El último idiota, 6

idiotic freud 
Cumbias, roces con machos y otras aberraciones

La terapia, en el sentido que la auténtica amistad puede comprarse con dinero, no existe. Solicitar los servicios de un terapeuta es similar a solicitar los servicios de una prostituta. La ramera cobra por rentar su cuerpo. El terapeuta cobra por rentar su mente. La prostituta no puede proveer verdadero amor a sus clientes. El terapeuta no puede proveer verdadera amistad a sus pacientes. La prostitución bastardea al amor. La terapia bastardea la amistad.

Ahora que me siento libre de escribir sobre Luis Cuevas, creo que debo recordar algunas cosas que, lejos de su consulta, me había dicho cuando hablábamos en cafés o en su casa.

Una de las cosas que más me molestó de RC (Revaluación y Coescucha) es que imponen a sus clientes “terapias” que Harvey Jackins (1916-1999), el gurú de la secta, ideaba. He aquí una viñeta que escuché en boca de Luis.

Jackins, me contó Luis, forzó a uno de sus acólitos a bailar una cumbia en público como parte fundamental de la terapia ideada por el gurú. Cuando Luis me contó la anécdota quiso transmitir que había sido una gran idea de Jackins.

Aquí se ve una vez más la imposibilidad de la idea de la sicoterapia, aunque reitero que los de RC jamás usan el término. Luis no sabía que, de la parte naca de México y Latinoamérica que tanto abomino, la música populachera representa precisamente el nadir de la cultura. No voy a disertar sobre la música. Baste decir que ambos de mis padres son profesionales de música clásica, y al momento de escribir uno de mis hermanos dirige una orquesta en París. A la cumbia la denomino “la música de los neandertales” y representa, en el abstracto pentagrama, lo que visualmente me agrede cada vez que salgo del hogar y veo cómo ha degenerado mi ciudad. No tengo opiniones tan drásticas sobre el folclor musical de las naciones, incluyendo el folclor mexicano; el cual no hay que confundir con los aspectos degenerados de la sociedad. Pero debo decir que de niño me crié con Mussorgsky y Stravinski; más tarde, escucharía a los compositores alemanes. Después de la mejor educación musical que puede recibir un chico en México, me ha resultado obvio que, para quien tenga el oído educado, forzarle cumbias, raps o toda suerte de música-disco a alguien afín a mí es como forzar a Lot a fornicar en Gomorra.

Esto debiera ser obvio. Pero no era obvio para Luis, quien por lo que me dijo sobre las cumbias colijo que es un latinoamericano típico, esto es, un sujeto con el oído muy poco educado (a pesar de haber tomado clases de piano).

No es el fin de esta entrada discutir sobre la superioridad de la música clásica frente a la pop o hablar de la degeneración anti-musical (eso lo hace mi amigo iraní en su blog). A lo único que quiero llegar es que el ejemplo de la cumbia ilustra, una vez más, qué es la otredad antitética: el bálsamo de uno es el veneno de otro.

He dicho que los conocimientos de Luis sobre Alice Miller eran periféricos. Este caso y los que mencionaré más tarde lo ilustra. En el momento en que Jackins le impuso a uno de sus súbditos hacer algo contra su natura, y en público para amolar, violó su dignidad y estructura psíquica interna. Por ejemplo, para mí bailar cumbia sería casi análogo a tener una relación con uno de esos putos que tanto asco me dan—“Lot en Gomorra”: algo que un egocéntrico como Daniel Mackler no querría escuchar dado que mi asco lesionaría su autoestima. Exactamente lo mismo puede decirse de la cumbia. Si a Luis o a Jackins le gusta semejante música, habrán de saber que su bálsamo es veneno—real veneno—para mí. Pero eso es algo que los terapeutas egotistas nunca van a aceptar. Al igual que Mackler se encabronó conmigo, Luis no toleraría una crítica de esta magnitud hacia sus cumbias, y por idénticas razones: cree que él mismo, quien las baila, es el parámetro para juzgar la conducta de otro.


Sudorientos

Hace años Luis asistió a una reunión del grupo de RC, cerca de San Francisco. Me contó que en una de las terapias se le solicitó jugar basketball (una vez más, otredad antitética: yo abomino ese deporte de niggers). Una mañana Luis se encontró jugando basket con un machote. Según la mística de RC, se suponía que el roce físico con hombres sudorientos era terapéutico…

Me quedé medio frío al escuchar eso. Como impliqué en una anterior entrada, yo sólo podría haber tenido semejante roce hace unas décadas, cuando estaba mucho más joven, mucho más bello ¡y siempre y cuando el jugador (no de basket, juego de negros) fuera un leptosomático efebo! Tanto a Luis como a su hermana les dije que no participaría en las terapias en que yo tenía que tomar la mano de otro cabrón, a fin de que el cabrón me confesase sus penas. Les dije que sólo podría tomar las manos de mujeres.

Mónica se quedó callada, pero a raíz de semejante desplante de individualidad no me incluyó a una terapia de grupo que iba a formar (nunca tomé terapia de RC de hecho). Por su parte, Luis me salió con que lo que dije eran “lastimaduras”, en sentido de que mi mente era patológica y la suya—y por extrapolación las mentes de los de RC—sana y sin prejuicios.

Este es un ejemplo clarísimo de lo que Miller llama pedagogía negra. El padre o el terapeuta impone una ética, y el hijo o el cliente tienen que someterse a esa ética. En otras palabras, la otredad antitética entendida como enfermedad. Tal es precisamente la postura de la siquiatría opresiva; y aunque los de RC critican a la biosiquiatría, como ha visto Jeffrey Masson en el fondo se mueven en el mismo marco autoritario.

Más alarmante que estos roces con machos sudando me pareció otra “terapia” que me contó Luis: una que, a propósito, Luis se la aplicó a su propio hijo.

Ahora que escribo no deja de sorprenderme el montón de cosas que le pasé por alto a Luis. Es un error muy humano el que, mientras uno no se sienta insultado por la ética de una doctrina, terapia o secta, pasemos por alto situaciones que habrían de haber alertado nuestras antenas.

Pues bien: Luis me contó que, inspirado en RC, practicaba sesiones de “luchitas” con su hijo, a quien conozco personalmente por cierto. La lógica de la terapia era empoderar al hijo frente al padre; hacerlo sentir que también él, el hijo, tenía fuerza competidora frente a la imagen parental.

Sobra decir que tal interacción padre-hijo me pareció medio aberrante. A mi modo de ver, es perfectamente posible respetar al hijo sin esos roces físicos entre padre e hijo (o entre dos machines jugando basket en San Francisco).

Published in: on December 29, 2014 at 5:43 pm  Leave a Comment  

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