En Pos de un Rey Metafórico

Prólogo

¿Pero no se comente una falta de empequeñecimiento humillante con sólo tildar de juego al ajedrez? ¿No es también una ciencia, una técnica… estéril; un pensar que no conduce a nada; una matemática que nada soluciona; un arte sin obras; una arquitectura sin sustancia? —Zweig

Cierta vez me dijo mi madre que el ex alcohólico no puede beber una gota de licor so pena de recaer en el vicio. Stefan Zweig, el gran conocedor de las almas torturadas, escribió que, aunque se haya curado, el que ha sufrido una intoxicación ajedrecística haría bien en no acercarse a ningún tablero. Pero para escribir este libro tuve que hacer el esfuerzo de acercarme a un tablero sin recaer en el vicio.

Cuando me senté a escribir me encontraba oficialmente retirado del ajedrez: el único vicio, si así puede llamársele, que he padecido en vida. Fueron las pláticas con Rafael Martínez, un viejo amigo de un parque donde jugaba ajedrez hace muchos años, lo que me motivó a confesar qué he pensado del juego desde mi retiro.

Mi objetivo al escribir es romper varios tabúes. El primer capítulo, a un nivel que podríamos considerar superficial, toca un tema poco sopesado entre ajedrecistas. Hablo de las vivencias que aquejan al jugador durante la partida: tema que abordo analizando mis emociones en algunas partidas que he jugado en torneos. Son contados los ajedrecistas, y uno de ellos es el mexicano Marcel Sisniega, quienes describen sus estados de ánimo después de las rondas. Pero comparado con Sisniega las descripciones que hago son mucho más crudas y groseras.

El segundo capítulo es iconoclasta. En pocas páginas trato de mostrar que los tratados de ajedrez son malos por no fijarse en la causa básica y fundamental de que algunos jueguen mejor que otros: el diferencial desarrollo neurológico en ciertas áreas entre personas [como dije en mi entrada anterior, en 2004 desconocía los estudios del coeficiente intelectual]. También aventuro un programa que considero útil para enfrentar las emociones no sólo en la derrota, sino para que el jugador medio entienda y acepte el nivel de la su fuerza ajedrecística.

Hasta acá me refiero a la parte luminosa, aunque a veces no tan luminosa, del juego. Pero lo que justifica el riesgo de haberme acercado a un tablero es sacar a la luz pública la parte oscura del ajedrez, o hablando con propiedad: la parte oscura de los jugadores de ajedrez (Rafael me ha señalado la diferencia entre ajedrecista, el profesional que vive del juego, y el jugador de ajedrez o aficionado común). Parece mentira que, por siglos, los comentaristas, críticos y teóricos del ajedrez hayan eludido el tema de las tragedias personales que han orillado a algunos a buscar consuelo en el juego; tragedias que han devastado la cordura de los maestros e incluso campeones mundiales. Esta obcecación ha existido desde el tratado de 1620 de Gioacchino Greco, considerado el primer profesional de ajedrez, hasta la reciente obra de Kasparov sobre sus “grandes predecesores”. El caso es que el lema inconsciente del jugador de mesa empedernido parece ser:

Elude el Conocimiento de Ti Mismo

Evita ajustar cuentas con el aguijón existencial que te hizo buscar consuelo en una actividad tan evasiva de las exigencias de la vida como el juego de ajedrez. La vida se nos ha ido a muchos jugadores en esta actividad. Emanuel Lasker, campeón del mundo de 1894 a 1921, escribió: “No importaría el tiempo que se pierde en el ajedrez si no fuera un síntoma de una enfermedad que ha llegado a nuestra cultura”. Y del jugador de ajedrez dijo: “En la vida todos somos chambones”. El mismo maestro Alejandro Báez, el mexicano erudito en ajedrez, solía decir que este juego es refugio de fracasados. Pero ya desde el siglo XVII un eclesiástico denostaba al juego en su tratado Las perfidias del ajedrez: “Es un gran dilapidador del tiempo. ¡Cuántas horas preciosas que nunca volverán he perdido pródigamente en este juego!”

Dilapidar las mejores primaveras que nos ha dado la vida es una actividad que debe investigarse. Como dijo Silvano Arieti, para entender los desajustes mentales es pertinente entender el caso más grave de desajuste: la locura. Y entre ajedrecistas es común cruzar la línea del simple vicio a la locura. En el tercer capítulo rompo con el mayor tabú no sólo en la comunidad de jugadores, sino de la humanidad en general. Hablo de la causa de los trastornos mentales y qué podemos hacer cuando un ser querido, jugador o no, sufre una crisis psicótica. El destino de Carlos Torre, el mejor ajedrecista que ha nacido en México, me sirve de paradigma para señalar lo que jamás debemos hacer cuando un familiar sufre una crisis.

Después del último capítulo dos apéndices contradictorios entre sí apostillan lo que pienso del juego.

Juan Obregón, quien me proporcionó algunos datos sobre Carlos Torre, probablemente posee el mayor número de entrevistas de gente que conoció al gran maestro mexicano. Pero sin la ayuda de Don Alfonso Ferriz, el gran amante del juego-ciencia en México, me habría sido imposible recopilar la información más relevante sobre Torre. Me apena que mis conclusiones de esa misma información que Don Alfonso Ferriz tan generosamente me proporcionó arrojen una sombra sobre esta estupenda persona que es Don Alfonso; y publico este librito no sin cierto remordimiento y sólo con el fin de sacar a la luz asuntos que seguramente contribuirán a la evolución del pensamiento humano.

Colonia Narvarte, septiembre de 2004

(corregido y actualizado posteriormente)

Published in: on November 24, 2013 at 11:52 am  Comments (1)  

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  1. En 2004 escribí un librito bajo el título En pos de un rey metafórico, el cual, si no me falla la memoria, repartí únicamente entre un par de amigos cuando existía el Café Kod Kod, localizado a contra esquina del Parque de los Venados en la Ciudad de México. Lo había dedicado a Fernando Pérez Melo, a quien había conocido en otro parque, el Parque de la Arboledas, a principios de 1982: uno de los pocos “hijos del parque” que sigo estimando. Luego subiría el librito a mi página web, ahora difunta.

    Cuando hace un par de años me enemisté con la mujer loca que pagaba mi sitio web, y luego cuando el año pasado abandoné la idea de tener una página cuya dirección delatara mi nombre real, el librito se fue con el agua sucia. No obstante, y a pesar de que he cambiado mi visión del mundo desde que lo escribí hace siete años, quisiera conservar parte del contenido de lo que vale la pena recoger.

    El caso es que la versión original de En pos de un rey metafórico contiene groseros errores. Nada sabía de la pertinencia de los estudios sobre el coeficiente intelectual. Y lo que es peor, aún no había salido de la matriz de la corrección política. Por ejemplo, como buen enchufado en el sistema judaico de valores que nos envuelve, solía denostar a los nazis. Ahora, como puede comprobarse en mi blog más concurrido, después de mis cincuenta años transvaloré muchos de mis valores, y mi odio a los nazis se metamorfoseó en amor hacia la Alemania de Hitler.


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