El último idiota, 15

idiotic freud
“¿Qué podemos hacer para que por fin digas ¡ya!?” me dijo el último idiota en la última sesión de su consulta con mi madre. “¡Ya quedó saldado! ¡Ya quedó saldada la historia!”

Figúrense nomás mis queridos lectores. En las previas sesiones mi madre no reconoció un ápice de culpa sobre la tortura emocional que ella y mi padre nos infligieron a los tres mayores, tortura que destruyó tres vidas (en mi caso también fue tortura física, como confesé en Cómo asesinar el alma de tu hijo). Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que Luis Cuevas ni siquiera captó que mi iniciativa de intentar comunicarme con mi madre no había sido para confrontarla con el pasado distante—fue mi madre quien abordó ese tema de entrada—, sino sobre la acuciante situación de no ir a dar a una habitación de mala muerte después de mi catástrofe en España.

Gracias al registro de mi mini-grabadora puedo recapitular lo acontecido en esa última sesión de hace un año. En tal sesión el último idiota dijo que en las previas sesiones había habido comunicación entre mi madre y yo sobre el tema de la herencia, cuando en realidad yo sabía previamente todo lo que, en sesión, había dicho mi madre al respecto. (En este punto concedo que, en lugar de aclarar que lo sabía, ofuscado como andaba dije lo opuesto.)

—Tu madre tiene su visión, —me dijo el último idiota. —A lo mejor lo que tú pretenderías que ella comprendiera…

—No vinimos para eso [el pasado] —le respondí, teniendo en mente que mi intención original no había sido hablar sobre sucesos remotos, algo que el último idiota fue incapaz de comprender.

—Que tú llegaras al punto de ese: ¡Ya! ¡Se acaba esa historia!, ¡se acaba eso de demostrar que hubo tortura! —continuó diciéndome el último idiota. Y refiriéndose al empleo, añadió:

— ¿No sería a cargo tuyo en este momento empezar a crecer?

—No depende de mí —respondí ignorando el insulto, teniendo en mente que el paro laboral en la Ciudad de México obviamente me afectaba. Le dije que yo no había causado la crisis financiera de España, país de donde me había regresado recientemente. (La manera como Luis envolvió sus frases alrededor del “no crecer” daba la impresión de que hubiera querido decir que yo causaba mi propio desempleo.)

Fue entonces cuando el último idiota nos puso el ejemplo del ingeniero biomédico que, a dos puertas de su consultorio, había tenido éxito vendiendo magnetos alegadamente terapéuticos.

Me limité a refutar el dislate alegando que, en el pasado, yo había invertido años en una secta (de la que he hablado en otro lugar). Pero que, debido a mi honestidad, cuando me percaté que era fraude interrumpí la carrera charlatana, quedándome una vez más en la marginación.

—Yo lo que quise ilustrar es que sí se puede —contestó el último idiota según registró mi grabadorcita. Luego añadió:

—Un amigo mío hizo carrera trabajando taxi —y luego contó aquello que dije en la entrada anterior: que a Luis mismo le habían “levantado la canasta” de joven y tuvo que pagarse la universidad. Luego el último idiota volvió a escupirme un gargajo en la cara:

—Yo he leído a Alice Miller. Pero hay otra parte: la parte del niño que no crece…

—¡No!

—¿Entonces ¿dónde está la movilidad? preguntó el último idiota. —Yo no veo esa movilidad.

Vean, véanlo ustedes, mis queridos lectores… Vean cómo es cierto que, cual Carlos Díaz, quien creía que él causó el tsunami, los terapeutas creen que sus clientes causan el desempleo de las naciones.

Pero aún así me esforcé en no responder gargajo tan inmundo con un puñetazo en la cara que le rompiera la nariz, que es lo que en verdad merecía. Conteniéndome, le respondí lo obvio: que el poder adquisitivo del peso en previas épocas era sideralmente distinto y, según registró mi grabadorcita, me quejé de “echarle la culpa a la víctima de la situación del país”.

Fue entonces cuando el último idiota salió con eso que conté en la previa entrada de su despertador a las 6:00 a.m. Según manifestó, lo hizo porque estaba en “la joda” de perseguir el dinero como todo mundo.

Para esas alturas—¡y para amolar enfrente de mi madre!—estaba tan ofuscado que no entendí cabalmente lo que sucedía. ¡El último idiota estaba plegándose al sistema social en contra de su amigo! Luis, quien presumía haber leído a Alice Miller, se estaba comportando como el vocero de mi madre. Yo no sé cómo aguanté sin romperle la nariz al último idiota, pero según el registro audiofónico le respondí calmadamente:

—Sí, debo trabajar. Lo que no es cierto es que las oportunidades están ahí.

Luego mi madre metió su cuchara para decir que yo estaba inmaduro. Le respondí que en Estados Unidos siempre había sido cien por ciento independiente (implicando que mi situación laboral actual se debía básicamente a la deportación). Luego el último idiota me dijo:

—Tu madre suelta información que es interesante. ¿No sería bueno que en x años fuera inversa la situación, que tú madre dependiera de ti?

Mi madre volvió a intervenir y habló de cuestiones paralelas al tema de discusión. Luego, sin que yo hubiera dicho nada, añadió: “¡Ya César, ya!” refiriéndose al pasado.

Les expliqué lo que no entendían. Que no había concertado las citas con Luis para hablar del pasado, sino para que no fuera a parar al lugar de mala muerte al que mi madre quería enviarme.

Una nota aclaratoria es pertinente aquí. Cuando planeé el regreso de la España en bancarrota, mi idea no era quedarme en la casa de mis padres sino en la casa de enfrente, donde viven mis hermanas y mi sobrinito (no al cuartucho paupérrimo sin muebles del que he hablado antes). Respecto al desempleo, en sesión les puse la anécdota de que cada vez que me subo a los taxis les pregunto cuánto ganan a ver si me convendría trabajar de eso. Descubrí que, a menos que uno sea el dueño de un automóvil, los salarios para los empleados son tan miserables que, a diferencia del amigo de Luis que trabajó en taxi hace cuarenta años, un trabajo de taxista actual no me permitiría ahorrar de cinco a diez mil dólares para emigrar. Fui muy claro en eso: un trabajo real era lo que necesitaba “No es que yo sea un eterno bebé” registró la grabadora aludiendo a los previos insultos de Luis sobre un supuesto Hámlet que no quiere crecer.

Luis salió conque no se acordaba que aquello que dije sobre no ir a dar a una pocilga fuera de la propiedad familiar era el motivo de las citas. Luego mi madre intervino y por fin concedió que (¡teniendo su mansión de dos casas; un montón de sirvientes, tres pianos, tres coches, una camioneta y un chofer además de su escuela en una zona privilegiada!) me había querido enviar a un lugar “muy rascuacho” según la frase que ella misma usó. El último idiota comentó:

—Lo que se ha insistido en sesiones previas es que esto se convierta en acciones.

Y una vez más Luis me sermoneó sobre la herencia; que me iba a tocar al sexta parte. Echó un largo, largo rollo sobre ello. Lo que el último idiota no acababa de entender es que, así como ahora yo no estaba interesado en discutir sobre el pasado remoto, tampoco estaba interesado en cuestiones del futuro lejano. Mi madre podría tardar más de veinte años en morir, y mi dilema de aquellos días era la vivienda más elemental después mi catástrofe financiera de España. No me refería a pedirle dinero a mi madre, que no lo hacía, sino a pensar cómo cruzar de nuevo la frontera en lugar de estancarme en lugar “tan rascuacho” como mi misma madre había concedido.

Luego el último idiota continuó poniéndose de parte de mi madre en asuntos de la escuela de mi madre: un negocio del que yo no recibo ingresos por la simple razón de que mi madre no me da empleo allí ni como mozo.

No viene al caso mencionar las tarugadas que me dijo Luis sobre esa escuela. Pero quizá vale decir que mi madre intervino para decir que yo era incompetente para trabajar en su negocio. Le respondí que ninguno de mis empleadores en Estados Unidos habían dicho eso de mí. Luego mi madre habló un buen rato, y en una de esas dijo que yo no iba a quedarme a cargo del negocio familiar cuando ella ya no pudiera trabajar allí (aunque soy el primogénito).

Después el último idiota dijo que ya estaba claro lo de la herencia y que yo cesara de molestar más con el asunto de la escuela de música de mi madre. Yo estaba tan ofuscado por la mancuerna que el “amigo” había hecho con mi madre que disocié lo que estaba pasando. No fue sino hasta un año después que escuché el contenido de la grabación audiofónica que me percaté que mi madre había hecho un gran teatro. En aquella sesión mi madre luego se hizo la mártir: arte dramático en el que, en conflictos con sus hijos, ha sido una virtuosa a lo largo de las décadas para ganarse la opinión ajena. Ya habían pasado casi dos horas en la consulta de Luis cuando llegamos a este punto. Luego mi madre dijo que quería que la próxima sesión, después de las vacaciones que Luis se iba a tomar, fuera la última. “¡Ya, ya!” nos dijo.

Pero la siguiente cita nunca se concertó.

Published in: on December 29, 2014 at 5:31 pm  Leave a Comment  

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