El último idiota, 14

idiotic freud 
De no haber sido porque grabé la sesión del 4 de diciembre del año pasado no habría escrito esta serie de entradas.

Es curioso cómo funciona la mente. Es cierto que esa sesión con Luis me había dejado furioso. Tan furioso que elaboré, en algunas de mis salidas peripatéticas, soliloquios respondiendo las estupideces que me había dicho. Pero la mente tiende a perdonar si uno no posee una auténtica autoestima.

No es que en mis soliloquios haya perdonado a Luis. Pero como hace unos meses una de mis hermanas fue a su consulta precisamente por otro problema familiar con nuestra madre (aunque esta vez a solas con Luis), traté de ignorar lo ocurrido el año pasado y le hablé por teléfono para concertar una cita con mi hermana. Aún así, no fue sino hasta hará una semana que me atreví a escuchar, en mi minigrabadora, la sesión final del 4 de diciembre del 2009 conmigo. Me percaté que mis resentimientos de antaño hacia Luis estuvieron más que atinados. El contenido audiofónico era evidencia fehaciente de que los sentimientos heridos hacia Luis tuvieron una causa muy real. Ni mi madre ni Luis sabían que había llevado una grabadorcita oculta, en forma de celular. Ahora esa grabación es mi testigo de que lo que digo en estas últimas entradas no fue distorsionado por mi memoria.


La falacia del paradigma

El argumento que usó Luis para justificar su gargajo es algo que denomino “la falacia del paradigma”. Advierto que ésta no es una falacia lógica, sino lo que podríamos llamar una falacia psicológica.

Me explico. Imaginemos que a María, hija de una familia tradicional de españoles en los años treinta, de visita a Tailandia le robaran sus pertenencias, incluyendo el pasaporte. Imaginemos que, debido a la guerra civil en su país no hubiera manera de comunicarse con la península para que le sufragaran el regreso. Tampoco puede trabajar en Tailandia para ahorrar para su pasaje debido a la enorme barrera lingüística y cultural. ¿Qué sentiría si un español republicano radicado en Bangkok le dijera que, dado que es común en la cultura nativa que las tailandesas se prostituyan con extranjeros, María debiera hacerlo por igual?

La falacia del paradigma consiste en usar la estructura psíquica de las tailandesas para juzgar a una mente fundamentalmente distinta, una mente en que no se justifica semejante trabajo. Decirle a María que simplemente tiene que acatarse a las circunstancias socioculturales de Bangkok—esto es: que tiene que tolerar sin estrés o repulsión lo que hacen las nativas—es una ofensa mortal.

La analogía me sirve de maravilla para entender las ofensas de Luis. Había sido Luis, a fin de cuentas, quien sacó a colación el tema de mi desempleo en lo que, según él y mi madre, iba a ser tema central en las sesiones finales y conclusivas respecto a mis intentos de comunicación familiar.

En esa sesión del 4 de diciembre Luis intentó refutar mi defensa, lo que yo decía sobre el desempleo en México, aludiendo al consultorio del médico vecino. Que a su vecino le iba tan mal que, estando a un tris de la bancarrota, tomó un curso de terapia alternativa y que, gracias a ello, incrementó sustancialmente su clientela. La moraleja de la historia de Luis era que las oportunidades económicas siempre están ahí, en Latinoamérica, para quien las busca. Contrástese esto con lo que dije en mi entrada anterior sobre el cubano que pudo haberse quedado en altamar, o los mexicanos que mueren en el desierto en busca de oportunidades reales. Pero muy aparte de eso, lo que Luis ignoraba con su ejemplo es que: (1) a diferencia de mí, su vecino ya tenía un capital gracias a su previo negocio y, (2) Luis también ignoraba que yo era un absoluto escéptico del New Age, lo paranormal y la terapia alternativa.

A finales de 1989, gracias a una visita a México del grupo más organizado de escépticos, comencé a leer libros que refutaban los alegatos paranormales, incluyendo las terapias alternativas o milagrosas. También me suscribí a su revista, The Skeptical Inquirer. Cuando inicié mis lecturas de estos escépticos yo era un completo crédulo en la existencia de lo paranormal. En un par de años de leerlos me volví agnóstico. Y a partir de 1995, cuando incluso The Skeptical Inquirer me publicó un artículo sobre un caso que investigué, terminé tomando bando por el escepticismo.

Nada sabía Luis de esta trayectoria en mi evolución intelectual. Nada… Aunque no tan grotesco como el caso de María, el ejemplo que puso ejemplifica qué entiendo por la falacia del paradigma. Ponerle a un duro escéptico el caso de un curandero como paradigma a seguir es casi tan estúpido como el consejo prostituyente del español republicano a la muy católica María. Las falacias psicológicas confunden una mente con otra.


La falacia de la extensión ontológica

Íntimamente ligado a la falacia del paradigma está lo que llamo “la falacia de la extensión o extrapolación ontológica”. Ambas falacias representan la etiología básica de los ubicuos quebrantos mentales que sufren tanto los terapeutas como gran parte de la gente acomodada cuando un marginado social los confronta.

En la fatídica sesión de diciembre, Luis, haciéndose eco de las admoniciones de mi madre, puso otro ejemplo en sus intentos de refutar mis razones: ¡él mismo!

Dijo Luis que a él no le habían pagado carrera sino que de joven se había subvencionado sus estudios médicos. También dijo en sesión que se había tenido que levantar a las 6:00 a.m. por un asunto de papeleo burocrático. La implicación tácita de este par de ejemplos era evaluarme a mí como una suerte de huevón, como les decimos en México vulgarmente a quienes no quieren trabajar.

Este otro gargajo que Luis me echó a la cara fue fácil de refutar. No sólo había trabajado en los empleos más humildes en Estados Unidos—incluyendo cuidar a un tetraplégico por quince días, con el asco que eso implica—, sino que enfrente de mi madre le dije que, en 1973 y 1974—antes de las terribles devaluaciones del peso mexicano en 1976, 1982 y 1994 así como la recesión de 2008 que aún no termina—jamás me faltó trabajo en las vacaciones escolares en México. También le dije a Luis y a mi madre que ya quisiera, a mi avanzada edad, obtener uno de los trabajillos de mis quince años, antes de que la economía colapsara. La falacia de Luis estriba en “extrapolar” el pasado de Luis de los años sesenta al César de la primera década del nuevo siglo. Cualquier hombre de la calle podría entender que el México en crisis no es el México en plena bonanza de los años en que Luis se pagó sus estudios.

Podemos imaginar casos más grotescos que ejemplifican mucho mejor esta falacia psicológica. Imaginemos a un vulgar sodomita que quiere seducir a un heterosexual alegando que el hetero debe tener tendencias homo reprimidas. Este caso ejemplificaría mejor qué es la falacia de la extensión ontológica. Si uno de estos tipos nos hicieran una propuesta indecorosa y no entendiera a la primera, segunda o tercera negativa, sería obvio que el pobre diablo está “extrapolando” su ontología sobre nosotros.

En otras palabras, no hay manera de convencer al egotista de que el sistema mental en el que vive no es el sistema mental en que vive el Otro. Si recordamos mi cita del Madariaga sobre Hámlet, se ve claro ahora que muchas veces los egotistas no son los jóvenes, como el adolescente Hámlet. Son los más viejos quienes no se aguantan las ganas de extrapolar sus mentes, filias y fobias sobre los más jóvenes a pesar de que las circunstancias hayan cambiado radicalmente.

Me atrevo a decir que la mayoría de los malentendidos e incomunicación entre humanos se deben a estas dos falacias psicológicas. Por su trato hacia mí se desprende que Luis Cuevas comete ambas falacias en su trato con los otros.

Published in: on December 29, 2014 at 5:33 pm  Leave a Comment  

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