El último idiota, 7

idiotic freud 
Si un problema puede resolverse con dinero no es un problema psicológico

Una de las cosas que el incauto que cae a cualquier tipo de sicoterapia nota inmediatamente es que los profesionales en salud mental viven en una suerte de mundo New Age donde el sentido común se suspende en pos de esotéricas doctrinas, como lo que dicen los new agers: que cada uno de nosotros es “árbitro de su propio destino”.

En el mundo del sentido común se sobreentiende que existe tal cosa como la causalidad externa; esto es, tragedias en la vida ocasionadas por factores externos a nuestra voluntad que pueden destruirnos. Pero cuando uno cae en la terapia lo primero que se le pide al cliente es que se olvide del sentido común y que adopte la doctrina esotérica de que lo que le sucede al cliente es responsabilidad del mismo cliente.

El terapeuta hace eso porque sólo así, vendiendo la peregrina noción de que el problema del cliente no es ambiental sino “mental individual”, puede mantenerlo cautivo en sus sesiones. No, no es que los terapeutas, incluyendo los de RC, estén conscientes de lo que hacen. El problema estriba en su autoengaño inconsciente.

No hay ley que obligue a indemnizar al hijo de unos padres que destruyeron su vida. Como dejé claro en la cuarta sección del texto antisiquiátrico que publiqué en otro blog, las llamadas profesiones de salud mental son la manera en que el status quo se defiende. El sistema se defiende ignorando que muchos padres destruyen la mente de sus hijos (psicosis) o la vida de los mismos (mucho de lo que se diagnostica como neurosis). Es más que obvio que, si los hallazgos de Alice Miller estuvieran aceptados en la sociedad, casos como el mío y sin fin de otros no tendrían cabida en la consulta de ningún terapeuta del mundo. Eso se consideraría un craso error categorial. Lo que existiría serían montones de casos en que los padres destructores fueran llevados al ministerio público y forzados a indemnizar al hijo ya crecido (o en el caso de que aún sea un menor, sacar al perpetrador del hogar).

La sociedad está a años luz de distancia de arribar a prácticas de este tipo, y eso significa que la “terapia” se dirige casi exclusivamente hacia la víctima. (Un paréntesis: cuando escribí la palabra “hacia” estuve tentado a escribir “contra” porque eso es exactamente lo que sucede en la vida real.)

Pongámoslo de esta manera. Como la sociedad jamás va a aceptar en nuestro lapso de vida que los padres son tan destructores como los pintan Miller y Lloyd deMause, tarde o temprano el terapeuta, básicamente un agente del sistema, se convertirá en enemigo de la víctima. O mejor dicho, de la víctima que se atreva a decir la verdad sobre su vida. Hay algo que podríamos denominar la Ley de Tort:

En la medida en que el cliente se aferre a contar la verdad sobre su vida en una consulta, las probabilidades de que reciba un gargajo en la cara de parte de su terapeuta se acercan a 1.

Pero antes de hablar del nauseabundo gargajo que me escupió Luis hace un año debo mencionar unas cuantas anécdotas más.

Según se colige de le lectura de Jeffrey Masson, el terapeuta es, por definición, un sujeto que vive en el autoengaño de que sus clientes son, al menos de alguna manera, responsables de sus problemas. Esto es tan cierto que incluso la misma Miller cayó en esta trampa con su libro El cuerpo nunca miente; aunque, para crédito de la viejita, debo añadir que cuando se percató del engaño que representa la terapia dejó de practicarla.

Pues bien. En una ocasión, fuera de su consulta, le dije a Luis que debido a un accidente que tuve de adolescente en que me rompí los huesos propios de la nariz y me luxé el músculo piramidal—razón por la que me operaron del “tabique”—, me quedé con una rinitis atrófica permanente que me hacía propenso a fuertes gripes en tiempos de epidemias, especialmente en con la muy contaminada atmósfera de la Ciudad de México.

¡Luis me dijo inmediatamente: “Esa historia que te inventaste…” como dando a entender que la rinitis debía ser psicosomática!

Vean nomás ustedes mis queridos lectores. ¡En este caso pareciera que un no médico como yo sabía más que el médico profesional! (el consultorio de Luis no es de sicoterapia, sino de endocrinología). Cierto que Luis no es otorrinolaringólogo, pero llama enormemente la atención el hecho de que, al menos en ese momento, pareciera que el médico olvidaba en bloque lo aprendido en su profesión para salir con una de esas típicas tarugadas New Age donde uno es el responsable incluso de las enfermedades ciento por ciento somáticas.

En lugar de mandarlo a la goma y no volverlo a ver, ingenuo como era entonces le expliqué al “médico” que la prueba de lo que decía era que, al seguir los consejos de los otorrinos—vivir en un lugar de aire limpio, húmedo y caluroso—los achaques se evaporaban; y le puse el ejemplo de mi larga estancia en Houston. Luis no pudo contestarme esto, pero la anécdota muestra los increíbles grados de demencia a los que, en sus esfuerzos de culpar a las víctimas de todo lo que les sucede, el terapeuta, incluso el que ha cursado la carrera entera de medicina, puede llegar.

Como veremos en una próxima entrada, la anécdota de arriba me servirá de maravilla para mostrar cómo a veces un médico profesional no puede siquiera ver una condición médica, sino que se entrega a lo que llamo un “quebranto psicótico instantáneo” a fin de mantener su obcecación. Mi primo Javier, un otorrino, me mostró la película de una cámara que me introdujo por la nariz donde se notaba la resequedad de mi interna membrana nasal. Si para Luis, en su instantáneo salirse de la realidad, el tremendo accidente que tuve de chico no me amoló la membrana mucosa de la nariz—por cierto: otros otorrinos me han corroborado lo que Javier me dijo—, produciendo una resequedad excesiva en la garganta, ¿cómo podría semejante “doc” entender situaciones menos somáticas donde aparentemente la voluntad sí juega un rol?

Adelantémonos por un momento a lo que diré en la entrada crucial en esta serie sobre el último de los idiotas. Al menos en el momento de su quebranto, Luis me culpó virtualmente de mi rinitis. Ahora bien, pasemos ahora al tema de mi desempleo en México.

Según los locos del New Age, cada uno es árbitro de su propio destino: una manera oblicua de decir que el desempleo nunca ha existido sino que todo desempleado “generó”, de alguna manera, su pobreza y marginación. Los terapeutas, aunque aparentemente no tan extremosos como los new agers, se mueven bajo ese cielo: el medio es básicamente benigno y los problemas de los que el cliente se queja han sido ocasionados por el mismo cliente.

Es aquí donde se entiende cómo nadie en el mercado de una supuesta cura de almas—sean quienes están en sectas o en profesiones académicas de salud mental—ha querido tomar nota de lo que infinidad de veces he dicho: que, aunque me quedé sin profesión, y por consiguiente no he tenido un buen empleo en México, jamás me faltó empleo en los cinco años que viví en los Estados Unidos.

Para la gente que vive en la realidad, no para los new agers idiotas o los terapeutas idiotas, el hecho de cruzar la frontera no significa que uno se vuelva inexplicablemente “trabajador” y que, al ser deportado de nuevo al Tercer Mundo, ese mismo individuo se vuelva inexplicablemente “flojo”. Para quienes vivimos en la realidad, no en la Wonderlandia siquiátrica culpa-víctimas, es más que obvio que la circunstancia externa, los $6 dólares por hora del salario mínimo en EE.UU., hace toda la diferencia.

Como dije al tope de esta entrada, si un problema puede resolverse con dinero no es un problema psicológico: es ambiental.

Published in: on December 29, 2014 at 5:42 pm  Leave a Comment  

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