El último idiota, 11

idiotic freud 
La lucha contra los introyectos

Dado que a ningún terapeuta se le ocurriría secuestrar a los padres para una terapia A.I., la inexorable inercia en la consulta ha sido, desde que Freud analizara a Dora en 1900, culpar a la víctima de todo lo que le sucede, incluyendo sus limitaciones económicas.

Entiéndaseme por favor. No abogo por una cómoda postura victimista. Si hay algo que admiro de Miller, a quien he tratado de imitarla en mi vida personal, es que desde que encontró la piedra en su zapato no dejó de trabajar para exponerla, hasta que murió. A diferencia de nosotros, mucha víctima se entrega a la disociación psicológica aún cuando un hermano les muestra el camino de la salvación. Por ejemplo, a mis hermanas y madre les regalé un par de libros de Miller, y el bestseller de Susan Forward Padres que odian sólo para enterarme los tiraron a la basura.

Si bien no puede haber libros en la biblioteca familiar que enfrenten a mi familia con el espejo, hace no mucho hallé allí una copia del Hámlet de Shakespeare que pertenecía a mi finado tío Julio, cuya rúbrica aparece junto con el año en que mi tío escribió “1954” en la primera hoja. La copia estaba en tan malas condiciones que la mandé encuadernar a la manera tradicional.

Viviendo en Houston, en 1996 escribí unas páginas profundas en mi diario sobre uno de mis sueños, “El sueño del sweater y el espejo” que había relacionado con mi miserable vida laboral en esa ciudad. No voy a resumir el gran contenido del sueño que me atormentó hace ya tanto tiempo. Acabo de releer el diario de marzo de 1996—justo antes de que fuera en mi coche a Dallas invitado por Colin Ross para ver a sus pacientes mujeres en su siquiátrico—, y me sorprendió la enorme cantidad de símbolos y situaciones del sueño en tanta página que anoté. Pero lo más notorio han sido mis sentimientos de culpa desde hace catorce años debido a ese sueño. Todo se debió a que, cuando era un menor de edad, el monstruo Amara había usado mis sueños para inculcarle falsas culpas al chico que fui. Sólo me enteré que otros analistas hacían lo mismo cuando leí Final analysis de Jeffrey Masson ya viviendo en Inglaterra.

Es tal la forma como uno introyecta esas falsas culpas, y cómo continúa la lucha contra los introyectos el resto de nuestras vidas que, al toparme con la versión bilingüe del Hámlet traducida y comentada con extraordinaria lucidez por Salvador de Madariaga, el sueño del sweater y el espejo volvió a salir a flote en mi mentalidad en forma de ogro de superyó, aunque con mucho menor fuerza.

Es difícil explicar qué quiero decir en esta entrada sin una explicación detallada de mi sueño en Houston. Pero explicarlo requeriría toda una serie de entradas como ésta sobre el último idota. Lo único que puedo decir es que ahora que releía mi viejo diario no dejó de sorprenderme lo laberíntico que es la mente; y cómo sólo alguien que se haya echado un clavado a lo profundo de su psique puede desentrañar cosas que a la inmensa mayoría de los mortales pasan completamente desapercibidas. Por ejemplo, cómo los sentimientos de culpa que en 2010 me despertó el libro de Madariaga—debido a un sueño de 1996—¡a su vez se debió a un “análisis” que me aplicaron en 1976!

Si recojo algunos pasajes del comentario de Madariaga que me parecieron notables es sólo porque, como se verá en una próxima entrada, el comentario resuena con la errada visión de los terapeutas que me atacaron inculcándome falsas culpas. Vale decir que, aunque mis hojas caídas sean comentario talmúdico de mis Hojas susurrantes, a su vez mis diarios íntimos representan algo así como miles de notas a pié de página en tales hojas caídas. Naturalmente, eso sólo tendría valor para mí o un futuro erudito que se aboque la ingrata tarea de desentrañar la cantidad de información que he dejado en caligrafía antigua.


Hámlet

Abajo, citas del comentario al Hámlet de Salvador de Madariaga (Editorial Sudamericana, 1949):

Lo que da a esta obra tanta fuerza evocadora es que en realidad no acontece en escena sino dentro del alma de Hámlet… El hecho [es] que a fuerza de egocentrismo Hámlet atrae a sí toda la tragedia, obligándola a fluir por las espaciosas cámaras de su alma (págs. 166s).

Hámlet sufre de la derrota que le ha infligido su tío apoderándose del trono a la muerte de su padre. ¿Por qué se lo permitió, él que era más inmediato a la Corona, más joven y no menos inteligente? A esta pregunta, Hámlet no da contestación, ni puede darla. No hace más que plantearse el problema durante toda la obra, pues esto es en realidad lo que debate consigo mismo en sus soliloquios, bajo pretexto de preguntarse por qué no venga a su padre.

Tal es el verdadero sentido del famoso soliloquio sobre ser o no ser, según él mismo lo explica en los versos que siguen inmediatamente al dilema. Luego, aceptando mentalmente la rama “no ser” del dilema, se pone a meditar sobre el suicidio, su lógica conclusión.

Lo que Hámlet está siempre cavilando es su incapacidad para hacer grandes cosas, para ser grande, para ser. A esto es a lo que no halla respuesta.

Para nosotros la respuesta es clara. Hámlet no podía verterse en la acción porque era demasiado egotista. Toda acción, aun la criminal, requiere una libertad del ser, del ego, que permita lanzarse hacia fuera. El hombre sólo puede ir a la acción desposándose, por decirlo así, con el mundo exterior; olvidándose a sí mismo por un instante para hacer de sí mismo objeto de su acción. Hámlet era incapaz de olvidarse de sí mismo; y, lejos de volcarse en el mundo exterior, obligaba al mundo exterior a verterse en su propio ser. Puesto que todo el mundo tenía que convertirse en Hámlet, a su vez Hámlet quedaba imposibilitado para hacer nada en el mundo.

Así se explican los soliloquios de Hámlet. Porque en realidad toda la obra es un soliloquio. (págs. 186s)

Aunque jamás me esgrimieron este paradigma literario en consultas, la “indecisión” de Hámlet es un buen paradigma. Jacob Bronowski, en su serie televisiva El ascenso del hombre, entendió mejor el dilema del príncipe de Dinamarca que quienes usan su figura, o figuras similares, para pendejear a sus clientes en sicoterapias. Bronowski dijo que, de adolescente, el príncipe no estaba preparado psíquicamente para asesinar a su tío; y que la tragedia estriba en que, precisamente cuando por haber pasado un tiempo por fin estuvo preparado, Hámlet tuvo también que morir.

En el caso mencionado de “terapeuta familiar” en esta serie, Luis Cuevas, éste ni siquiera se enteró lo que yo hacía con mi tiempo libre. Superando toda adolescencia à la Hámlet, cuando iba a verlo con mi madre me encontraba muy activo iniciando blogs que ahora han recibido más de un millón de visitas. Uno de los temas de mis blogs tiene que ver con un metafórico “matar al tío” en forma literaria, es decir, ajustar cuentas con él. Tales temas están vedados a la opinión pública, y en sí constituyen una actividad legítima. Mis verdaderos amigos como el mencionado Miguel y Paulina sabían de esta actividad intelectual. El idiota, en cambio, ni siquiera se enteró de mi tremenda actividad intelectual en la red—precisamente porque, en su rol de fiscal en las sesiones con mi madre, tuvo oídos sólo hacia la parte que me incriminaba.

¡Esto es típico en las profesiones de salud mental! El marginado social o familiar (mis padres jamás me pagaron carrera alguna) es, automáticamente, culpable de su marginación. Vincent Van Gogh decía: “No soy culpable que mis cuadros no se vendan”. Lo mismo digo yo: no soy culpable que los donativos que me envían quienes leen mis blogs sean tan escasos.

De haber seguido el regaño/consejo del idiota, aceptar trabajos de migajas en México, ni habría resuelto mi problema económico, ni les habría dado a ese millón de visitantes la oportunidad de enterarse de un punto de vista vedado en los medios. El Sistema se habría salido con la suya. Dicho de otro modo, los llamados terapeutas familiares no son disidentes que ayuden al hijo maltratado o marginado, sino agentes del sistema familiar.

Published in: on December 29, 2014 at 5:36 pm  Comments (1)  

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  1. El comentario abajo de la cita de Salvador de Madariaga es de 2014; el resto lo escribí hace años en otro blog (aquí).


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