El último idiota, 13

idiotic freud 
Hojas eliminadas son básicamente mis confesiones personales. En mi Blog de Chechar, en cambio, hablo del mundo. Por cierto, acabo de subir otra entrada a ese último blog; esta vez, sobre la psicoclase infanticida de Nueva Guinea.

He explicado a fondo el concepto de psicoclases en mi cuarto libro y lo único que quiero hacer aquí es ilustrarlo con un caso concreto que conozco.

Además del clash entre civilizaciones, las diversas psicoclases coexisten en nuestros vecindarios. Un caso de pensamiento paleológico contemporáneo es el de mi ex vecino Carlos Díaz Jasso, quien por decenios ha vivido en la colonia de mi infancia: la misma donde Luis Cuevas tiene su consulta. Diagnosticado de esquizofrénico y bipolar, su madre lo había acosado inmisericordemente de chico. El pobre amigo introyectó tanto la calumnia maternal de que él, Carlos, era el mal del universo que durante el tsunami de diciembre de 2004, que cobró un cuarto de millón de víctimas, me dijo en privado que… ¡a veces creía que él, Carlos, lo había ocasionado!

¿Cómo entender semejante delirio? Según me enteré, Susana, la madre de Carlos con quien he hablado varias veces (Luis también la conoce), había sido rescatada a sus ocho años por sus tías. La madre de Susana solía pegarle a Susana con un fuete para caballos. El trauma demanda repetición, y esta mujer se había desquitado con su hijo a lo largo de su vida no con violencia física, sino a través de humillaciones verbales. Rafael Martínez (quien, a propósito, también conoce a Luis Cuevas) y yo tuvimos la oportunidad de presenciar una fracción infinitesimal de esos maltratos en la calle Pilares de la colonia Del Valle, donde vive Carlos. Cuando el universo del niño—su madre—le dice a éste que él es la causa de todos los problemas de la familia, se genera lo que llamo un ogro de superyó. Y si la humillación ha sido ubicua a lo largo de la infancia como fue el caso de Carlos, más tarde, ya en la vida adulta, el ogro internalizado elabora paranoias auto-culpabilizantes: como creer que acontecimientos de obvia causalidad externa son, en realidad, ocasionados por la (alegada) malcriadez del hijo.


El quebranto psicótico de Luis

La sesión final que tuve con Luis me llevará varias entradas. Aquí lo único que quiero decir es que el caso de Carlos, a quien veía diario cuando visitaba un café enfrente del Parque de los Venados, explica algo que dije en una previa entrada: que a veces los terapeutas sufren de quebrantos psicóticos instantáneos. Mi declaración debió haber parecido mera hipérbole. Pero la última sesión que tuvimos con mi madre ilustra cómo Luis tuvo, en realidad, un instantáneo quebranto tipo Carlos.

Figúrense ustedes. Cuando trabajaba en California me topé con un cubano que me contó su historia. Aferrado a una soga, había cruzado el mar del Golfo de México dentro del agua dado que, en el repletísimo bote que llevaba a otros isleños a Miami, no había lugar para él. “Si te sueltas de la soga, te abandonamos en altamar”. Análogamente, cuando las oportunidades económicas son nulas es común que la gente arriesgue su vida en cajuelas de camiones bajo el calor del desierto, o simplemente al cruzar el desierto a pie. Muchos han muerto en el intento. En mi viaje de 2004 a Tijuana hablé con varios de estos mojados que, a pesar de continuas deportaciones, seguían arriesgando sus vidas, una y otra vez, dada la marginación en este lado de la frontera.

Muy bien. Ahora, déjenme decirles algo. Alguien como yo no está muy lejos del cubano que tuvo que aferrarse a la soga so pena de morir, o de los connacionales que temerariamente cruzan el desierto. Yo soy, válgase la expresión, un lumpen intelectual: no tengo carrera ni oficio. Mis conocimientos autodidactas sobre el trauma infantil no tienen mercado. Ni uno de los libros que he escrito ha sido publicado por las editoras. No tengo amigos empresarios, y mis padres tampoco. Todo ello explica mi actual desempleo, dado que los salarios mínimos en México son, literalmente, para esclavos.

Pues bien, ¿me podrán ustedes creer que en la sesión del 4 de diciembre de 2009, enfrente de mi madre, Luis me culpó de mi desempleo—con gran ahínco—a lo largo de la sesión?

¿Por qué habrá hecho eso?

Mi Cómo asesinar el alma de tu hijo contiene una suerte de subtítulo, que de haber sido publicado planeaba ostentar en la portada: un asterisco después de la palabra hijo y, abajo, una línea: “con la ayuda de un siquiatra”. Pues bien: en el primero de los capítulos de Cómo asesinar el alma de tu hijo (con la ayuda de un siquiatra) en que analizo la mente del monstruo Amara, escribí:

En la misma televisión donde apareces airando tus lúcidos comentarios se ven programas sobre nuestra hermosa megalópolis, la más grande del orbe, mostrando toda suerte de crímenes familiares. Ahora me viene a la mente la terrible imagen de un bebé que había perdido un ojo debido a los golpes de su madre. Si una de estas desdichadas criaturas aparece en los medios, concederás que es una víctima. Pero si ya crecido se le ocurre entrar a tu consultorio, crimen y víctima desaparecen.

Todo lo que dice tu paciente es un lazo infantil con los padres, un actuar afuera quizá (“acting out”); una imaginería retroactiva no sobre lo que sucedió, sino sobre cómo tu paciente lo tomó. Es miopía, una actitud victimista en el mejor de los casos y en el peor vivir en un universo paranoide; y no aceptar la interpretación del analista es “resistencia”.

La frase clave en los párrafos de arriba es: Pero si ya crecido se le ocurre entrar a tu consultorio, crimen y víctima desaparecen”. Cierto: Amara fue un verdadero criminal conmigo y Luis no. El año pasado yo ya estaba demasiado viejo como para que un idiota me dañara. Amara, en cambio, traumatizó al menor de edad que fui, introyectándole el virus mental de una falsa culpa. Luis simplemente me hizo enojar.

¿Por eso lo comparo ahora con Carlos Díaz, sólo porque estoy enojado? No. Lo comparo con “Carlitos”, como le decíamos Rafa y yo en el café, porque así como es absurdo creer que uno causa un tsunami al otro lado del mundo, es igualmente absurdo creer que uno causa el desempleo en la ciudad donde reside. Luis no me culpó del tsunami. Pero sí del desempleo. Reléase la cita de arriba contra Amara y póngase especial atención en Pero si ya crecido se le ocurre entrar a tu consultorio…”

Como dije en una previa entrada, el innegable hecho de que cada vez de que cruzo la frontera hacia el norte obtengo empleo bien remunerado, y cada vez que la vuelvo a cruzar hacia el sur me quedo sin chamba, no puede sino significar que lo que está fallando es el país de origen. Desde este ángulo mi único problema fue la deportación. Trasmutar esta realidad obvia que hasta un niño puede entender a un supuesto goce metafísico que sólo el analista puede desentrañar—“todo lo que dice tu paciente es un lazo infantil con los padres, un acting out, una actitud victimista…”—es, literalmente, volverse tan loco como Carlos. Las interpretaciones de los terapeutas en cuya consulta he entrado no sólo violentan el sentido común—el desempleo del que siempre se habla en los periódicos mexicanos es la causa obvia del paro laboral—, sino que es un gargajo en la cara: una ofensa mortal.

Y lo peor de todo es que Luis me escupió su verdoso y nauseabundo gargajo enfrente precisamente de quien, tantos años antes y a unas cuadras de su consulta, me había dejado sin carrera…

Published in: on December 29, 2014 at 5:34 pm  Leave a Comment  

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