Capítulo  4

Dos puntos de vista opuestos

El consejo de Morphy

En su discurso del recibimiento en su honor de regreso a su país después de su ronda triunfal en Europa, Morphy declaró:

Una palabra sobre el juego en sí. El ajedrez nunca ha sido, ni jamás podrá ser, otra cosa que un recreo. No debe consentirse en detrimento de ocupaciones más serias, ni absorber los pensamientos de quienes rinden culto a su santuario, sino que habría que mantenerlo en segundo término y recluido en la esfera que le corresponde. Como simple juego, como esparcimiento tras las duras pruebas a que nos somete la vida, merece las mayores alabanzas.

Las palabras de Morphy no pueden contrastar más con el ultraprofesionalismo de los llamados “Grandes Maestros” de hoy día. Esclavizados a la rueda de molino de Caissa, día y noche estudian como si tuvieran que presentar su examen profesional al día siguiente. Estos eternos bachilleres, monjes de clausura en permanente jaque, no se dan un respiro. Cuando Ivanchuk jugaba en París lo invitaron a salir del hotel para ver la gran ciudad y sus belles femmes. “No puedo”, contestó. “Tengo que prepararme para el torneo”. Timman, otro gran maestro contemporáneo, en su intensa preparación de su match contra Karpov se percató que “la vida estaba afuera” del tablero, según sus propias palabras.

Después de su gira triunfal, Morphy, quien, a diferencia de los maestros de hoy, salía del hotel en París e iba a la ópera, se retiró del juego y no volvió a jugar con los maestros. Su sermón que cito arriba debiera grabarse en mármol en el hogar de todo aficionado de ajedrez, y me recuerda el siguiente problema:

Juegan las blancas
y abandonan
no sólo la partida
¡sino al ajedrez mismo!

Esta fue la posición de abandono de Carlos Torre en el último torneo internacional en que participó, el año de su crisis. No viene al caso hablar de los pormenores de la partida, del torneo, o de la identidad de su contrincante. El que planteo no es un problema ajedrecístico: es un problema existencial.

Torre fue incapaz de resolver el problema que le planteó la existencia porque en su época el tema del abuso sexual, físico o emocional en la familia, y sobre todo el saldo psíquico que esa violencia conlleva, era tabú. La moral tradicional, e incluso las nuevas religiones del New Age, nos dicen que nosotros somos responsables de nuestro éxito o fracaso; de nuestra cordura o enajenación. Culpar a otros de nuestras desgracias es anatema.

Este año en que escribo se cumple un siglo del natalicio de Torre. Nuestra época es, en muchos sentidos, peor que 1904, especialmente en sobrepoblación y en degradación de la cultura. Pero hay más libertad para cuestionar la institución familiar en la que algunos padres asaltan las mientes de su progenie. Hace cien años era imposible filmar Shine o siquiera escribir sobre un caso así de la vida real. Claroscuro le pusieron en México a esta película donde millones de espectadores vimos cómo un padre abusivo enloquece a su hijo, literalmente.

Si usted está harto del vicio, quiere divorciarse de Caissa y hacer algo útil, recuerde que el hermano mayor de Lasker, un jugador igualmente dotado, abandonó el ajedrez para dedicarse a la medicina, y lo mismo hizo Gata Kamsky en tiempos más recientes. También recuerde lo que dije en el prólogo, que un clérigo escribió en Las perfidias del ajedrez: “¡Cuántas horas preciosas que nunca volverán he perdido en este juego!”

En otra de sus publicaciones de Excélsior sobre los jugadores de ajedrez, de la Torre publicó una caricatura donde un perdedor en el tablero de la vida lloraba: “¡Buhhh! ¡Perdí por tiempo!” Incluso el apasionado Alekhine, en sus últimos días, y siendo aún el campeón del mundo, se quejó amargamente de no haberse dedicado a otra cosa. Las palabras de Zweig sobre un hombre que dedica el lapso de su vida “al ridículo afán de perseguir un rey de madera sobre un tablero de madera” es patente más que nunca en nuestros tiempos, en que un cedé pirateado de Chessmaster juega mejor que el gran maestro Juan Carlos González, el mejor jugador de México al momento de escribir.

Morphy reinó veintiocho semanas como campeón, y si le concedió una entrevista a Steinitz fue a condición de no hablar del jueguito de la enajenación. Steinitz, llamado “el Morphy austríaco”, era la antítesis de Morphy. Sólo la muerte lo separó de su esposa Caissa, y en su vida reinó veintiocho años como campeón.

Si usted discrepa de Morphy y desea seguir bebiendo de la fabulosa copa de ajenjo de la mujer de Steinitz, resumamos el Capítulo 2:

1)     Si no tiene una tierna edad (o un altísimo coeficiente ……..intelectual), no se haga ilusiones de ser campeón

2)     Escriba un diario íntimo sobre sus emociones durante el ……..juego

3)     Escriba un comentario sobre sus partidas, poniendo énfasis ……..en las que perdió y circúlelo entre sus amigos

4)     A menos que sea un profesional estudie aperturas simples

5)     Entre a la arena a cazar a su rey metafórico…


¿Gran ramera o madre acogedora?

Quizá he sido un poco injusto en esta burla de los ajedrecistas. Hay dos maneras de ver a Caissa: como “La Gran Ramera de los Esquizoides”, o como una Generosa Madre que los acoge en su regazo. En este humilde libro hay un claro sesgo hacia la primera interpretación; aunque al hablar de mi nostálgico parque se vislumbra que esta madre nos acogió a muchos jóvenes que, por haber sido maltratados en casa, nos quedamos sin oportunidades.

Si esto es así, sería revictimante rotular a mis ex amigos de “esquizoides” o incluso de “vagos”. El caso es que no todos pudimos dedicarnos al cine como Sisniega, quien proviene de una familia tan rica que hasta hermosas palmeras tenía en su jardín de Cuernavaca. No todos pudimos hacer una carrera de medicina como Kamsky o el hermano de Lasker porque no recibimos apoyo económico de nuestros progenitores. Pero el individuo marginado tiene que hacer algo para evadirse de su sino, y junto con el crack, el opio y el ajenjo, Caissa es una de las mejores manera de hacerlo—sin matar neuronas.

De adolescente leí un cómic de la ahora extinta Editorial Novaro donde se explicaba el origen del juego del ajedrez. Con amigables ilustraciones leí la historia de un rey griego estancado en una isla. Sus soldados tenían hambre y el rey ideó un juego para entretenerlos, de donde surgiría el ajedrez.

Esta es una buena historia para entender la psicología del jugador, y por qué muchos de estos individuos impotentes pero hambrientos de vida no hemos tenido más remedio que mantenernos absortos en el mundo de los sesenta y cuatro escaques. No debe olvidarse que al momento en que escribo México sufre el mayor desempleo en su historia reciente: marginación peor incluso a la de soldados varados en una isla griega.

Otro cuento que ilustra qué es el ajedrez es el citado Una partida de ajedrez de Zweig. A fin de no enloquecer, en esta novelette un prisionero entierra día y noche su mente en un libro de partidas magistrales. Análogamente, en México y en el resto del tercer mundo, los salarios mínimos no le permiten al joven salirse del hogar hostil; huir de sus tóxicos padres que no invirtieron en su futuro. No se necesita ser muy perpicaz para notar que muchos aficionados, como los de las carpas de la metrópoli, han estado inmovilizados en un sistema basado en familias abusivas, tan comunes en los estratos bajos de México.

Una tercera ilustración, aunque no literaria sino pictórica, dilucidará mi visión sobre el juego. Todos éstos, soldados hambrientos en una isla griega, el prisionero zweigiano y los marginados, me recuerdan una figura del Tarot. Aunque no creo en las artes mánticas, los símbolos de las centenarias figuras son fascinantes. Según una famosa interpretación de una analista junguiana, en la figura El Colgado un pobre sujeto boca abajo, amarrado de una pierna a un patíbulo sostenido por dos árboles truncados, no puede impedir que las monedas se le caigan de los bolsillos.

En nuestras sociedades El Colgado es un sujeto sin quinto, o sin blanca como se decía en España. No puede moverse en una sociedad en la que todo, incluyendo la profesión, se compra con dinero. Y nadie le da una mano para bajar del patíbulo.

Pero al menos puede refugiarse en la gimnasia mental de Caissa…

Quisiera terminar este librito con las palabras de de la Torre. No incluiré otro dibujo de una serie de caricaturas que tituló “La forma más bella de perder el tiempo”. Pero citaré sus conclusiones:

Parece increíble que una macrópolis como ésta donde sobrevivimos apenas cuente con tres o cuatro clubes [de ajedrez]. ¿Por qué en este Valle de Lágrimas no se fomenta como educación y terapia en las escuelas, las delegaciones, los parques, las empresas, las casas de cultura, etcétera? Seguro que se puede volver un vicio. Pero es el más sano de todos los vicios.

O el menos insano diría yo.

Published in: on November 24, 2013 at 11:40 am  Leave a Comment  

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