El último idiota, 4

idiotic freud 
¿Existe la sicoterapia?

Los siquiatras desprecian a los sicólogos. Éstos a su vez desprecian a los sicoanalistas: quienes ocasionalmente se han rebelado en contra de la siquiatría biológica.

Este hecho, y muchos otros como veremos, me mueve a creer que la llamada sicoterapia que practica toda esta gente… ni siquiera existe. A mi modo de ver, la palabra “terapia” es ya una trampa semántica pues precisamente sugiere que, a pesar de sus enormes diferencias internas, las más diversas y mutuamente exclusivas escuelas de “salud mental” son, por definición, “terapéuticas”: todas “curan” el alma humana.

Como veremos en las entradas finales de esta serie sobre “El último idiota”, la terapia no sólo no existe, sino no puede existir. Lo que existe es una multifacética profesión fraudulenta que hace su modus vivendi presentándose al público con una palabra que anestesia nuestro entendimiento, “sicoterapia”. Y respecto al público en sí, existen millones de ingenuos que creen que la sicoterapia es algo tan real y legítimo como la terapia médica.

Es increíble cuánto tarda la mente humana en despertar de una matriz ideológica. En mi muy personal caso llegué a la conclusión de arriba gracias a dos libritos de Tom Szasz, El mito de la psicoterapia, traducido al español en México por Ediciones Coyoacán, y Anti-Freud. A pesar de haber leído también los mejores libros de Jeffrey Masson, en los cuales Masson pone a la terapia como un simple culto o secta (uno ellos se titula Against therapy), tardé años en digerir las implicaciones del legado de Szasz, posiblemente el siquiatra más leído y traducido del mundo.

Aunque estoy en desacuerdo con la postura totalizante de Szasz sobre lo que él llama el Estado Terapéutico (yo creo que el problema central del mundo actual es más bien el zeitgeist antioccidental del que hablo en The West’s Darkest Hour), en esta entrada usaré el modelo szasziano haciendo uso de la metáfora de una película de ciencia-ficción, Matrix.

Imaginemos al Arquitecto de la película diciéndole a Neo que, en lo que se refiere a la ciber-prisión, ha habido no una sino varias matrices en la historia de engaño virtual a la humanidad. Nos es fácil poner en evidencia a las matrices difuntas donde la gente de épocas pretéritas ha dormido (imaginemos el autosacrificio en tiempos precolombinos), o las matrices que están muriendo (como el cristianismo). Sin embargo, salvo el Elegido ha sido prácticamente imposible desenchufarse de la matriz en turno.

Un mexica de hace quinientos años no entendería que un hipotético disidente indio le dijera que jamás trataría de curarse una enfermedad con el médico brujo de un barrio de Tenochtitlan, dado que nuestro disidente no cree en la existencia de los dioses del panteón azteca. El mexica común eludiría semejante ateísmo como algo inconcebible, y le diría al incrédulo que, si bien concede que las abluciones lacustres en favor a Tláloc no lo curaron de su mal dermatológico, quizá una ablución en la fuente en honor a Tezcatlipoca haría el truco. Si nuestro hipotético disidente persistiera en su ateísmo, el mexica le respondería que está dispuesto a aceptar sus reservas respecto a un dios o curandero específicos, pero rechazar en bloque toda la religión de sus ancestros es algo “muy exagerado”.

Menciono esta frase porque he sabido que, cuando solía dar conferencias en la Secretaría de Educación Pública de la Ciudad de México diciendo que la siquiatría—toda la siquiatría—era seudocientífica, a mis espaldas un conocido de la familia comentó precisamente eso, que yo era “muy exagerado”.

Entiéndaseme bien. Cualquier pelafustán es capaz de entender que un siquiatra corrupto se alíe con, digamos, un marido represor para internar a su esposa cuerda. Hay películas sobre estos temas. Infinitamente más difícil es concebir qué es una seudociencia avalada por la sociedad dado que ello implicaría poseer conocimientos filosóficos para distinguir entre ciencia verdadera y falsa (cf. mi artículo Por qué la siquiatría es una falsa ciencia). En mis escritos pongo en tela de juicio la metanarrativa de la sociedad actual, y eso es algo que la sociedad no me va a tolerar jamás (al menos no en un futuro cercano). Análogamente, que yo sepa ningún azteca cuestionó la cosmovisión de su época antes de la conquista española.

Imaginemos, ahora, a un novohispano de hace trescientos años que dijera que no cree en la cura de almas ofrecida por la iglesia. Análogamente al mexica de antaño, sus amigos le dirían que, si bien están de acuerdo en que a los dominicos a veces se les pasa la mano en su celo inquisitorial, si escogiera a un asesor espiritual de una orden religiosa más tranquila, digamos a un franciscano, encontraría el consejo tan buscado.

La misma situación. Al igual que el mexica con su panteón azteca, para la gente de Nueva España la verdad de la religión católica era cosa tan obvia como la salida del sol por las mañanas. Cuestionar toda la metanarrativa de la iglesia no sólo habría sido inconcebible en tiempos de los virreyes, sino peligrosa herejía. Lo que el (hipotético) disidente del sistema habría estado tratando de transmitir es que no cree que los remedios espirituales que ofrece la sociedad virreinal, ningún remedio de hecho, le pudiera servir para su problema espiritual.

Que yo sepa, ningún residente de Nueva España dejó registro autobiográfico sobre una disidencia de tal magnitud. Como el mexica imaginado, todo novohispano dormía en la matriz de su época.

Ahora pensemos en el siglo XXI. Para Szasz la cultura actual es “terapéutica” en sentido curanderista de ver a los problemas de la vida como algo que no son y nunca fueron: problemas “mentales” de “pacientes” que requieren de la asesoría “terapéutica” de un “profesional”. ¡Cada palabra es una trampa semántica! A veces Szasz parece sugerir, como Masson lo dice abiertamente, que toda sicoterapia contemporánea—toda sin excepción—es cura tan espuria como la ablución de un amerindio en el río Lerma en el siglo XIV. O la del devoto rezo de un criollo con rosario, resultado del consejo del dominico del siglo XVII a fin de, digamos, ahuyentar los demonios de su lujuria.

Ahora bien, a menos que un individuo dé un salto a una dimensión intrapsíquica superior, es tan difícil para el hombre contemporáneo ver las religiones seculares de nuestra época como para un indio o un novohispano lo era ver el carácter esencialmente mítico de su religión. En otras palabras, el hecho de que nos encontremos en una nueva matriz—una Matrix terapéutica diría Szasz—no significa necesariamente que, a diferencia de las previas matrices o mitos, el nuevo discurso terapéutico tenga base en la realidad.

*   *   *

Un quinquenio de estudio intensivo me llevó entender lo que digo arriba; cinco años para desenchufarme de la matriz de los siglos XX y XXI. Inicié el proceso del “salto a una dimensión intrapsíquica superior” el año de 1998, a raíz de un curso de un año sobre salud mental en Manchester, y lo culminé en 2003 cuando había asimilado el mensaje de Alice Miller.

Naturalmente, no espero que el lector casual vaya a desenchufarse de Matrix al leer una sola entrada. Pero de él depende el escoger o no la píldora roja.

Published in: on December 29, 2014 at 5:46 pm  Leave a Comment  

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