Una canaria apañada, 3

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El autor en
Gran Canaria, España


Cuando llegué a España después de un cansado viaje desde México, a unos días de mi llegada Teresa me recibió con el comentario de que se había sentido extasiada, e hizo una cara de éxtasis precisamente, al ver cómo caían las Torres Gemelas durante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Me dio a entender que era casi un orgasmo existencial para ella el ver así caer a “¡El poder…!” según la frase que usó.

Al igual que toda la gente que odia a Occidente, Tere es un espécimen típico de resentimientos abismales contra sus padres; resentimientos no procesados y trasladados a figuras sustitutivas—en este caso los Estados Unidos—a los que la sociedad permite descargar los dos minutos de odio.

El nivel de empatía—sentir lo que la otra persona siente aunque estemos en desacuerdo con su ideología—era virtualmente nulo en Tere, con quien años antes ya había discutido sobre política cuando visitó la Ciudad de México. Desde que me percaté de sus odios a la cultura occidental supuse que Tere debió haber sido maltratada de niña.

Como España en general, y las Canarias en particular, estuvieron quebradas económicamente durante mi estancia en Gran Canaria, el haber comprado un boleto de viaje que había caducado para regresarme a México significó ni más ni menos que depender económicamente de alguien que odiaba desde que descubrí su postura política. Lo más frustrante es que ni un ápice de ese odio podía trasmitirle a Tere debido a la grotesca dependencia en la que había caído.

Qué dilema. Pero aunque parezca mentira, la ventaja de quedarme esos meses fue que, sin proponérselo, Tere misma corroboró la interpretación psicológica que había ideado de ella. Efectivamente, el 18 y el 19 de agosto de este año, cuando aún vivía yo en Gran Canaria, me envió furiosos mails por mis ideas políticas, entre los que recojo esta joya:

Y tampoco olvides las diferencias entre la actitud pública y privada de las personas, como ocurría con tu madre y la mía, que lloraba sin poder evitarlo ante los dramas familiares de las películas rosas de la TV, mientra se mostraba ciega e impasible ante mi sufrimiento personal.

“Ciega e impasible ante mi sufrimiento personal” fue exactamente lo que Tere hizo conmigo esos diez meses en que no pude huir de su departamento por la más elemental falta de dinero. Es más que obvio que la manera como ella fue tratada de niña Tere trata a la gente sobre la que tiene poder: sea yo mismo o las empleadas de las tiendas, quienes, al tener la obligación de contestarle al cliente de buen modo, esta mujer se aprovechaba para hacerles preguntas en malos humores, acerca de los cuales Tere no era consciente.

Tere se puso furiosa al ver mis vídeos de YouTube, donde me quejo amargamente de que la raza blanca se esté extinguiendo (éramos el 30% cuando nació mi abuela; ahora somos la mitad y las proyecciones señalan que nos iremos al 5%). Decir eso abiertamente en mis vídeos, conjuntamente con mis jeremiadas contra la islamización de Europa, la enfureció. De hecho, ¡Tere me salió con la absoluta psicosis de que “las razas no existían”!

Este vídeo mío [Nota de 2012: Por razones de privacidad, el año pasado puse, en todos mis vídeos en que hablo directamente a la cámara, un candado para que sólo mis amigos puedan verlos] ejemplifica lo que quiero decir: algo que Tere no puede ver porque está ciega para ver la belleza de las ninfas en la población caucásica. Quizá valga decir que Tere nunca se casó y que jamás habla de amor. Incluso cuando le hablé de La bella durmiente como una de mis películas favoritas, me salió con que era una película machista. Tal es el mundo irracional, antitradicional, posmodernista y ultra-feminista—en una palabra: malvado—en el que vive gente como Tere.

Mientras más pienso en sus taras ideológicas, más me percato de que—a pesar de que como Tere yo fui maltratado de chico—ella no guardó en su corazón un apego positivo con el medio, cultura o familia. Tere misma corroboró esta interpretación cuando fue de Madrid a Las Palmas de Gran Canaria, al departamento donde yo vivía solo, para visitar a su familia. Sin que se percatara llegué a anotar verbatim lo que me decía. A finales de agosto me dijo:

“Yo lo veo como algo negativo siempre [a la familia]… Que no haya ninguna”.

Es decir: Tere quiere que se extingan todas las familias del mundo, especialmente las caucásicas en tanto que fue una madre caucásica quien de chica la atormentó. También capturé esta otra gema:

“Yo abomino de la familia. Creo que la familia siempre daña”. [énfasis de Tere]

La sociedad no nos permite hablar contra nuestras familias, en esto estoy de acuerdo con ella. Y también estoy de acuerdo en que muchas familias, aunque no todas como cree, son tóxicas. Lo que es sumamente patológico es que Tere no haga lo que yo hago: hablar, en docenas de vídeos de YouTube, sobre la familia y en cientos de páginas como lo hice en Hojas susurrantes. Esa es la práctica mental correcta, no echarle la culpa de las desgracias del mundo a Occidente.

Tere casi nunca habla de su vida. Reprime la cólera que siente, en especial, hacia su madre. Es sintomático que, la única vez que casualmente me la encontré en una calle de la isla, Tere caminaba dócilmente con su anciana madre. Es obvio que el coraje que a lo largo de las décadas ha sentido por ella y por su difunto padre, Tere lo desquita en otros. Y qué mejor, en esos dos minutos de odio transferenciados, que volcar la rabia sobre lo que más se parece a sus padres: la época franquista, de la que Tere habla constantemente y sobre la que siente una particular aversión.

Si Tere fuera una persona integrada psicológicamente no tendría tan arraigado en su mente un objeto sustitutorio para odiar, la época franquista. Más bien, dirigiría su tirria a la fuente de su opresión de antaño, la manera como fue tratada de niña. “El poder” —sus palabras— que la martirizó no habían sido los norteamericanos, sino sus padres y la sociedad canaria obcecada ante su drama.

Published in: on December 30, 2014 at 7:41 pm  Leave a Comment  

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