Una canaria apañada, 6

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El autor en
Gran Canaria, España


Teresa es una mujer morruda—“terca como una mula”—: palabra canaria que solía usarse en el pasado pero que ahora sólo la gente mayor la usa.

El 12 de julio de 2009 Tere me hizo unas confesiones por teléfono que corroboraron de maravilla el análisis que había hecho de ella. Me dijo: “A mí me da igual que la sociedad se hunda”.

Esta es una gran clave para entender a esta mujer. Hay varios críticos que dicen, especialmente en el mundo anglosajón, que el móvil de los izquierdistas no es un magnánimo liberalismo que busca el bien de todos, sino la destrucción de las sociedades en las que viven.

Al primero que leí diciendo eso fue Jean-François Revel, el célebre polemista francés, gracias a su visita a la Ciudad de México en 1990. No voy a entrar en detalle sobre política en estas entradas. Mi meta es analizar la patología de la gente de izquierda a partir de un paradigma. Precisamente porque Tere reconoció que no había tenido, como yo en México, “una época dorada”—estas fueron sus palabras exactas: las capturaba al hablarme por teléfono—, ella no sufría “añoranza”. Y la clave que salió a luz en esa conversación es que ella siente hacia la sociedad exactamente lo que siento hacia mi padre: traición.

Allí está la clave del porqué del odio de Tere hacia la vieja España en particular, y hacia Occidente en general. Ante la agresión parental, nadie en la sociedad española de finales de los años sesenta e inicios de los setenta la defendió. A sus doce años, padre y madre le pegaron a Tere con una correa. La niña cayó al suelo (un vídeo mío confesional en que cuento cómo me martirizaron de chico movió a Tere a contármelo por teléfono ese mismo día de julio de 2009). Tere también vio cómo le pegaban a su primo. Y cuando se quería individualizar sus padres recurrieron a ese método, los golpes, por ser la mayor de sus hermanos. Un día, en el coche, la madre la agarró de los pelos por una rebeldía suya. Durante esa llamada telefónica me confesó que se le hizo “un nudo en la garganta” al recordar su pasado viendo mis vídeos, los cuales le removieron su propia vida.

¿Por qué yo reaccioné de manera noble ante el trauma en el hogar, confesar públicamente mi historia, mientras que otros reaccionan tan innoblemente, queriendo que “todo se hunda” como dijo Tere?

Quizá la clave para entenderlo esté en las palabras de mi conciudadano, el finado Octavio Paz, quien ganó el Nobel el año en que invitó a Jean-François Revel a México. Aunque, como yo, Paz no era un creyente en el cristianismo, me iluminó al decir que usaría lenguaje cristiano en su evaluación de los comunistas irredentos. Paz escribió, creo que en El ogro filantrópico, que esta gente “se entregaba voluntariamente al mal”, y que esa añeja expresión cristiana explicaba admirablemente su psicología.

Además de su increíble morrudez, en las siguientes entradas veremos cómo Tere, en vez de usar el sufrimiento pasado para redimir su alma, lo usa para entregarse a la tiniebla mental.

Published in: on December 30, 2014 at 7:36 pm  Leave a Comment  

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