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Published in: on November 7, 2013 at 2:00 pm  Leave a Comment  

Querido Chechar,

(Cortado y pegado desde mi blog en inglés):


La respuesta (y la amenaza) de un tal Roger a tu traducción de mi comentario me obliga a añadir estos fragmentos extraídos de este post:

En primer lugar, una precisión conceptual: los pueblos originarios o primitivos no tienen religión, tienen cultura. En este estadio, y hasta la aparición de las llamadas religiones de salvación universalistas (algunas de origen semita, y otras de origen indoeuropeo—hinduismo, budismo…), la cultura de un pueblo es su religión.

Sabido es que el concepto “religión”, latino, en su origen indicaba el grado de religación (vínculo) y de cuido que un ciudadano tenía con sus propias tradiciones. Se era más o menos religioso, esto es, se estaba más o menos vinculado, ligado, a las propias tradiciones. El concepto “negligencia” tiene que ver justamente con el descuido absoluto de tales tradiciones, con el des-ligarse de tales tradiciones (Ortega, si mal no recuerdo, hizo en su momento algunas observaciones  sobre estos conceptos).

Los sacerdotes cristianos se apropiaron y distorsionaron este término, y lo aplicaron a su sola tradición. Se era más o menos religioso si se era más o menos “cristiano”, y las manifestaciones religiosas (de respeto) hacia las propias tradiciones fueron prohibidas y penadas, como se sabe. La  “religión” como una parte de la cultura o como independiente del resto de la cultura, surge, pues, cuando la cristianización de los pueblos europeos. La tradición extranjera que se nos impuso absorbió, atrajo hacia sí toda la religiosidad de que éramos capaces; se convirtió en el único “objeto” religioso para nuestros pueblos, en la única tradición hacia la que, legalmente, podíamos tener sentimientos “religiosos” o vinculantes.
Se convirtió además en la única tradición vinculante, o simbólica, para los diversos pueblos europeos. Siguiendo esta lógica, el concepto “sagrado” fue relacionado exclusivamente con lo judeo-mesiánico, y todo lo otro (lo que no pudo ser eliminado, los restos de las antiguas tradiciones), fue considerado como “profano”.  Se apropiaron de estos términos y los reinterpretaron, simplemente—el  nuevo orden judeo-mesiánico, los nuevos señores…

No se trata de repetir, como pretenden los tristes neo-paganos. Hasta el término resulta incorrecto e insultante, pues no se trata de paganismo (nunca hubo tal cosa), sino de culturas indoeuropeas pre-cristianas: germanas, celtas, griegas, romanas y demás. El término pagano, como dije más arriba, tiene que ver con los cultos campesinos (aquí sí viene bien tal término) romanos. Fue usado peyorativamente por los sacerdotes de “divinidades extranjeras”; viene a decir salvaje o silvestre (heide, creo recordar, en alemán), inculto, pueblerino y “semas” relacionados. Es una recuperación in memoriam lo que yo pretendo; un tener en cuenta nuestras ancestrales tradiciones, y un anteponerlas a otras. Se trata de reivindicar las culturas europeas pre-cristianas, o las culturas indoeuropeas, o las culturas aryas, simplemente, y usarlas en la educación “religiosa” (religante, vinculante) de nuestros infantes (extraer de ese fondo los ejemplos éticos colectivos). Una paideia basada e inspirada en nuestras propias culturas ancestrales, y no en culturas ajenas (como es el caso desde hace casi dos mil años). Así como los griegos usaron a Homero. Esto puede ser un principio; el principio del retorno.

De este otro post extraigo lo siguiente:

Estos apóstoles de dioses únicos nos insultan con su prédica y sus sofismas cuando discuten desvergonzadamente nuestras tradiciones; nos ofenden cuando niegan o censuran nuestros dioses o nuestros principios sin el menor respeto. Estos necios, estos conversos, estos infieles. Es una ofensiva contra nuestras tradiciones culturales todas; una ofensiva en toda regla contra nuestras señas de identidad. Estos ignorantes que amenazan con borrar de un manotazo siglos, milenios de cultura. Pero, ¿qué juego es éste? El más siniestro, el más tenebroso de todos; el juego del único dios.

No se trata de politeísmo. Ni de religión, exclusivamente. Se trata de cultura, y éste término lo abarca todo, esto es, todo el ámbito lingüístico-cultural de un pueblo, todo su mundo simbólico; todo su cielo, vale decir. La cultura de un pueblo es su religión, pues es la cultura la que religa a un pueblo y le hace uno. Si perdemos este cielo perdemos nuestra alma, perdemos nuestro ser simbólico milenario, ancestral. Tengamos en cuenta que nuestra edad es la edad de nuestra cultura, somos tan viejos y tan sabios como ella. No nacimos ayer, con el islam; ni antes de ayer, con el cristianismo.

Por lo demás, es un deber el que tenemos con nuestros Padres, con nuestros Manes; el deber de perpetuar su memoria y preservar su legado. Y en el cumplimiento de este deber consiste la fidelidad.

Deserere Patriam y Sacrae Patria desererem (abandonar a los Padres, desertar de los Padres) eran expresiones usadas por los romanos para referirse a aquellos que abandonaban las ancestrales tradiciones heredadas y adoptaban una extranjera (se cristianizaban, por ejemplo), pues en esto consiste la infidelidad; y no hay otros infieles que aquellos que tal cosa hacen. El abandono de su familia, de su gente, de su pueblo, de su sangre, de sus antepasados… Ese abandono, esa deserción, esa traición. Ese acto vergonzoso, indigno, reprobable.

Dicho sea de paso, términos como pagano, idólatra, infiel y similares, usados exclusivamente por judíos, cristianos, y musulmanes para referirse al resto de las culturas, tienen la función de anular o borrar las diferencias entre las peculiares y diversas culturas del planeta, de negar la entidad misma de tales culturas. Son conceptos negativos y destructivos. A un cristiano o un musulmán no le interesa la cultura otra; para estos el mundo está dividido en cristianos y paganos, o en musulmanes e infieles. No hay, pues, armenios, persas, griegos, romanos, germanos, egipcios, chinos, indios y demás, sino paganos o infieles. Estos términos no son ni descriptivos, ni ilustrativos, ni informativos, por supuesto; no dicen absolutamente nada acerca de las culturas así denominadas—cuando se aplican por igual a egipcios y a griegos, pongamos por caso (lo único que dicen es que tales culturas no son, o no fueron, ni judías, ni cristianas, ni musulmanas).

De ningún modo son términos adecuados para que una cultura se refiera a sí  misma. Los términos adecuados son cultura griega, egipcia, china, india, o japonesa. Decir que un pueblo ha dejado de ser pagano (para hacerse cristiano o musulmán) es decir que un pueblo y una cultura han dejado de ser, que han dejado de existir (lo que, en efecto, les sucedió a muchos).

Aplicar el término “pagano” a los egipcios, a los fenicios, a los griegos, a los caldeos… a los numerosos pueblos milenarios del entorno era una manera de destruirlos; de destruir su diferencia, su particularidad; de hacerlos indistinguibles. Primero había que renombrar al oponente; desdibujarlo, desrealizarlo, deshumanizarlo. El resultado es una masa confusa, amorfa, sin identidad, que es lo que se pretendía. Contra esta masa “pagana”, y ni siquiera humana, se hacía la guerra. Entonces como ahora.

Completamente desafortunado es el uso de términos como “neopagano” o “neopaganismo”, que algunos  grupos adoptan para sí. En estos grupos se habla incluso de “matrimonio pagano” y cosas semejantes. Como si el paganismo hubiese sido alguna vez una religión, o una cultura, o un conjunto de prácticas. El término “pagano” es latino y quiere decir “campesino”, y sus cultos son los únicos que podemos llamar con justicia paganos, esto es, cultos campesinos. Estas tradiciones no representaban sino una parte del mundo religioso-cultural romano; componían una región, un sub-espacio en la compleja cultura romana.

A estos “neopaganos” les digo que quizás sean más apropiados términos como neo-griego, neo-celta, neo-germano, neo-romano  y demás (neo-egipcio, neo-persa…). Tal vez, en el futuro, neo-europeos, o neo-indoeuropeos.

Cristianos y musulmanes denominan, sin el menor pudor, a los períodos pre-cristianos y pre-islámicos de los pueblos a cristianizar o islamizar como “era del pecado” y “era de la ignorancia” respectivamente.

La crítica del politeísmo no es más que una excusa. En cada medio se usa una retorica diferenciada. Allí es el politeísmo, aquí es el ateísmo o el laicismo. Es una guerra abierta (fría y caliente) contra el resto de las tradiciones culturales.

Los pueblos cristianizados o islamizados hemos sido privados de nuestra historia, privados de la evolución natural de nuestras tradiciones. Nuestro devenir propio ha sido usurpado. Hemos tenido una historia impostada, una historia cristiana o musulmana. Estas ideologías han dirigido nuestra creación literaria, arquitectónica, científica, filosófica, o musical. Durante siglos los temas o personajes bíblicos o coránicos han llenado nuestra literatura, nuestra arquitectura (templos dedicados a divinidades extranjeras), nuestra música… Nuestra Edad Media europea, por ejemplo; no encontrarás en los vitrales o muros de templos, catedrales, o mezquitas a nuestros personajes históricos o legendarios, o  nuestros pensadores; o los hitos de nuestra propia historia. No son, pues, lugares de culto para los europeos milenarios, sino para los cristianos o los musulmanes.

Durante cientos de años nuestro genio se vio obligado a expresarse en términos ajenos a su ser. Hay que pensar en la literatura, en la música o en la arquitectura que hubiéramos tenido si no hubiéramos sido dominados por una ideología / cultura extranjera; si hubiéramos seguido siendo persas, griegos, germanos, eslavos…

También las distinciones conceptuales entre sagrado y profano, o religioso y civil fueron introducidas o reelaboradas por los sacerdotes de divinidades extranjeras. Lo profano y civil era lo propio, restos de la antigua cultura que no pudieron ser destruidos, o que la ideología extranjera no aportaba. Lo sagrado o religioso se reservaba para la ideología / cultura extranjera (judeo-mesiánica o musulmana).

En la hora actual, y con relación a Europa, cristianos y musulmanes compiten de nuevo por nuestras almas, por nuestras conciencias, pero también por nuestras tierras. Cada cual con su estrategia. Ambos quieren el poder, y el poder absoluto. El dominio de cuerpos y almas, de mentes y voluntades. ¿Quién lo conseguirá? El final es una Europa cristiana o una Europa musulmana (o ambas cosas, se la repartirán). La Europa europea es ignorada o desconsiderada por unos y por otros: la Europa pre-cristiana y pre-islámica, y la de los últimos doscientos años, tras la caída del Antiguo Régimen y las revoluciones políticas y jurídicas americana y francesa; la Europa emancipada, la Europa renacida. No contamos para nada—ni nosotros, ni nuestra historia, ni nuestras culturas. Somos, para unos y para otros, presas; espacio que someter, que dominar—en la tierra y en el cielo; el medio geográfico y humano a conquistar.

* * *

Espero que estos textos contribuyan a aclarar la mente de aquellos que nos amenazan por seguir siendo fieles a la memoria y a las tradiciones de nuestros antepasados, que son probablemente también las suyas. Con el abandono de sus propias tradiciones y su conversión han perdido también la dignidad, el honor, y la vergüenza. Basta escuchar sus palabras (sus amenazas y, cuando tuvieron el poder, la muerte de sus oponentes). La cristianización (y la islamización) de los pueblos no ha dejado más que muerte y destrucción por todo el planeta. Hemos perdido cientos de pueblos y culturas. Se hace casi imposible la reconstrucción del pasado espiritual y cultural de la humanidad. 

Estos infieles carecen completamente de conciencia, de vergüenza, y de pudor. No sé cómo se atreven a hablar después de su sombría, de su tenebrosa y criminal historia.

Despertad. Volved a casa, volved con los vuestros. Esto es lo que os pido.

Hasta la próxima,

Manu

Published in: on April 5, 2013 at 2:34 pm  Leave a Comment  

March of the Titans (32)

Excerpted from chapter 32 of March of the Titans: A History of the White Race by Arthur Kemp:


The fifth Great Race War – Genghis Khan

Genghis Khan’s first raid was into Russia in 1221, when his army smashed their way through several southern Russian principalities who were taken completely unawares by the yellow-skinned Mongolians.

Soon a huge part of southern Russia was under the sway of Genghis Khan—and not even the efforts of the Russian tribes to the north could dislodge him.

The invasion of southern Russian was in fact the only invasion of White held lands in which Genghis himself took part. He died suddenly in 1227, and the Mongolian armies paused for several years in southern Russia while a successor to Genghis was chosen from amongst the leading Mongolian chieftains.

In the interim the Mongols instituted a grim reign of terror over the White tribes they had subjugated. Whole settlements were slaughtered en masse, with lucky survivors barely escaping to the north and west, bringing tales of terror from the new Asiatic invaders.

One tactic for which the Mongols became famous was to sack a town, leave and then a few days later send a rearguard party back to the sacked town to see if any survivors had made their way back—any such unfortunates were put to death on the spot. In this way entire regions were quite literally stripped of all living souls.

Finally in 1236, the Mongol armies moved again, striking westwards in such numbers and ferocity that they reached deep into the Balkans, Hungary, northern Russia, Poland and central Germany.

Under the leadership of one Batu, a grandson of Genghis Khan, the Asiatics resumed their westward invasions in 1237, sacking the Russian city of Kiev in 1240, continuing westward into Poland, Bohemia, Hungary, and the Danube River valley.


Whites defeated at battle of Leignitz

An alliance of Germans, Poles and Teutons under the command of Duke Henry II of Silesia formed a united White army and desperately tried to stem the Asiatic advance. They met the Mongols in battle at Leignitz in what was then Poland in April 1241, but were badly defeated. Henry was beheaded by the Mongolians and for several days afterwards his impaled head was carried around on a spear at the head of the Mongol army until it rotted away.

The southern Indo-European tribes, the Slavs, then put together a new White army and launched an attack on the main body of the Mongol army in southern Europe. The battle, fought just north of Budapest, at the Sajo River in April 1241, saw the White armies defeated once again. The combined defeats inflicted upon the Russians, Germans and Slavs meant that all of Europe lay open to the Mongols.

In 1242, the Mongol hordes penetrated into the suburbs of Vienna itself—at that critical moment the non-White invasion ceased of its own accord.

It was a quirk of destiny which saved Europe and its peoples from complete extermination at the hands of the Mongols. In December 1241, the Asiatic army had just started on their final drive westwards, marching across the frozen DanubeRiver, when a messenger arrived from their homeland in Mongolia—the successor to Genghis Khan had died. Then and there, the Mongol army turned around and withdrew back to the east. Leaderless, they were never to penetrate into central Europe again.

Even though the Mongols withdrew from central Europe, all of eastern and southern Russia remained under Mongol occupation, where Batu created what became known as the Khanate of the Golden Horde—the name originating from an annual tribute of riches extracted from the northern Russians, who only escaped occupation by formally acknowledging themselves as vassals by paying a yearly tribute to the Mongol rulers in the south.

The only eastern European state which was not humiliated in this way was Baltic Lithuania. As Mongol strength slowly declined, the Lithuanians expanded, eventually occupying an area stretching from the Baltic right to the Black Sea in the south. Lithuania in fact became the most powerful state in eastern Europe.

By the early 1300s, the Mongol Empire in the south had been wracked by internal divisions, with rival claimants to the Mongol throne launching a series of fratricidal wars amongst themselves. Seizing advantage of the confusion in the Asiatic ranks, the Grand Duke Dimitry of Moscow led an army against a huge Mongol force at Kukikovo, on the banks of the Don River, in 1330. Although great casualties were suffered by both sides, the White Russians won: the first major reverse suffered by the Mongols since their occupation of southern Russia.


Ivan the Great

The Mongols were then further weakened by renewed internal dissension, with a new Mongol warlord, Tamerlane, conquering much of the original Mongol Empire in Russia in 1395. After Tamerlane’s death, his empire was broken into four independent khanates: Astrakhan, Kazan, Crimea, and Sibir.

So divided, the Mongols were at last weakened to the point where the Muscovite principality, under the leadership of Ivan III, took the opportunity in 1480, to refuse to pay the annual tribute to the Horde.

Ivan, called The Great, who ruled from 1440 to 1505, then followed up the refusal to pay the tribute with a series of localized wars which expanded the borders of his kingdom—some were against other White principalities while some were against local Mongol chieftains. In this way a succession of slow moves south, combined with a process of assimilation, saw the last of the Mongol states vanish another century later, although the names they gave to these regions still persist.

The first major White reconquest of the southern parts of Russia only began in the mid 1500s, when bands of Russian peasants, known as Cossacks, fleeing the autocratic fiefdoms of northern Russia, started settling along the banks of the Don River basin.

The Cossacks engaged in a large clearing operation lasting many decades against the Mongols. By the mid-1600s the majority of Mongols had been cleared from central southern Russia—the remaining minority were for the greatest part absorbed into the new population.


The Mongol legacy

In central Europe, the Mongols were not physically present long enough to have a lasting genetic impact upon the local population, although unquestionably a small amount of Mongolian genes did enter the bloodstream of a tiny part of the population. This took place mainly through the wholesale rape of White women for which the Mongols were also famous. The major impact of the Mongol invasion upon southern and central Europe was that they physically killed huge numbers of Whites in their path, numbers which were lost forever.

In southern Russia however, the after effects of three hundred years of Mongol rule left a clear genetic imprint upon many of the peoples in that region. Many of the peoples of regions such as Kazakhstan are of clear mixed racial origin. It is these people who are today often mistakenly called Slavs. Even though they were originally the easternmost Indo-European peoples and as such part of the Slavic tribes, their racial identify was completely submerged by the Mongol invasion and it would be genetically incorrect to classify them as Slavic.

Published in: on January 13, 2013 at 9:24 pm  Leave a Comment  

A lone philosopher

Rembrandt
St Anastasius
~ 1631
Stockholm Nationalmuseum

Published in: on January 1, 2013 at 2:13 am  Leave a Comment  

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Originalmente inicié este blog como vehículo para publicar mi libro crítico de la Cienciología.

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Originally I started this blog as a vehicle to debunk Scientology for a Spanish-speaking audience.

Published in: on December 29, 2012 at 6:06 am  Leave a Comment