre la pertinencia de la terapia. Pues bien: hace cuatro años Daniel se puso furioso conmigo en su foro público porque yo había dicho que me molestaba ver, en la calle, a dos hombres feos besándose. Fue la única ocasión en que, a lo largo de más de un año, Mackler se enojó de ese modo.

Luego los participantes del foro nos percatamos que Daniel era homosexual. Siguiendo el ejemplo de arriba que nos ofrece Masson imaginemos que, ignorando este dato, yo hubiera ido a una de las sesiones de este “fan” de Miller (con comillas porque Miller no sólo albergaba dudas sobre la pertinencia de la terapia, sino que consideraba patológico al homosexualismo). Imaginemos que, el día en que fuera a su consulta yo hubiera visto a uno de esos neandertalescos neoyorquinos besándose en la calle y que, al llegar a la consulta de Mackler, le notificara mi disgusto por lo presenciado.

Mis sentimientos podrían haber llevado la terapia a un fin abrupto. Si en plena sesión Daniel se hubiera encabritado como lo hizo en su foro, habría pensado no sólo que Mackler era probablemente homo, sino que semejante “terapeuta” estaría de entrada condenado a no entender la repulsión que siento por esas prácticas públicas. (Los únicos homosexuales cuya conducta considero sana son quienes se enamoran de efebos andróginos. Pensemos, por ejemplo, en la escultura romana de Cástor y Pólux en el Museo del Prado en Madrid. Pero Mackler no era andrógino sino un treintón cuando se encabronó conmigo.)

Pero aún sin enojarse habría terminado de ir a la terapia si, como lo hacen muchos de sus colegas, Daniel se hubiera tragado su encono a fin de no poner en riesgo una de sus fuentes de ingresos. En subsecuentes sesiones habría detectado que algo extraño había pasado en su mente dado que la falta de simpatía hacia mí habría sido notoria. Eso habría marcado el inicio del fin de las sesiones, especialmente al percibir cómo Mackler jamás empatizaría conmigo respecto a mis quejas sobre los promiscuos gays—odio esa palabra y rara vez la uso—que en su ciudad se infectan de sida casi a diario.

Otro caso análogo que me viene a la mente es el de una sicoanalista lacaniana que conocí en México. A diferencia de Daniel Mackler, a quien nunca conocí personalmente, a Jenny Pavisic la traté fuera de su consulta privada.

Cierta vez Pavisic me dijo que El Salvador tenía un significado muy profundo para ella. Habría que ver a Pavisic con todos sus ademanes y gestos faciales señalando su corazón para entender la fe de esa señora ante semejante país.

Ahora bien, desde niño he sentido una fobia extrema hacia la parte mestiza-india de Latinoamérica en general y de México en particular; quizá debido a presenciar cómo una marabunta de millones de indios mestizos destruyó mis otrora pacíficas colonias Del Valle y Narvarte (por cierto, tiempo después de mi edad dorada la Pavisic emigraría de su Bolivia natal para vivir, ya adulta, en la Narvarte).

El caso Jenny es idéntico a los de arriba, algo que llamo otredad antitética.

Imaginemos que, sin conocer a la Pavisic personalmente, el César del primer lustro de los años noventa, cuando la traté, hubiera caído a su consulta y, al hablar de los horrores que había sufrido en la gran metrópoli, tocara el tema de lo que siento sobre “la marabunta de neandertales”, de la cual El Salvador es obvio paradigma.

No es necesario reelaborar el mismo escenario hipotético de los casos anteriores. Es fácil imaginar qué habría pasado. A lo que quiero llegar es que, en muchos aspectos vitales—escala de valores morales, gustos artísticos, religiones versus concepciones seculares de la vida, apreciaciones antiestéticas en desviados sexuales, etcétera—los seres humanos nos encontramos alejados unos de los otros, a veces hasta las mismas antípodas de nuestros vecinos, compañeros de trabajo y terapeutas.

Si escogemos a nuestros amigos es precisamente porque son nuestros afines. En lo que respecta a la más profunda amistad, cierta vez me dijo Paulina que el verdadero amigo era alguien “con quien puedes pensar en voz alta”. Pues bien, a diferencia de mis amigos, de los terapeutas que he conocido—Giuseppe Amara, Leonardo Santarelli (padre), Miguel Krassoievitch, un judío llamado Israel quien molestó sexualmente a su gentil hijastra, Moisés Rosanes, Aniceto Aramoni, Juan de Dios Hernández, Juan Corral, Salvador Millán, Fernando Massa, Carlos García, Jenny Pavisic, Héctor Escobar y su esposa Solbein, Angélica Enríquez, Daniel Mackler, una monja que estudió sicología que vive a un par de cuadras de la casa de mis padres, y finalmente Luis Cuevas y su hermana Mónica—jamás pude hablar en voz alta sin sentirme traicionado.

Menciono esto por algo que sucedió durante la sesión anterior a la que Luis Cuevas me dijera las más grotescas idioteces frente a mi madre. En esa previa sesión yo había lanzado una fogosa diatriba en contra del nacionalismo mexicano de mi padre; nacionalismo que me condenó a México, una diatriba en contra de la “raza profunda” como le llama a la indiada. Mi suposición es que ese desplante racial ocasionó un saldo en la mente de Luis, manifiesto en la siguiente sesión. Claro está: Luis nunca había sido un verdadero amigo. En cambio, cuando nos vemos en un café que por cierto queda muy cerca de la consulta de Luis, a un tal Miguel Martínez Ferreiro le ha fascinado mi diatriba contra la raza que destruyó nuestra otrora querida Ciudad de México.

Dicho de otra manera: la simpatía y empatía verdaderas con los terapeutas que conocí, algunos dentro y otros fuera de su consulta, nunca existió. Mi amistad con Paulina y Miguel, por más distintos que seamos los tres entre sí, ha sido genuina. Sólo quien nos escucha con agrado, y sin cobrarnos, es capaz de entendernos.

Una irracional fobia hacia mi repulsa por los nacos en México (véase lo que digo sobre la sicóloga Angélica Enríquez en el tercer libro de mis Hojas) o por los más vulgares sodomitas, elimina de raíz cualquier comunicación con Angélica o Daniel por el simple hecho de que, de continuar, la amistad (o “terapia” en mi escenario hipotético) se habría convertido en guerra ideológica de filias y fobias entre dos mentes irreconciliables. Cierto: he podido comunicar mis pasiones con mis verdaderos amigos, con mis semejantes; pero por razones obvias es imposible comunicarlas con mis enemigos y mis antípodas.

Es irreal imaginar que Jenny, Angélica, Daniel, y como veremos Luis Cuevas, pudieran haberme ayudado tomando en cuenta que, en aspectos demasiado fundamentales, vivimos en el polo opuesto del planeta. Piénsese una vez más en los honestos diarios de Ferenczi. ¿Cómo ayudar a un cliente por quien el terapeuta siente enorme repulsión? Yo invertiría la pregunta. ¿Cómo ir a la consulta de un sujeto por quien yo siento una repulsión infinita? Este dilema persistió con todo terapeuta que conocí. Cierto que los analistas racionalizan estas críticas hacia su profesión ideando la siniestra doctrina de la contra-transferencia. Tal racionalización ni siquiera requiere de refutación en este lugar salvo señalar que Masson la desenmascara en Final analysis.

Lo que llamo otredad antitética invalida la terapia por el simple hecho de que todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias. Sólo tomando al terapeuta como gurú, es decir, sólo cayendo en redondo a un estado de folie à deux con su sistema, podrían las incongruencias inherentes a la terapia no ser tan aparentes.

Published in: on December 29, 2014 at 5:44 pm  Comments (1)  

El último idiota, 6

idiotic freud 
Cumbias, roces con machos y otras aberraciones

La terapia, en el sentido que la auténtica amistad puede comprarse con dinero, no existe. Solicitar los servicios de un terapeuta es similar a solicitar los servicios de una prostituta. La ramera cobra por rentar su cuerpo. El terapeuta cobra por rentar su mente. La prostituta no puede proveer verdadero amor a sus clientes. El terapeuta no puede proveer verdadera amistad a sus pacientes. La prostitución bastardea al amor. La terapia bastardea la amistad.

Ahora que me siento libre de escribir sobre Luis Cuevas, creo que debo recordar algunas cosas que, lejos de su consulta, me había dicho cuando hablábamos en cafés o en su casa.

Una de las cosas que más me molestó de RC (Revaluación y Coescucha) es que imponen a sus clientes “terapias” que Harvey Jackins (1916-1999), el gurú de la secta, ideaba. He aquí una viñeta que escuché en boca de Luis.

Jackins, me contó Luis, forzó a uno de sus acólitos a bailar una cumbia en público como parte fundamental de la terapia ideada por el gurú. Cuando Luis me contó la anécdota quiso transmitir que había sido una gran idea de Jackins.

Aquí se ve una vez más la imposibilidad de la idea de la sicoterapia, aunque reitero que los de RC jamás usan el término.

Luis no sabía que, de la parte naca de México y Latinoamérica que tanto abomino, la música populachera representa precisamente el nadir de la cultura. No voy a disertar sobre la música. Baste decir que ambos de mis padres son profesionales de música clásica, y al momento de escribir uno de mis hermanos dirige una orquesta en París.

A la cumbia la denomino “la música de los neandertales” y representa, en el abstracto pentagrama, lo que visualmente me agrede cada vez que salgo del hogar y veo cómo ha degenerado mi ciudad. No tengo opiniones tan drásticas sobre el folclor musical de las naciones, incluyendo el folclor mexicano; el cual no hay que confundir con los aspectos degenerados de la sociedad. Pero debo decir que de niño me crié con Mussorgsky y Stravinski; más tarde, escucharía a los compositores alemanes. Después de la mejor educación musical que puede recibir un chico en México, me ha resultado obvio que, para quien tenga el oído educado, forzarle cumbias, raps o toda suerte de música-disco a alguien afín a mí es como forzar a Lot a fornicar en Gomorra.

Esto debiera ser obvio. Pero no era obvio para Luis, quien por lo que me dijo sobre las cumbias colijo que es un latinoamericano típico, esto es, un sujeto con el oído muy poco educado (a pesar de haber tomado clases de piano).

No es el fin de esta entrada discutir sobre la superioridad de la música clásica frente a la pop o hablar de la degeneración anti-musical (eso lo hace mi amigo iraní en su blog). A lo único que quiero llegar es que el ejemplo de la cumbia ilustra, una vez más, qué es la otredad antitética: el bálsamo de uno es el veneno de otro.

He dicho que los conocimientos de Luis sobre Alice Miller eran periféricos. Este caso y los que mencionaré más tarde lo ilustra. En el momento en que Jackins le impuso a uno de sus súbditos hacer algo contra su natura, y en público para amolar, violó su dignidad y estructura psíquica interna.

Para mí bailar cumbia sería casi análogo a tener una relación con uno de esos putos que tanto asco me dan—“Lot en Gomorra”: algo que un egocéntrico como Daniel Mackler no querría escuchar dado que mi asco lesionaría su autoestima. Exactamente lo mismo puede decirse de la cumbia. Si a Luis o a Jackins le gusta semejante música, habrán de saber que su bálsamo es veneno—real veneno—para mí. Pero eso es algo que los terapeutas egotistas nunca van a aceptar. Al igual que Mackler se encabronó conmigo, Luis no toleraría una crítica de esta magnitud hacia sus cumbias, y por idénticas razones: cree que él mismo, quien las baila, es el parámetro para juzgar la conducta de otro.


Sudorientos

Hace años Luis asistió a una reunión del grupo de RC, cerca de San Francisco. Me contó que en una de las terapias se le solicitó jugar basketball (una vez más, otredad antitética: yo abomino ese deporte de niggers). Una mañana Luis se encontró jugando basket con un machote. Según la mística de RC, se suponía que el roce físico con hombres sudorientos era terapéutico…

Me quedé medio frío al escuchar eso. Como impliqué en una anterior entrada, yo sólo podría haber tenido semejante roce hace unas décadas, cuando estaba mucho más joven, mucho más bello ¡y siempre y cuando el jugador (no de basket, juego de negros) fuera un leptosomático efebo! Tanto a Luis como a su hermana les dije que no participaría en las terapias en que yo tenía que tomar la mano de otro cabrón, a fin de que el cabrón me confesase sus penas. Les dije que sólo podría tomar las manos de mujeres.

Mónica se quedó callada, pero a raíz de semejante desplante de individualidad no me incluyó a una terapia de grupo que iba a formar (nunca tomé terapia de RC de hecho). Por su parte, Luis me salió con que lo que dije eran “lastimaduras”, en sentido de que mi mente era patológica y la suya—y por extrapolación las mentes de los de RC—sana y sin prejuicios.

Este es un ejemplo clarísimo de lo que Miller llama pedagogía negra. El padre o el terapeuta impone una ética, y el hijo o el cliente tienen que someterse a esa ética. En otras palabras, la otredad antitética entendida como enfermedad. Tal es precisamente la postura de la siquiatría opresiva; y aunque los de RC critican a la biosiquiatría, como ha visto Jeffrey Masson en el fondo se mueven en el mismo marco autoritario.

Más alarmante que estos roces con machos sudando me pareció otra “terapia” que me contó Luis: una que, a propósito, Luis se la aplicó a su propio hijo.

Ahora que escribo no deja de sorprenderme el montón de cosas que le pasé por alto a Luis. Es un error muy humano el que, mientras uno no se sienta insultado por la ética de una doctrina, terapia o secta, pasemos por alto situaciones que habrían de haber alertado nuestras antenas.

Pues bien: Luis me contó que, inspirado en RC, practicaba sesiones de “luchitas” con su hijo, a quien conozco personalmente por cierto. La lógica de la terapia era empoderar al hijo frente al padre; hacerlo sentir que también él, el hijo, tenía fuerza competidora frente a la imagen parental.

Sobra decir que tal interacción padre-hijo me pareció medio aberrante. A mi modo de ver, es perfectamente posible respetar al hijo sin esos roces físicos entre padre e hijo (o entre dos machines jugando basket en San Francisco).

Published in: on December 29, 2014 at 5:43 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 7

idiotic freud 
Si un problema puede resolverse con dinero no es un problema psicológico

Una de las cosas que el incauto que cae a cualquier tipo de sicoterapia nota inmediatamente es que los profesionales en salud mental viven en una suerte de mundo New Age donde el sentido común se suspende en pos de esotéricas doctrinas, como lo que dicen los new agers: que cada uno de nosotros es “árbitro de su propio destino”.

En el mundo del sentido común se sobreentiende que existe tal cosa como la causalidad externa; esto es, tragedias en la vida ocasionadas por factores externos a nuestra voluntad que pueden destruirnos. Pero cuando uno cae en la terapia lo primero que se le pide al cliente es que se olvide del sentido común y que adopte la doctrina esotérica de que lo que le sucede al cliente es responsabilidad del mismo cliente.

El terapeuta hace eso porque sólo así, vendiendo la peregrina noción de que el problema del cliente no es ambiental sino “mental individual”, puede mantenerlo cautivo en sus sesiones. No es que los terapeutas, incluyendo los de RC, estén conscientes de lo que hacen. El problema estriba en su autoengaño inconsciente.

No hay ley que obligue a indemnizar al hijo de unos padres que destruyeron su vida. Como dejé claro en la cuarta sección del texto antisiquiátrico que publiqué en otro blog, las llamadas profesiones de salud mental son la manera en que el status quo se defiende. El sistema se defiende ignorando que muchos padres destruyen la mente de sus hijos (psicosis) o la vida de los mismos (mucho de lo que se diagnostica como neurosis). Es más que obvio que, si los hallazgos de Alice Miller estuvieran aceptados en la sociedad, casos como el mío y sin fin de otros no tendrían cabida en la consulta de ningún terapeuta del mundo. Eso se consideraría un craso error categorial. Lo que existiría serían montones de casos en que los padres destructores fueran llevados al ministerio público y forzados a indemnizar al hijo ya crecido (o en el caso de que aún sea un menor, sacar al perpetrador del hogar).

La sociedad está a años luz de distancia de arribar a prácticas de este tipo, y eso significa que la “terapia” se dirige casi exclusivamente hacia la víctima. (Un paréntesis: cuando escribí la palabra “hacia” estuve tentado a escribir “contra” porque eso es exactamente lo que sucede en la vida real.)

Pongámoslo de esta manera. Como la sociedad jamás va a aceptar en nuestro lapso de vida que los padres son tan destructores como los pintan Miller y Lloyd deMause, tarde o temprano el terapeuta, básicamente un agente del sistema, se convertirá en enemigo de la víctima; o mejor dicho, de la víctima que se atreva a decir la verdad sobre su vida. Hay algo que podríamos denominar la Ley de Tort:

En la medida en que el cliente se aferre a contar la verdad sobre su vida en una consulta, las probabilidades de que reciba un gargajo en la cara de parte de su terapeuta se acercan a 1.

Pero antes de hablar del nauseabundo gargajo que me escupió Luis hace un año debo mencionar unas cuantas anécdotas más.

Según se colige de le lectura de Jeffrey Masson, el terapeuta es, por definición, un sujeto que vive en el autoengaño de que sus clientes son, al menos de alguna manera, responsables de sus problemas. Esto es tan cierto que incluso la misma Miller cayó en esta trampa con su libro El cuerpo nunca miente; aunque, para crédito de la viejita, debo añadir que cuando se percató del engaño que representa la terapia dejó de practicarla.

Pues bien. En una ocasión, fuera de su consulta, le dije a Luis que debido a un accidente que tuve de adolescente en que me rompí los huesos propios de la nariz y me luxé el músculo piramidal—razón por la que me operaron del “tabique”—, me quedé con una rinitis atrófica permanente que me hacía propenso a fuertes gripes en tiempos de epidemias, especialmente en la muy contaminada atmósfera de la Ciudad de México.

¡Luis me dijo inmediatamente: “Esa historia que te inventaste…” como dando a entender que la rinitis debía ser psicosomática!

Vean nomás ustedes mis queridos lectores. ¡En este caso pareciera que un no médico como yo sabía más que el médico profesional! (el consultorio de Luis no es de sicoterapia, sino de endocrinología). Cierto que Luis no es otorrinolaringólogo, pero llama enormemente la atención el hecho de que, al menos en ese momento, pareciera que el médico olvidaba en bloque lo aprendido en su profesión para salir con una de esas típicas tarugadas New Age donde uno es el responsable incluso de las enfermedades ciento por ciento somáticas.

En lugar de mandarlo a la goma y no volverlo a ver, ingenuo como era entonces le expliqué al “médico” que la prueba de lo que decía era que, al seguir los consejos de los otorrinos—vivir en un lugar de aire limpio, húmedo y caluroso—los achaques se evaporaban; y le puse el ejemplo de mi larga estancia en Houston. Luis no pudo contestarme esto, pero la anécdota muestra los increíbles grados de demencia a los que, en sus esfuerzos de culpar a las víctimas de todo lo que les sucede, el terapeuta, incluso el que ha cursado la carrera entera de medicina, puede llegar.

Como veremos en una próxima entrada, la anécdota de arriba me servirá de maravilla para mostrar cómo a veces un médico profesional no puede siquiera ver una condición médica, sino que se entrega a lo que llamo un “quebranto psicótico instantáneo” a fin de mantener su obcecación. Mi primo Javier, un otorrino, me mostró la película de una cámara que me introdujo por la nariz donde se notaba la resequedad de mi interna membrana nasal. Si para Luis, en su instantáneo salirse de la realidad, el tremendo accidente que tuve de chico no me amoló la membrana mucosa de la nariz—por cierto: otros otorrinos me han corroborado lo que Javier me dijo—, produciendo una resequedad excesiva en la garganta, ¿cómo podría semejante “doc” entender situaciones menos somáticas donde aparentemente la voluntad sí juega un rol?

Adelantémonos por un momento a lo que diré en la entrada crucial en esta serie sobre el último de los idiotas. Al menos en el momento de su quebranto, Luis me culpó virtualmente de mi rinitis. Ahora bien, pasemos ahora al tema de mi desempleo en México.

Según los locos del New Age, cada uno es árbitro de su propio destino: una manera oblicua de decir que el desempleo nunca ha existido sino que todo desempleado “generó”, de alguna manera, su pobreza y marginación. Los terapeutas, aunque aparentemente no tan extremosos como los new agers, se mueven bajo ese cielo: el medio es básicamente benigno y los problemas de los que el cliente se queja han sido ocasionados por el mismo cliente.

Es aquí donde se entiende cómo nadie en el mercado de una supuesta cura de almas—sean quienes están en sectas o en profesiones académicas de salud mental—ha querido tomar nota de lo que infinidad de veces he dicho: que, aunque me quedé sin profesión, y por consiguiente no he tenido un buen empleo en México, jamás me faltó empleo en los cinco años que viví en los Estados Unidos.

Para la gente que vive en la realidad, no para los new agers idiotas o los terapeutas idiotas, el hecho de cruzar la frontera no significa que uno se vuelva inexplicablemente “trabajador” y que, al ser deportado de nuevo al Tercer Mundo, ese mismo individuo se vuelva inexplicablemente “flojo”. Para quienes vivimos en la realidad, no en la Wonderlandia siquiátrica culpa-víctimas, es más que obvio que la circunstancia externa, los $6 dólares por hora del salario mínimo en EE.UU., hace toda la diferencia.

Como dije al tope de esta entrada, si un problema puede resolverse con dinero no es un problema psicológico: es ambiental.

Published in: on December 29, 2014 at 5:42 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 8

idiotic freud 
Cinco idiotas y un monstruo

La monstruosa manera como el sicoanalista Giuseppe Amara destruyó mi vida adolescente aparece en Cómo asesinar el alma de tu hijo, y no es necesario repetirme aquí. Pero una vez contada la tragedia principal de mi vida, siempre me quedé con las ganas de hablar sobre lo que, una vez que me zafé del monstruo, en mi ingenuidad adolescente quise comunicarle a otros.

Lo que me sucedió con Luis Cuevas debe entenderse en el contexto de lo que digo sobre unos sicólogos no tan monstruosos, aunque sí tan estúpidos como Cuevas y los del resto en su profesión: tema ya abordado en Mi infancia.


Nota de abril de 2012

A fin de agilizar la lectura de “El último idiota”, he decidido cortar y pegar el resto de esta larga entrada a mi blog privado.

Published in: on December 29, 2014 at 5:40 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 9

idiotic freud 
El Síndrome Mackler

Con Luis Cuevas cierta vez me sucedió algo especial. Cuevas se especializa en bulimias y anorexias: algo así como una mezcla de su profesión médica con lo aprendido en RC y lo poco digerido en su lectura de Miller. Pues bien, en una de esas en el Café Gandhi salió a la conversación el tema de las mujeres gordas. Me sorprendió sobremanera que, precisamente por el marco conceptual culpa-víctimas en sicoterapia, la visión de Luis sobre el cuerpo humano era considerarlo como un globo. Si uno le echa comida al globo, el globo engorda. Si uno deja de echarla comida, el globo enflaca. Simple.

Maravillado me quedé ante el profundo conocimiento del cuerpo humano del endocrinólogo, pero le contesté que eso no podía ser cierto. Que desde hace décadas Ernst Kretschmer estableció las bases genéticas de la relación entre tipología y caracterología, donde se ve que desde la estructura ósea de los fetos hay algunos sujetos pícnicos (gordos), otros leptosomáticos (flacos, como yo por cierto), y otros atléticos (hombres de tipo musculoso). La tipología humana es obviamente un campo genético de investigación, y es más que sabido que flacos genéticos podemos comer hasta hartarnos sin engordar mientras que las pobres “gorditas pícnicas” apenas comen un helado y se les va inmediatamente a las caderas.

Luis me respondió con unos experimentos que había hecho en la UNAM sobre mujeres comelonas, como queriendo demostrar la verdad de su concepción “globo” de la tipología humana. A mí me resultó obvio que tales experimentos no podían ni remotamente compararse con estudios genéticos dado que éstos demostraban que las tres constituciones del cuerpo humano eran innatas (los pícnicos por ejemplo nacen con los huesos más gruesos que los ejemplares de los otros dos tipos; no se diga las vísceras).

Menciono la anécdota porque me sorprendió en grande cómo alguien como yo, quien jamás ha tomado clase alguna de medicina, tuviera una mejor noción de la constitución corporal que un endocrinólogo profesional. Pero el punto al que quiero llegar no es ése, sino cómo la sicoterapia que solía practicar Luis envicia incluso sus modelos médicos al aplicarla a las gordas que entran a su consulta.

No sólo Luis padece estas taras. Uno de los problemas graves que veo con aquellos que entran de lleno al tema del maltrato a la infancia, incluso en los más asiduos lectores de Alice Miller que conozco, es que padecen lo que podría denominar el Síndrome Mackler.

Daniel Mackler es el lector de Miller a quien más he denunciado en la red debido a que se enrosca en sí mismo en solipsismos yoicos que me recuerdan mucho una imagen que Mackler usaba en su blog antes de que se la criticara: un caracol marino del que sólo se ve la concha, el antiguo logo del sitio web de Danny Mackler.

El neoyorquino Mackler no es el único caso. Con el holandés Dennis Rodie, otro gran fan de Miller, también me distancié por estar atrapado sin salida en un mundo en que el tema del maltrato a niños funge como placenta impermeable para que Rodie no vea lo que sucede afuera, especialmente en lo que a inmigración musulmana a su país natal se refiere.

En términos generales, veo un peligro real en todos aquellos que, en sus intentos de centrarse en el maltrato infantil se olvidan del mundo real, como el caracol de Mackler, el cual ni siquiera asoma la cabeza de su concha. La misma Miller padeció algo de este malsano ensimismamiento. En El cuerpo nunca miente (Tusquets Editores, 2005) Miller escribió:

Supuestamente, semejante proceso podría haber sido más corto si, desde el principio, el analista hubiera podido interpretar un eccema genital como un indicio inequívoco de un temprano abuso del cuerpo de la niña. [pág. 97]

Con esta frase Miller arriesga su teoría, y una confesión literaria lo aclarará. En una de las versiones obsoletas de El retorno de Quetzalcóatl había sugerido que el terrible eccema que mi tía Leonor, la hermana de mi madre, padeció en su adolescencia podría haber sido psicosomático. No fue sino hasta hace muy poco que eliminé esa sugerencia: me enteré que mi tía había nacido con ese mal. Ahora nótense las palabras de Miller: “indicio inequívoco”. Dije que era riesgoso no sólo porque el indicio es, en realidad, equívoco; sino porque con tan escasa evidencia de que el eccema de esta otra mujer haya sido psicosomático Miller ya estaba, tácitamente, incriminando a alguien en la familia de incesto.

A mi modo de ver las cosas, haciendo a un lado la visión psicoreduccionista de Miller en El cuerpo nunca miente y en otros pasajes de sus textos, la evidencia del martirio que los padres infligen a sus hijos es sólida. No necesitamos dogmatizar acerca de la etiología de enfermedades de apariencia somática.

Asimismo, e independientemente de sus hábitos culinarios, Luis y otros se pasan de la raya al culpar a sus clientas gorditas sobre su predisposición genética. Y al sopesar condiciones como el eccema o el asma, uno haría bien en no aferrarse al dogma, ya sea somatogénico o psicogénico. En lo personal, suspendería el juicio en estos casos. Como puede verse en mi blog en inglés, en lugar de enroscarme hacia mis adentros como lo hace casi todo fanático de Miller, mi estrategia actual es analizar el aspecto sociopolítico del mundo.

En una subsecuente entrada veremos cómo Luis Cuevas, enroscándose al igual que Mackler, no quiso ver el mundo más allá de la propia concha.

Published in: on December 29, 2014 at 5:39 pm  Leave a Comment  

El último idiota, 10

idiotic freud 
Terapia A.I.

Cierta vez en Starbucks con Luis comencé a bosquejar lo que llamo “terapia A.I.” Apenas concatené una o dos frases y Luis me salió con algo así como que había que dejar “a la viejita” en paz, y por el tono de sus palabras supuse que estaba imaginando a su misma madre.

En otra ocasión me había contado que, muy pequeñito, su madre había tenido una gran depresión y que Luis se había pasado toda su infancia en un gélido invierno psíquico en lugar de una infancia normal con una cálida madre. También me confesó que, de todo el drama por haber sufrido su infancia con una madre infinitamente distante, apenas un atisbo de comunicación surgió una vez que su madre estaba ya cerca de la muerte. La comunicación no fue confrontacional: aún al final de su vida Luis fungió como protector de los intereses de su progenitora.

Me resulta muy significativo que cuando tiempo después, en el café, comenzaba yo a esbozar los primeros trazos de lo que en un mundo utópico sería una terapia real, Luis abortara esa línea mía de pensamiento para hablar de que había que ser considerado con “la viejita”. En la mente de Luis “la viejita” no podía ser mi madre puesto que aún no la conocía (y ni siquiera al momento de escribir mi madre es una viejita).

A este salto le llamo un “cambio de universo”.

¿Qué quiero decir? Mi experimento de la imaginación, el cual apenas si tendría dos minutos de exponerlo—me habrían faltado veinte minutos más para que Luis entendiera qué tenía en mente—era un ejercicio mental sobre un principio abstracto: por qué creo que la terapia es imposible en la Tierra. Luis sintió temor por lo apenas bosquejado y me “cambió el universo”: de mi Gedanken sobre los padres irredentos, a proteger a su mamá. No estoy seguro, pero creo que fue la misma ocasión en que, como conté en una previa entrada, de pronto Luis sintió un extremo deseo de fumar y nos tuvimos que salir al frío y a la llovizna en las bancas del Starbucks, donde hasta tuve que extender mi paraguas el resto de la plática (monólogo en realidad; una vez que Luis tomó el micrófono no pude exponerle los principios de mi terapia A.I.).

Bien: Lo que no pude decirle a Luis por haberme cambiado los universos, lo digo ahora.

Si existe tal cosa como la verdadera terapia, ésta sería tan absolutamente ajena a todo lo que existe en el planeta Tierra que requeriría de avanzada tecnología extraterrestre para alcanzarla. A Luis le regalé un DVD de la película de Spielberg A.I., en cuyo final unos muy evolucionados mecas clonan a la otrora abusiva madre de David para que éste pueda, por fin, morir en paz.

Luis no entendió la película que le regalé. ¿Y cómo podría hacerlo? En la versión obsoleta de Hojas susurrantes que le regalé a Luis (en 2010 le cambié el final) culmino con las palabras de Inteligencia Artificial recogidas en otra entrada de mi blog privado. Actualmente el último libro de mis Hojas sólo está disponible en papel. Es una confesión muy dura de algo que me sucedió, pero con Luis hice una excepción. Le obsequié una impresión encuadernada de lujo conteniendo los cinco libros de mis Hojas susurrantes, incluyendo el último.

Ahora bien: expandiendo lo escrito en la entrada sobre Inteligencia Artificial enlazada arriba, es fácil entender mi experimento Gedanken.

Imaginemos a un padre quien fuera abusivo con su hijo; digamos, alguien como la madre de la película que abandonó a David en el bosque; o si lo imaginamos en la vida real pensemos en la madre que abandonó emocionalmente a Luis niño.

Un padre así encerrado en una cómoda casa (pensemos en el hogar de David y Mónica en la película) sólo podría salir de ese encierro domiciliario después de procesar toda onza de su pecado y de su dolor; no sólo lo que le hizo a su hijo, sino lo que le hicieron, a su vez, de niña. Para facilitar el duelo, imaginemos que los evolucionados mecas (o extraterrestres, según se quiera) poseen máquinas para ver el pasado en forma de una simple televisión en el hogar-prisión. La otrora abusiva madre tendría, por necesidad, que revisar su vida infantil y llorar y rabiar todo el sufrimiento que no le permitieron de niña: el duelo omitido con el que virtualmente todo Homo sapiens carga.

Como la tecnología de los mecas/ETs es avanzada, también son capaces de rejuvenecer a la madre en caso de que esté “viejita” para tolerar semejante odisea espiritual, la cual puede llevar años. La meta final del duelo es una suerte de metamorfosis intra-psíquica como la que Solyenitsin sufrió en los calabozos del Gulag.

Con el tiempo en esta cárcel-mansión, estando incomunicada y ayudada con papel y lápiz para concretar no sólo los miles de soliloquios del duelo sino la confesión autobiográfica, una vez alada y dejando atrás el capullo de la disociación se le permitiría salir de nuevo al mundo; ahora, con una mente transfigurada.

Eso es lo que necesitan cientos, si no es que miles de millones, de terrícolas: hacerle eso a nuestros padres. Aun de existir las mentadas máquinas para ver el pasado y el elixir del rejuvenecimiento en una civilización avanzada, los ETs sólo podrían conceder la terapia a unos cuantos mortales.

Ese era el experimento de la imaginación que Luis no me permitió contarle debido a sus interrupciones y salidas a la intemperie. La pertinencia de experimentos de la imaginación estriba en que, aunque irrealizables, nos ubican en redondo en la realidad.

Ahora bien, con los recursos del planeta actual, ningún terapeuta es “testigo cómplice” de sus clientes—término de Alice Miller, pero aquí yo lo llevo a sus últimas consecuencias—para secuestrar al padre abusivo y meterlo, aunque sin máquinas para ver su pasado y elixir, en una mansión-cárcel para que desarrolle su alma cual Solyenitsin. Al contrario: al igual que Luis Cuevas, tarde o temprano el llamado terapeuta se pone, cual niño chiquito apegado al perp: se pone de parte de su mami.

En todos los lectores de Miller con que he hablado en internet, tanto hispanohablantes como angloparlantes, ni uno solo ha sido capaz de elaborar un escenario hipotético como el que expongo arriba a fin de conceptualizar por qué la terapia no es posible en el mundo actual: no hay testigo cómplice que se preste a secuestrar a alguno de nuestros padres. A quienes les he presentado mi terapia A.I. les da un miedo irracional y eluden el diálogo honesto incluso a nivel de mero experimento mental, como me sucedió en los foros de Daniel Mackler y Dennis Rodie.

Published in: on December 29, 2014 at 5:38 pm  Comments (1)