El último idiota, 9

idiotic freud 
El Síndrome Mackler

Con Luis Cuevas cierta vez me sucedió algo especial. Cuevas se especializa en bulimias y anorexias: algo así como una mezcla de su profesión médica con lo aprendido en RC y lo poco digerido en su lectura de Miller. Pues bien, en una de esas en el Café Gandhi salió a la conversación el tema de las mujeres gordas. Me sorprendió sobremanera que, precisamente por el marco conceptual culpa-víctimas en sicoterapia, la visión de Luis sobre el cuerpo humano era considerarlo como un globo. Si uno le echa comida al globo, el globo engorda. Si uno deja de echarla comida, el globo enflaca. Simple.

Maravillado me quedé ante el profundo conocimiento del cuerpo humano del endocrinólogo, pero le contesté que eso no podía ser cierto. Que desde hace décadas Ernst Kretschmer estableció las bases genéticas de la relación entre tipología y caracterología, donde se ve que desde la estructura ósea de los fetos hay algunos sujetos pícnicos (gordos), otros leptosomáticos (flacos, como yo por cierto), y otros atléticos (hombres de tipo musculoso). La tipología humana es obviamente un campo genético de investigación, y es más que sabido que flacos genéticos podemos comer hasta hartarnos sin engordar mientras que las pobres “gorditas pícnicas” apenas comen un helado y se les va inmediatamente a las caderas.

Luis me respondió con unos experimentos que había hecho en la UNAM sobre mujeres comelonas, como queriendo demostrar la verdad de su concepción “globo” de la tipología humana. A mí me resultó obvio que tales experimentos no podían ni remotamente compararse con estudios genéticos dado que éstos demostraban que las tres constituciones del cuerpo humano eran innatas (los pícnicos por ejemplo nacen con los huesos más gruesos que los ejemplares de los otros dos tipos; no se diga las vísceras).

Menciono la anécdota porque me sorprendió en grande cómo alguien como yo, quien jamás ha tomado clase alguna de medicina, tuviera una mejor noción de la constitución corporal que un endocrinólogo profesional. Pero el punto al que quiero llegar no es ése, sino cómo la sicoterapia que solía practicar Luis envicia incluso sus modelos médicos al aplicarla a las gordas que entran a su consulta.

No sólo Luis padece estas taras. Uno de los problemas graves que veo con aquellos que entran de lleno al tema del maltrato a la infancia, incluso en los más asiduos lectores de Alice Miller que conozco, es que padecen lo que podría denominar el Síndrome Mackler.

Daniel Mackler es el lector de Miller a quien más he denunciado en la red debido a que se enrosca en sí mismo en solipsismos yoicos que me recuerdan mucho una imagen que Mackler usaba en su blog antes de que se la criticara: un caracol marino del que sólo se ve la concha, el antiguo logo del sitio web de Danny Mackler.

El neoyorquino Mackler no es el único caso. Con el holandés Dennis Rodie, otro gran fan de Miller, también me distancié por estar atrapado sin salida en un mundo en que el tema del maltrato a niños funge como placenta impermeable para que Rodie no vea lo que sucede afuera, especialmente en lo que a inmigración musulmana a su país natal se refiere.

En términos generales, veo un peligro real en todos aquellos que, en sus intentos de centrarse en el maltrato infantil se olvidan del mundo real, como el caracol de Mackler, el cual ni siquiera asoma la cabeza de su concha. La misma Miller padeció algo de este malsano ensimismamiento. En El cuerpo nunca miente (Tusquets Editores, 2005) Miller escribió:

Supuestamente, semejante proceso podría haber sido más corto si, desde el principio, el analista hubiera podido interpretar un eccema genital como un indicio inequívoco de un temprano abuso del cuerpo de la niña. [pág. 97]

Con esta frase Miller se mete a una arriesgada región en su mente, y una confesión literaria lo aclarará. En una de las versiones obsoletas de El retorno de Quetzalcóatl había sugerido que el terrible eccema que mi tía Leonor, la hermana de mi madre, padeció en su adolescencia podría haber sido psicosomático. No fue sino hasta hace muy poco que eliminé esa sugerencia: me enteré que mi tía había nacido con ese mal. Ahora nótense las palabras de Miller: “indicio inequívoco”. Dije que era riesgoso no sólo porque el indicio es, en realidad, equívoco; sino porque con tan escasa evidencia de que el eccema de esta otra mujer haya sido psicosomático Miller ya estaba, tácitamente, incriminando a alguien en la familia de incesto.

A mi modo de ver las cosas, haciendo a un lado la visión psicoreduccionista de Miller en El cuerpo nunca miente y en otros pasajes de sus textos, la evidencia del martirio que los padres infligen a sus hijos es sólida. No necesitamos dogmatizar acerca de la etiología de enfermedades de apariencia somática. Independientemente de sus hábitos culinarios, Luis y otros se pasan de la raya al culpar a sus clientas gorditas sobre su predisposición genética. Y al sopesar condiciones como el eccema o el asma, uno haría bien en no aferrarse al dogma, ya sea somatogénico o psicogénico. En lo personal, suspendería el juicio en estos casos. Como puede verse en mi blog en inglés, en lugar de enroscarme hacia mis adentros como lo hace casi todo fanático de Miller, mi estrategia actual es analizar el aspecto sociopolítico del mundo.

En una subsecuente entrada veremos cómo Luis Cuevas, enroscándose al igual que Mackler, no quiso ver el mundo más allá de la propia concha.

Published in: on December 29, 2014 at 5:39 pm  Leave a Comment  

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