El último idiota, 3

idiotic freud 
Antecedentes

Antes de pasar a cómo Luis Cuevas me humilló con locuras suyas, debo mencionar sus pecados veniales. Tiene relevancia hacerlo puesto que, a lo largo de los años en que lo traté, Luis había dado visos no amistosos conmigo, los cuales pasé por alto en aras a mantener una amistad sobre el legado de Miller.

Pues bien: cierta vez Luis me hirió diciéndome que, según la opinión de un literato amigo suyo, debía cambiarle los nombres propios a mi libro Como asesinar el alma de tu hijo para que fuera publicable. Si se recuerda cómo me sentí ante Teresa Moreno y Carlos García años antes, quienes me dieron idéntico consejo, se comprenderá mejor la burrada de Luis al sugerirme eso. (Imagínense sugerirle a Solyenitsin que, para hacer su Archipiélago publicable en la Unión Soviética, haría bien en cambiarle los nombres propios a los perpetradores.) Pasé por alto este aparentemente inocente improperio. Pero el mismo muestra qué alejado estaba Luis de mí al aconsejarme eso, a pesar de que había leído los primeros dos libros de mi serie.

Y hablando del segundo de mis libros. Tiempo después de que lo leyó, cierta ocasión en que estábamos en el antiguo Café Gandhi con un tal Fara, me quedé atónito cuando Luis mencionó a Darwin y a Freud como figuras incuestionables en sus respectivos campos de trabajo. Atónito me quedé pues, ahora me resulta obvio, o no leyó Como asesinar el alma de tu hijo o lo leyó pasándoselo de noche.

Entiéndaseme bien. Yo no pido que mis lectores crean lo que escribo. El insulto estriba en que, habiendo desenmascarado a Freud en Como asesinar, y habiendo mostrado en ese libro cómo el sicoanálisis destruyó mi vida adolescente, Luis le hiciera ese comentario casual a Fara estando yo enfrente.

¡Ah…! Y hablando de esa ocasión en el Café Gandhi, sucedió algo que es menesteroso mencionar. Figúrense nomás mis queridos lectores. Yo había sido quien llegó primero a la Gandhi y se sentó en la mesa. Cuando Luis llegó, lo invité a sentarse (Luis iba a la Gandhi a jugar ajedrez en tiempos en que yo ya había abandonado el vicio). Mi objetivo no era platicar de nimiedades sino hablar de temas profundos; digamos, el saldo que ocasiona en el hijo el maltrato en el hogar. En una de esas llegó Fara, un jugador de ajedrez que tiene fama de peleonero al grado de haber llegado a la Gandhi y a los torneos de ajedrez con moretones por los trancazos que le habían dado. Pues bien: aunque era mi mesa, Fara se sentó sin preguntar. Dado que el discurso de Fara y los ajedrecistas de la Gandhi era siempre soft talk, en lugar de mi hard talk, y dado además que Fara se había sentado sin mi permiso, esperé a que Luis lo ignorara y continuara la conversación conmigo.

Hizo lo diametralmente opuesto. ¡Se puso a platicar de nimiedades con Fara ignorándome por completo!

En aquel tiempo aún no recuperaba mi autoestima al grado en que la he recuperado hoy día. Si eso me pasara en la actualidad con un “amigo”, inmediatamente me daría cuenta que sólo era amigo en mi imaginación. Me levantaría sin decirles media palabra, pagaría mi café y no volvería a la Gandhi jamás. Pero en aquel entonces aún estaba, hasta cierto punto, dañado por lo que me habían hecho mis padres y consentí la situación.

El colmo fue que, cuando en esa misma mesa yo mostré mis desacuerdos con Fara sobre un tema que ya no recuerdo (¿política? ¿parasicología?), Fara se puso como un energúmeno. Entonces pensé que, ahora sí, Luis iba a intervenir de algún modo. Pero se quedó calladito. Calladito como un ratón mientras el autoinvitado a mi mesa me ofendía a pesar de, en mi desesperación, haberme dirigido a Luis preguntándole qué opinaba de ello, quien jamás me defendió de la actitud broncona de Fara.

Ahora sí, me levanté y me fui.

Lo golosinesco del asunto es que, cuando una semana después me reencontré con Luis, éste no trató de disculparse de su abyecta pasividad, sólo habló del carácter pendenciero de Fara.

Así que, una vez más, el César no completamente sanado que fui le perdonó esta otra al amigo Luis. Pero hay más…

Se supone que el terapeuta está más sano que su cliente ¿no? Pues bien: Luis fuma y aún padece residuos de su previa conducta alcohólica (el alcoholismo era su coco antes de que Luis hiciera su trabajo en RC). Cierta vez invité a Luis al Starbucks que se encuentra a una cuadra de su consulta. Estábamos cómodos en el interior alfombrado del café cuando Luis me sugirió que nos fuéramos a las bancas exteriores dados sus enormes deseos de fumar. No sólo es una falta de respeto fumar enfrente de un no fumador, sino que, ya estando afuera, la llovizna me mojaba la espalda (a Luis la llovizna no le pegaba). Tuve que sacar el paraguas para que, cubriéndome la espalda, pudiera seguir hablando con el amigo Luis…

Una vez más: aquí se muestra que el César de hace algunos cuantos años aún no recuperaba su autoestima original. Actualmente mandaría a la goma a cualquier “amigo” que de manera egoísta quisiera sacrificarme de ese modo sólo para consentir su vicio; me habría quedado en el interior del Starbucks.

Hay otras anécdotas sobre pecados veniales que podría contar sobre Luis, por ejemplo su torpe partidismo ante Saddam Hussein; su feminismo (una vez dijo que las mujeres eran esclavas que “lavan los calzones cagados de sus maridos”—confiérase lo que digo del feminismo en mi blog en inglés), o su atascamiento en el juego del ajedrez en lugar de buscar comunicar sus hallazgos sobre el maltrato a la infancia.

Published in: on December 29, 2014 at 5:48 pm  Leave a Comment  

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