El último idiota, 5

idiotic freud 
¿Existe la sicoterapia? Quienes realmente estén interesados en responder esta pregunta han de leer Against therapy y Final analysis de Jeffrey Masson, además de aquellos dos amenos y ya mencionados libritos salidos de la antigua pluma de Tom Szasz. Confieso que, entre estas cuatro joyas, Final analysis es mi favorito. Pero en esta entrada me limitaré a plantear situaciones que arrojarán dudas sobre la utilidad real de la sicoterapia.


Otredad antitética

Una de las cosas que dice Masson en Against therapy, traducido al español como Juicio a la sicoterapia, la sabía por descalabros míos con “terapeutas” pero fue en uno de sus libros donde leí en prensa escrita lo que intuitivamente ya sabía.

Masson menciona a una mujer que le confesó a su terapeuta que se sentía humillada por la cultura porno de la época; cómo ponían a la mujer en revistas como Playboy: mero objeto sexual. Su terapeuta se limitó a contestarle en forma airada “¡A mí me gusta Playboy!” La mujer se quedó atónita, pues sabía que jamás iba a poder comunicarse con ese señor.

La anécdota es útil en nuestros intentos de responder si existe o no tal cosa como la terapia. Pero al menos en este caso, el terapeuta se mostró sincero con su clienta: razón por la que la mujer, como Dora con Freud (véase mi segundo libro de Hojas), “lo mandó por un tubo” como decimos en México. Pero en muchas otras ocasiones los analistas más zorros se reservan sus opiniones.

Imaginemos a otro terapeuta que, siguiendo el consejo de oro de Freud—el silencio del terapeuta—no le dijera nada a la mujer. Eso habría significado que habría seguido cobrando unas cuantas sesiones más sin que su clienta se enterara de que, en sus adentros, el terapeuta despreciaba sus íntimas preocupaciones; de hecho, la clienta habría permanecido en la ignorancia que el mismo terapeuta era parte del problema de la cosificación sexual de la mujer en revistas soft porn, no parte de su solución.

Que yo sepa, el único terapeuta que ha señalado esta incongruencia ha sido el sicoanalista Sándor Ferenczi (1873-1933), de quien hablo en otro de mis blogs. Fue Ferenczi quien, en sus diarios íntimos, se hizo preguntas cruciales. Por ejemplo, se cuestionó cómo era posible la terapia en casos en que el terapeuta sintiera repulsión por una de sus clientas. A diferencia de Freud y de sus acólitos, Ferenczi era lo suficientemente honesto para cuestionarse cosas que sus dogmáticos colegas no osaban siquiera soñar.

Había mencionado a Daniel Mackler en esta serie sobre el último de los terapeutas idiotas con que me he topado. Mackler tiene su consulta en Nueva York y, hace algunos años, discutí extensamente con él en su foro de internet (ahora clausurado). Mackler, supuesto big fan de Alice Miller, como terapeuta profesional que es rechaza vehementemente a Miller, y más aún a Masson, cuando se atreven a plantear dudas sobre la pertinencia de la terapia. Pues bien: hace cuatro años Daniel se puso furioso conmigo en su foro público porque yo había dicho que me molestaba ver, en la calle, a dos hombres feos besándose. Fue la única ocasión en que, a lo largo de más de un año, Mackler se enojó de ese modo.

Luego los participantes del foro nos percatamos que Daniel era homosexual. Siguiendo el ejemplo de arriba que nos ofrece Masson imaginemos que, ignorando este dato, yo hubiera ido a una de las sesiones de este “fan” de Miller (con comillas porque Miller no sólo albergaba dudas sobre la pertinencia de la terapia, sino que consideraba patológico al homosexualismo). Imaginemos que, el día en que fuera a su consulta yo hubiera visto a uno de esos neandertalescos neoyorquinos besándose en la calle y que, al llegar a la consulta de Mackler, le notificara mi disgusto por lo presenciado.

Mis sentimientos podrían haber llevado la terapia a un fin abrupto. Si en plena sesión Daniel se hubiera encabritado como lo hizo en su foro, habría pensado no sólo que Mackler era probablemente homo, sino que semejante “terapeuta” estaría de entrada condenado a no entender la repulsión que siento por esas prácticas públicas. (Los únicos homosexuales cuya conducta considero sana son quienes se enamoran de efebos andróginos. Pensemos, por ejemplo, en la escultura romana de Cástor y Pólux en el Museo del Prado en Madrid. Pero Mackler no era andrógino sino un treintón cuando se encabronó conmigo.)

Pero aún sin enojarse habría terminado de ir a la terapia si, como lo hacen muchos de sus colegas, Daniel se hubiera tragado su encono a fin de no poner en riesgo una de sus fuentes de ingresos. En subsecuentes sesiones habría detectado que algo extraño había pasado en su mente dado que la falta de simpatía hacia mí habría sido notoria. Eso habría marcado el inicio del fin de las sesiones, especialmente al percibir cómo Mackler jamás empatizaría conmigo respecto a mis quejas sobre los promiscuos gays—odio esa palabra y rara vez la uso—que en su ciudad se infectan de sida casi a diario.

Otro caso análogo que me viene a la mente es el de una sicoanalista lacaniana que conocí en México. A diferencia de Daniel Mackler, a quien nunca conocí personalmente, a Jenny Pavisic la traté fuera de su consulta privada.

Cierta vez Pavisic me dijo que El Salvador tenía un significado muy profundo para ella. Habría que ver a Pavisic con todos sus ademanes y gestos faciales señalando su corazón para entender la fe de esa señora ante semejante país.

Ahora bien, desde niño he sentido una fobia extrema hacia la parte mestiza-india de Latinoamérica en general y de México en particular; quizá debido a presenciar cómo una marabunta de millones de indios mestizos destruyó mis otrora pacíficas colonias Del Valle y Narvarte (por cierto, tiempo después de mi edad dorada la Pavisic emigraría de su Bolivia natal para vivir, ya adulta, en la Narvarte).

El caso Jenny es idéntico a los de arriba, algo que llamo otredad antitética.

Imaginemos que, sin conocer a la Pavisic personalmente, el César del primer lustro de los años noventa, cuando la traté, hubiera caído a su consulta y, al hablar de los horrores que había sufrido en la gran metrópoli, tocara el tema de lo que siento sobre “la marabunta de neandertales”, de la cual El Salvador es obvio paradigma.

No es necesario reelaborar el mismo escenario hipotético de los casos anteriores. Es fácil imaginar qué habría pasado. A lo que quiero llegar es que, en muchos aspectos vitales—escala de valores morales, gustos artísticos, religiones versus concepciones seculares de la vida, apreciaciones antiestéticas en desviados sexuales, etcétera—los seres humanos nos encontramos alejados unos de los otros, a veces hasta las mismas antípodas de nuestros vecinos, compañeros de trabajo y terapeutas.

Si escogemos a nuestros amigos es precisamente porque son nuestros afines. En lo que respecta a la más profunda amistad, cierta vez me dijo Paulina que el verdadero amigo era alguien “con quien puedes pensar en voz alta”. Pues bien, a diferencia de mis amigos, de los terapeutas que he conocido—Giuseppe Amara, Leonardo Santarelli (padre), Miguel Krassoievitch, un judío llamado Israel quien molestó sexualmente a su gentil hijastra, Moisés Rosanes, Aniceto Aramoni, Juan de Dios Hernández, Ramón Corral, Salvador Millán, Fernando Massa, Carlos García, Jenny Pavisic, Héctor Escobar y su esposa Solbein, Angélica Enríquez, Daniel Mackler, una monja que estudió sicología que vive a un par de cuadras de la casa de mis padres, y finalmente Luis Cuevas y su hermana Mónica—jamás pude hablar en voz alta sin sentirme traicionado.

Menciono esto por algo que sucedió durante la sesión anterior a la que Luis Cuevas me dijera las más grotescas idioteces frente a mi madre. En esa previa sesión yo había lanzado una fogosa diatriba en contra del nacionalismo mexicano de mi padre; nacionalismo que me condenó a México, una diatriba en contra de la “raza profunda” como le llama a la indiada. Mi suposición es que ese desplante racial ocasionó un saldo en la mente de Luis, manifiesto en la siguiente sesión. Claro está: Luis nunca había sido un verdadero amigo. En cambio, cuando nos vemos en un café que por cierto queda muy cerca de la consulta de Luis, a un tal Miguel Martínez Ferreiro le ha fascinado mi diatriba contra la raza que destruyó nuestra otrora querida Ciudad de México.

Dicho de otra manera: la simpatía y empatía verdaderas con los terapeutas que conocí, algunos dentro y otros fuera de su consulta, nunca existió. Mi amistad con Paulina y Miguel, por más distintos que seamos los tres entre sí, ha sido genuina. Sólo quien nos escucha con agrado, y sin cobrarnos, es capaz de entendernos.

Una irracional fobia hacia mi repulsa por los nacos en México (véase lo que digo sobre la sicóloga Angélica Enríquez en el tercer libro de mis Hojas) o por los más vulgares sodomitas, elimina de raíz cualquier comunicación con Angélica o Daniel por el simple hecho de que, de continuar, la amistad (o “terapia” en mi escenario hipotético) se habría convertido en guerra ideológica de filias y fobias entre dos mentes irreconciliables. Cierto: he podido comunicar mis pasiones con mis verdaderos amigos, con mis semejantes; pero por razones obvias es imposible comunicarlas con mis enemigos y mis antípodas.

Es irreal imaginar que Jenny, Angélica, Daniel, y como veremos Luis Cuevas, pudieran haberme ayudado tomando en cuenta que, en aspectos demasiado fundamentales, vivimos en el polo opuesto del planeta. Piénsese una vez más en los honestos diarios de Ferenczi. ¿Cómo ayudar a un cliente por quien el terapeuta siente enorme repulsión? Yo invertiría la pregunta. ¿Cómo ir a la consulta de un sujeto por quien yo siento una repulsión infinita? Este dilema persistió con todo terapeuta que conocí. Cierto que los analistas racionalizan estas críticas hacia su profesión ideando la siniestra doctrina de la contra-transferencia. Tal racionalización ni siquiera requiere de refutación en este lugar salvo señalar que Masson la desenmascara en Final analysis.

Lo que llamo otredad antitética invalida la terapia por el simple hecho de que todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias. Sólo tomando al terapeuta como gurú, es decir, sólo cayendo en redondo a un estado de folie à deux con su sistema, podrían las incongruencias inherentes a la terapia no ser tan aparentes.

Published in: on December 29, 2014 at 5:44 pm  Comments (1)  

The URI to TrackBack this entry is: https://cienciologia.wordpress.com/2014/12/29/5/trackback/

RSS feed for comments on this post.

One CommentLeave a comment

  1. Reblogged this on Aussiedlerbetreuung und Behinderten – Fragen.


Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: