Una canaria apañada, 14

Cesar_Tort_sun_on_back

El autor en
Gran Canaria, España


Una vez sano y salvo al otro lado del océano, recibí un mail de Teresa:

Me conecto de nuevo a internet después de un montón de tiempo y aún no veo todas aquellas cosas que tenías que decirme pero que no podías, según me dijiste, “porque dependías” de mí… ¿Qué tengo que pensar? ¿que me mentiste?

Que si le mentí, me pregunta. Aún después de mes y medio de haber logrado velocidad de escape de su campo gravitatorio, Tere no se percata que desde que vivía en Las Palmas no deseaba hablar con ella. Además, nunca tuve la intención de decirle lo que pensaba.

Como constaté en mi entrada anterior, Teresa me recriminó que no le comenté nada sobre la película que, según ella, retrataba el drama de su vida. A eso se refería Tere en su mail citado arriba. En su tierra le respondí que no podía opinar debido a mi dependencia económica. Si le hubiera dicho que era impensable ser confidente íntimo de alguien por quien sólo sentía repulsa, podría haber ido a parar a la calle. Después de sus demandas a una compasión imposible, y de mi renuencia a confesarle mis razones, Tere se figuró que una vez independizado estaría libre de contárselo todo. La verdad es que nunca le prometí nada: sólo trataba de quitármela de encima. Sus palabras “¿Qué tengo que pensar? ¿que me mentiste?” sólo reflejan sus eternas demandas y proyecciones. Y acerca de decirle la verdad, mi propósito en este blog no es lastimarla sino hablar de un caso muy concreto de autoodio suicida.

Esta es la catorceava y última entrada de esta serie. Aunque tengo material para un libro sobre mis desventuras con Tere, con lo dicho basta. Temo pues que no cumpliré mi promesa de hace unas entradas, cuando escribí: “aunque me había hartado de sus locuras telefónicas, de las que hablaré en otra entrada…” Lo único que puedo decir es que esos telefonazos eran lunáticas inquisiciones de parte de Tere: cosas similares a aquello de la bolsa de plástico con la que me exasperó unos días. No obstante, en esta última entrada hablaré de otra de las cosas que había prometido contar.


Teresa fue a dar a la casa de la risa

Esta sección es la más importante de mi análisis. Tiene que ver con mi hipótesis de que un odio no procesado hacia la familia abusiva se transmuta en depresión, como explico en otro largo ensayo, o en conductas autolesivas, como explico en un capítulo de mi libro sobre Colin Ross. En base a este marco teórico, el suicidio o la ideación suicida son perfectamente comprensibles. Esto último es lo que, a inicios del nuevo siglo, padecía Tere cuando la internaron al pabellón de siquiatría de un hospital público de Las Palmas. He aquí la historia:

A finales de 2002 Tere me contactó por internet. En aquel entonces yo aún no tenía página web, aunque había traducido al castellano unos artículos antisiquiátricos de Lawrence Stevens que leyó. A Tere le gustó especialmente un artículo en que, siguiendo a Tom Szasz, Stevens decía que el suicidio era “un derecho civil”. Como Tere no escribe en inglés, en lugar de contactar al autor, Stevens, contactó al traductor, a mí; y a través de varios mails me reveló una interesante historia que creí desde el año que la conocí hasta 2009, cuando mi estancia en su tierra natal me desengañó. Confieso que desde que nos conocimos por internet Tere estaba tan encantada con mi labor antisiquiátrica que por años pagó los costos del dominio de mi página web.

El día en que me regresé a México Tere se encontraba en su departamento de Las Palmas. Tuvo la iniciativa de mostrarme el expediente del hospital siquiátrico en que estuvo internada poco antes de que me contactara en 2002. Aunque escrito en manuscritas casi ilegibles tanto de la pluma de los enfermeros como de los médicos del hospital, el expediente desmitificaba la historia que Tere había detallado tanto en sus mails de 2002, como en sus relatos de finales de 2003 cuando visitó México.

En la historia idealizada, Tere paseaba inocentemente cerca de un puente de su isla cuando la policía creyó que se iba a tirar y llamaron a la ambulancia, quienes injustamente la llevaron al hospital. Según su relato, la doctora la retuvo en una sala de observación y cuando Tere protestó que se alargaba la detención, arbitrariamente la internó. Una vez internada en el pabellón de siquiatría le administraron Valium, también en contra de su voluntad. La droga le produjo un terrible efecto secundario paralizándole los músculos y Tere creyó que moriría. El internamiento duraba días y más días… (Estaba incomunicada porque rehusó darles a los médicos más que un solo teléfono, de una amiga.) Tan traumatizada quedó del suceso que un tiempo después de que su hermano la sacó, Tere decidió mudarse a Madrid. Aunque posee un departamento en Las Palmas (donde yo viví), Tere prefirió alquilar un caro departamento en Madrid por su obsesión de huir a toda costa de la traición sufrida en su isla natal.

Esa es la versión de Tere. Tanto me la creí que, originalmente, en mi página web había hablado de ella, sin mencionar su nombre, como un caso típico de internamiento siquiátrico de una persona cuerda. No obstante, cuando el día de mi regreso a México Tere me confió su expediente siquiátrico, descubrí que su versión de los hechos había sido ficticia.

En los diversos documentos que Tere me mostró, lo primero que me impresionó fue el reporte del policía. El policía testimonió que Tere le dijo que estaba midiendo la altura del puente. ¡Ese pequeño detalle no me lo había contado! Lo que ahora recuerdo es que incluso en su versión idealizada Tere me había dicho que le había contestado de manera muy áspera al policía cuando éste le preguntó, alarmado, adónde iba.

Y hasta ahora ato un cabo suelto… Recuérdese cómo trataba Tere a las empleadas de Las Palmas. El punto es que esta revelación más concreta sobre las conductas de Tere que observé provee una lectura muy diferente de los hechos. Sabiendo el policía que otra persona se había matado una semana antes echándose del puente, al ver ahora a una mujer tozuda hablándole de medir la altura del puente, llamó a la ambulancia. Recuerdo que Tere misma me confesó que la razón por la que le había hablado ásperamente al policía era porque le tenía tirria a la policía desde chica, debido a la ubicuidad policial en la época franquista.

Franco una vez más. Es claro que Tere proyecta sucesos de su infancia al presente, y sobre gente completamente inocente. Caracterológicamente, la policía española actual es diametralmente opuesta a la de Franco, y más aún la de las Islas Canarias. Los canarios en general, y la policía española en particular, son gente amable. Debido a sus eternas retro-proyecciones, Tere no vio ninguna provocación entre su trato cortante al policía, quien sólo cumplía con su deber después del reciente incidente. Al contrario: como otras personas conflictivas que conozco, Tere proyecta sus traumas en la gente de su entorno, por más inocentes que sean. Por ejemplo, en uno de sus más provocadores mails, aludido por ella en mi entrada anterior, Tere me escribió:

“¿Estás seguro de que no estás proyectando hacia el tema islámico tu rabia y sed de venganza no resuelta por los daños recibidos en el entorno familiar de tu juventud?”

Como en otros de sus mails, Tere puso muchos signos de interrogación aquí, que por cuestiones de estética reduzco a uno solo. La cabeza de concreto de Tere le impide comprender que yo no proyecto nada. Describo los hechos de Europa. Eso no es proyección. La cita de Tere es un autorretrato proyectado hacia la gente con quien se topa. Si hay alguien cuya “rabia y sed de venganza” no está resuelta, es la de Tere. Es ella quien padece “daños recibidos en el entorno familiar”. No es la primera vez en que alguien se me proyecta retratando sus patologías en mí.

Análogamente, la primera instancia de su internamiento, cuando el policía llamó a la ambulancia, había sido un suceso de carácter diametralmente opuesto a la historia que Tere me había hecho creer. En la vida real, Tere había proyectado afectos sobre sus experiencias en la España de Franco del siglo anterior a un evento del nuestro siglo. Veamos ahora qué sucedió después.

Según su testimonio, el internamiento había sido una acción arbitraria de la doctora encargada de las admisiones. Sólo hasta que llegué a la isla me enteré de que la ideación suicida de Tere había sido algo muy real. Por boca de Tere misma me enteré que si medía la altura del puente ¡era para cerciorarse de que moriría al tirarse! Esto me lo dijo personalmente en la isla: ni siquiera por mail. Tere quería asegurarse de la altura debido a patéticos casos de conocidas suyas que, por no tirarse desde un piso lo suficientemente alto, sobrevivieron.

Pero hubo más sorpresas en su expediente… Una de las cosas que más me impresionó es que Tere estaba emberrinchada en que la dejaran salir del siquiátrico y que solía increpar a los enfermeros con estas palabras:

—“¡Puedo acabar con mi vida cuando lo desee!”

o:

—“¡Puedo acabar con mi vida cuando se me dé la gana!”

Si bien no tengo conmigo el expediente, recuerdo esas frases. Al leer el testimonio del policía—que Tere quería medir la altura del puente—, o el del enfermero—que rabiaba que podía acabar con su vida—atónito le pregunté: “¿Pero les decías esas cosas?”

Cándidamente Tere me contestó en afirmativo; racionalizando su conducta como reacción legítima ante el internamiento. Hubo otras frases de ese tipo, pero no las recuerdo exactamente. Como Tere sólo me dejaba leer su expediente enfrente de ella, no pude anotar lo que leía. Pero sí puedo constatar que el expediente transmitía una imagen muy vívida de que Tere había hecho un numerito en el hospital, reclamando lacrimosamente su derecho de matarse. Esa había sido la causa real de que la tuvieran encerrada, no la malevolencia de las autoridades canarias, la versión que originalmente me había engañado.

Cuando Tere me enseñó el expediente no le pasó por la cabeza que la revelación iba a transformar la idea con la que me había quedado de su caso. Tere me lo había mostrado bajo la impresión que yo, quien por un par de años había hecho activismo antisiquiátrico, me iba a solidarizar con ella. Jamás se percató que mostrármelo iba a desmitificar su antigua versión de los hechos.

Una persona en sus cabales habría guardado las apariencias; incluso una persona que se quisiera suicidar. Hay gente en sus cabales que se suicida, digamos, un Stefan Zweig. El expediente de Tere, en cambio, registraba rabieta tras rabieta en el pabellón de siquiatría, agravado por el efecto del Valium que no la dejaba respirar bien y ni siquiera “abrir el esfínter anal” al ir al baño, según Tere le confesó a una activista en México. Aunque Tere me dejó leer sólo una fracción del expediente, fue tan obvio su acting out (“actuar afuera” la propia mente) que incluso llama la atención que no la hayan reprimido con drogas mucho más potentes. Como dije, los canarios que conocí eran gente bastante amable, cosa que explica que no le administrasen neurolépticos.

Por defensa propia a Tere no le dije media palabra de cómo su expediente había trastocado su antigua versión de los hechos, aunque cada vez que el expediente reportaba una de las insólitas frases atribuidas a Tere, azorado le preguntaba: “¿Les dijiste eso…?” Tere continuaba asintiendo sin percatarse del efecto que tendrían en mi mente las novedosas revelaciones.

El expediente me recordó otro asunto. Cuando en 2002 leí el largo testimonio que escribió Tere, ella misma relataba que los días previos a su fatídica visita al puente había estado muy encabritada por unos litigios contra su previo empleador, los cuales habían sido largos y agónicos; y que la descomunal frustración en esos litigios la habían impulsado a visitar el puente. Para mi sorpresa, se mencionaban en su expediente siquiátrico. Y ahora, viendo a Tere discutir agresivamente en su isla con inocentes empleadas, conducta que repetiría puntualmente en su trato conmigo, los cabos se ataron por sí solos. Por ejemplo, Tere misma me contó que había increpado, muy molesta, a la doctora encargada de las admisiones en el siquiátrico. Aunque no se lo dije, me pareció obvio que eso resultó en un boleto directo al pabellón (“boleto” se dice “billete” en España). ¿A quién se le ocurre hablarle feo al encargado de admisiones de un pabellón siquiátrico? Sólo a una persona tan ofuscada por sus rollos emocionales que hace gala de provocadores actings out ¡contando su ideación suicida a los policías de la mente!

Para entender este análisis sobre Tere es útil familiarizarse con mi análisis de Andrew Solomon. Así como Solomon desplazó la rabia que sentía por su madre hacia uno de sus amigos, a quien le rompió la mandíbula, Tere hacía algo similar. Claro está que, no siendo las mujeres tan musculosas como nosotros, es más común que descarguen su rabia de manera verbal; digamos, lo que hacía Tere en las tiendas; conmigo, con el policía del puente, con la doctora encargada de admisiones y me figuro que con sus antiguos jefes con quienes litigaba.

En una palabra: histeria. Tere hizo la carrera de médico. Sabía perfectamente cómo funcionan las instituciones siquiátricas en su país. No tiene excusa de ignorar cómo iban a reaccionar las autoridades ante su “actuar afuera” sus no procesados rollos.

A lo largo de los diez meses en que viví en su departamento, Tere habrá estado casi un par de meses allí debido a las generosas vacaciones que le concede el hospital donde trabaja en Madrid. Cuando personalmente me contó que le pegaban sus padres de niña, le sugerí que hiciera un duelo para procesar su trauma: digamos, escribir una autobiografía como yo lo había hecho. Para Tere, eso estaba vedado. Reiteradamente me dijo que no le serviría.

Tere jamás confrontó a sus padres. Tampoco habla de sus traumas familiares con sus hermanos. Ni le recrimina nada a sus parientes. Todo se lo guarda para ella sola. Es entendible, pues, que el volcán del cólera que lleva adentro lo descargue de otra forma.

El caso Tere es típico. A mis hermanas les he regalado el bestseller de Susan Forward Padres que odian, que por cierto desde hace años se lo recomendé a Tere y que, a diferencia del libro de Bruce Bawer, lo compró. Forward dice que sus clientas se gradúan en su terapia cuando le escriben una carta acusatoria al perpetrador, es decir, al padre o madre que abusó de ellas. De la cantidad de gente que conozco que ha leído el libro de Forward—Tere incluida—, o de aquellos a quienes se los obsequié, ni uno solo ha seguido su consejo. Los temores de no tocar al progenitor inundan la mente incluso de aquellos que, como Tere, cuentan ya con medio siglo en este mundo. Y en el caso que el padre haya fallecido, como expliqué en mi ensayo sobre Solomon, Forward aconseja leer la carta vindicativa enfrente de la tumba del difunto a fin de obtener paz interior. Pero Tere no ajustó cuentas ni con su finado padre, ni con su anciana madre en forma de largas epístolas, como lo hice desde el primer libro de mis Hojas susurrantes.

La actitud de Tere es típica. Todos con quienes he intentado comunicarme me dicen que ya lo tienen superado y que el escribir cartas acusativas, no se diga enviarlas, está fuera de lugar. Es risible que Tere me saliera con que le disgusta vehementemente escribir cuando le mencionaba la terapia de Forward, en tanto que aparentemente no le molestó escribir su psicodrama del internamiento involuntario, e incluso mostrárselo a amigas íntimas. La gente que padece malos humores crónicos en sus tratos con los otros son capaces de todo menos de dirigir su encono hacia la fuente que lo ocasionó.

Este análisis sobre Tere puede leerse conjuntamente con el ya enlazado análisis de Solomon para entender qué quiero decir. En aquel ensayo había dicho que el odio sustitutorio, el que se dirige a chivos expiatorios, es infinito. En el caso Tere eso significa ni más ni menos que sus malos humores y las pendencias que litiga no terminan allí. Tere necesita, además, odiar a la cultura que fue sorda ante sus alaridos de chica. Ella misma me confesó que odiaba a la sociedad por esa traición, y que, cuando la internaron, sus añejas memorias de maltrato físico en el hogar asaltaron su mente. Según sus propias palabras, el internamiento involuntario había sido un:

—“¡Ahora sí…!”

…se corroboraba que lo que le habían hecho de chica era realidad. Pero Tere, quien ha escrito cartas a editores de periódicos quejándose de artículos sobre siquiatría, no escribe ni pío sobre la causa infantil o sobre su propia vida, donde yace su verdadero dolor. No es de extrañar que transfiera su rabia a los símbolos de sus padres: las autoridades, como vimos en el caso del policía. Pero el policía que creyó impedir un atentado no es su padre. Ni su madre. Ni sus parientes sordos ante su historia. Había sido Tere misma, no el expediente, quien me confesó que cuando el policía le preguntó adónde iba, le respondió airadamente:

—“¡Al puente!”

La dura respuesta detonó una reacción en cadena de parte de las fuerzas del orden. Y cada vez que, en aras de la más elemental defensa propia, Tere tuvo la oportunidad de reprimir sus malos humores no hacía sino escalar su “actuar afuera” provocando aún más a las autoridades (como luego me provocaría a mí sin que pudiera responderle hasta que me regresé, con estas entradas).


Análisis final

No habría escrito este pequeño análisis de no ser porque Tere odia a Occidente y anhela su destrucción. Recuérdese que me había dicho que aprobaba los atentados terroristas; la inmigración mora para restarle fuerza a lo que queda de la cristiandad en su país; que todas y cada una de las familias debieran desaparecer y que “todo se hundiera”, refiriéndose a la sociedad que yo quiero salvar (o mejor dicho: rejuvenecer).

Lo triste es que casos como el de Tere los hay por montones. Lo que me mueve a escribir esta serie es que en el movimiento antiyijad no aparecen, ni por asomo, análisis psicológicos de por qué la gente de izquierda odia a su civilización. Creo que un caso como el de Tere lo ilustra. El volcán de cólera con que Tere carga en sus adentros jamás estalla en forma de hablar sobre los agresores reales. Tere lo redirige a la cultura que, en su mente, simboliza su familia: la época franquista y todo lo relacionado con el conservadurismo; con la derecha; con la familia tradicional y la educación tradicional… A gente como Tere le importa un rábano que en otras culturas los tratos a la mujer sean mucho peores que los que recibió de niña. Eso es irrelevante. De lo único que se trata es de destruir la cultura que la crucificó. Punto. He dicho que el caso Tere ilustra lo que había escrito Octavio Paz. Tere y yo tenemos la misma edad y sufrimos en familias católicas de la misma época. Comparando las dos biografías, es patente que yo fui víctima de peores tratos familiares que los que sufrió Tere.

Pero yo no deseo la destrucción de mi civilización. Ante el trauma, incluso el gran trauma, aún existe la responsabilidad individual. El que alguien se dedique a hablar de los malos tratos en la infancia (como yo), o a destruir a Occidente con su voto al partido socialista (como Tere), sólo muestra que existe tal cosa como la entrega voluntaria al mal.

Si las feministas de izquierda fueran buenas personas, lo primero que harían sería sentir compasión, digamos, por las niñas cuyos genitales han sido cortados a instancias de sus padres. Pero las falsas amazonas hacen lo opuesto: odiar a los hombres que sentimos compasión por las púberes musulmanas, como Tere me odió con sus citados mails.

Tere y el resto de las mujeres de izquierda persiguen una venganza inconsciente. Ya lo había dicho Nietzsche cuando notó que una pequeña mujer que persigue su venganza sería capaz de atropellar al destino mismo. Con tantas votantes histéricas como Tere en España y en el resto del mundo, el destino de Occidente está en vilo. La ideación suicida de Tere, abortada por la institución siquiátrica que tanto odia, se transmuta en el suicidio de Occidente por tantas personas como ella.

Pero en algo estamos de acuerdo Teresa y yo. Creo que el policía debió haber dejado que se echara del puente.

Published in: on December 30, 2014 at 7:24 pm  Leave a Comment  

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