Capítulo  3

Qué hacer en caso de trastorno mental

Carlos Torre se desnudó en un tranvía en 1926 en la Quinta Avenida de Nueva York: la crisis que lo hizo abandonar el ajedrez. La migra lo deportó en un vapor a Mérida. Gabriel Velasco, autor del único libro bien escrito sobre Torre, omite estos penosos sucesos.

En este capítulo romperé el tabú de no escribir sobre esta tragedia. Pero antes debo hablar de otra cosa. A diferencia de los maestros mexicanos de la actualidad, tan lengua materna era el ajedrez para Torre que debo citar lo que los campeones pensaban del jugador mexicano.

Alekhine escribió: “Desde 1914 el mundo ajedrecista no ha visto aparecer una lumbrera de primer orden, uno de esos jugadores que, como Lasker y Capablanca, marcan un jalón en la historia contemporánea… Pero hará unos seis meses, poco después del Torneo de Nueva York [1924], apareció en los Estados Unidos una tenue luz susceptible —al menos lo esperamos— de trasformarse en una estrella de primera magnitud. Hablamos del joven Carlos Torre, de diecinueve años de edad y cuya corta carrera presenta particularidades dignas de atención… Sin duda que Torre no está maduro, lo que no debe extrañar en un joven que tiene tan poca práctica seria, pero se admira la seguridad de su juego tanto como sus brillantes cualidades tácticas que le permiten salir sano y salvo de posiciones a veces peligrosas en las que se encuentra por falta de experiencia. Después de haber examinado cierto número de sus partidas no podemos sino felicitar al doctor Tarrasch por su resolución de invitarlo al próximo torneo internacional de maestros que tendrá lugar en Baden-Baden”.

Alekhine escribió estas palabras en 1924. Apenas dos años después, cuando estuvo a un tris de ganar el Torneo de Chicago de 1926, Torre tuvo la crisis de Nueva York. Vale decir que la única partida que Torre jugó con Alekhine fue unas “tablas de grandes maestros” jugada precisamente en el torneo de Baden-Baden. Alekhine, quien dos años más tarde destronaría a Capablanca, aceptó inmediatamente la prematura proposición de empate que le hizo Torre en la jugada catorce: muestra del respeto que le tenía al mexicano.

Ese año de 1925 también se celebró el Torneo Internacional de Moscú, donde Torre inició de manera sensacional. Comenzó ganándole a tres fuertes maestros, incluyendo Marshall. Luego empató dos partidas con Tartakower y Spielmann para obtener otras sonadas victorias, una de ellas contra Sämisch, con lo que se situaba junto con Bogoljubov, Rubinstein y Lasker liderando el torneo. Lasker manifestó: “Estos primeros pasos del joven Torre son indudablemente los primeros pasos de un futuro campeón mundial”.

Una de las partidas más famosas de ese torneo fue la que Torre jugó con el propio Lasker, quien había sido campeón del mundo desde 1894 hasta que Capablanca lo destronó en 1921, cuatro años antes del Torneo de Moscú. Lasker ostentó el título de campeón a lo largo de veintisiete años. A este gran campeón le tocó enfrentar a Torre en la duodécima ronda del torneo y llegó a obtener una ventaja posicional en una apertura que fue bautizada como Ataque Torre en honor al maestro mexicano. Pero en la jugada 25 sucedió algo inesperado. En la sala del torneo se corrió la voz: “¡Torre ha sacrificado su reina a Lasker!”, algo que rara vez sucede en el ajedrez profesional y que, cuando sucede, causa sensación. A los pocos minutos Torre y Lasker tenían a los aficionados alrededor de su tablero. Esa partida, conocida como “El molino”, esculpió el nombre de Torre en los anales de ajedrez; entre otros, mereció un amplio comentario de Nimsovich en Mi sistema.

He citado lo que Alekhine y Lasker pensaban del futuro de Torre. El otro campeón de la época fue Capablanca: el único latinoamericano que ha conquistado el título de campeón mundial de ajedrez. Es una ironía que muy pocos mexicanos, y Alfonso Ferriz es una honrosa excepción, digan abiertamente que Torre podría haberlo conquistado también. Capablanca comentó sobre Torre después del Torneo Internacional de Moscú: “No me extrañaría si este jovencito pronto nos empezara a ganar a todos”.

La única partida entre Capablanca y Torre fue jugada en ese torneo. Capablanca era entonces el campeón del mundo, y su virtuosismo radicaba especialmente en su dominio y comprensión del final de la partida: por eso su partida con Torre tiene un valor especial. El mexicano jugó con tal exactitud e ingenio que logró empatarle un final muy difícil al campeón. Averbach, el pedagogo ruso, escogió este final para ilustrar la teoría de unas posiciones en su libro Finales de alfil contra caballo. Al reproducir el final uno se queda con la sensación de que este juego entre Capablanca y Torre está más allá de la comprensión de los aficionados comunes, y que sólo una cátedra como la de Averbach y otros puede descifrarlo. Cuando jugó con Torre, Capablanca se encontraba en la cúspide de sus capacidades. Su partida con el maestro mexicano es un homenaje al estilo clásico de ambos, y debe estudiarse como un paradigma de final de caballo contra alfil “malo”.

Después de la crisis que tuvo Torre a sus veintiún años que marca el fin de su brillante pero fugaz carrera, el maestro vivió sin profesión, de manera mezquina y dependiendo de sus familiares hasta principios de los años cincuenta. Trabajó un tiempo en una botica ayudando a su hermano en Tamaulipas, pero no hizo carrera ni llegó a tener hijos. En 1955 Alfonso Ferriz lo trajo a la capital de México y lo mantuvo en una casa de huéspedes “muy barata” según me contó. Tanto Ferriz como Alejandro Báez, generosos amantes del ajedrez en México, trataron de ayudarle. Ferriz le dio empleo en una ferretería, pero el esteta del juego de los sesenta y cuatro escaques fue abrumado por la clientela.

Cuando yo trabajaba en el Banco de México durante esas vacaciones en que ahorraba para formar mi biblioteca de ajedrez, visitaba El Metropolitano: un antro de ajedrez que, como todos los antros, me recuerda el cuarto en que se encierran los adictos al opio a fugarse de la realidad. En ese improbable sitio escuchaba hablar al maestro Báez. Su charla no estaba dirigida al efebo imberbe que fui, sino a los aficionados Carlos Escondrillas, Raúl Ocampo y Benito Ramírez que lo frecuentaban. Mi presencia en esas charlas de 1973 pasó completamente desapercibida, pero lo que más se me grabó fue que Báez señalara la admiración de Torre por San Francisco, quien se desnudó en un lugar público como protesta ante la humillación que le propinó su padre. Según colegí de la charla de Báez, Torre imitó al gran santo de la iglesia católica. Pero esa bufonada franciscana frustró las profecías de los campeones de que tenía madera para conquistar la corona.

Carlos Torre murió en 1978. Por ese tiempo la revista rusa Schachmaty publicó un recuento de los torneos de la época en que Torre había florecido, de 1920 a 1926. Si bien Torre ocupaba entonces el quinto lugar mundial detrás de Lasker, Capablanca, Alekhine y Vidmar, en el cuadro quedó delante de maestros del calibre de Nimsovich, Rubinstein, Bogoljubov y Reti. Tómese en cuenta que este quinto lugar se refiere a los primeros años de la carrera de Torre. ¿Habría llegado a la cima si hubiera seguido jugando?

Nadie podrá saberlo, pero, como dije, en el libro que Velasco escribió sobre Torre el por qué del prematuro retiro del maestro mexicano es tabú.

Algunos jugadores mexicanos se preguntan por qué si Chigorin, quien estuvo cerca de ser campeón del mundo, es considerado el padre del ajedrez nacional en Rusia, la afición en México desprecia la figura de Torre. Quizá el estigma que conlleva la expresión “enfermo mental” es lo más denigrante que podamos imaginar: más denigrante incluso que haber estado en la cárcel o haber tenido un escándalo homosexual público. Es un tema enterrado en el misterio y la oscuridad, y la reticencia de Velasco y otros mexicanos en tocar el tema perpetúa la oscuridad.

Muchos grandes maestros, y hasta campeones mundiales, han sufrido crisis psíquicas. Aunque Steinitz ha sido quien mayor tiempo ha ostentado el título de campeón mundial, en los albores del siglo XX murió en la pobreza más abyecta. Se rumorea que creía que estaba en comunicación eléctrica con Dios, a quien podía darle un peón de ventaja y, además, ganarle.

¿Qué causa la locura? Como para la sociedad actual es prohibitivo ponderar en los estragos que causan los padres abusivos en la mente de su hijo [Nota de 2102: el tema de este blog], se tolera a una seudociencia en las universidades que, sin pruebas físicas, culpa al cuerpo del hijo trastornado. Este es un tema tan importante que he escrito un libro para desentrañarlo, Cómo asesinar el alma de tu hijo.

Una de las cosas que me motivó a escribir este librito es la memoria de Carlos Torre. Infortunadamente, no existe material biográfico relevante sobre Torre para saber exactamente por qué perdió la cordura. Los rumores de su supuesta sífilis no me convencen. Ferriz me dijo que sus amigos se lo llevaron de putas en Moscú. Pero Torre estuvo cuerdo los últimos dieciocho años de su vida. De haber tenido neurosífilis los síntomas habrían ido de mal en peor. Los extravíos místicos de Torre y su imitación del varón de Asís sugieren un problema psicogénico. Asimismo, el nerviosismo de Torre, manifiesto en la cinta que lo captó jugando en Moscú, así como su hábito de fumar cuatro cajetillas diarias de los cigarros mexicanos Delicados, son viñetas para una psicobiografía.

La hipótesis sifilítica que me planteó Ferriz me recuerda algunas especulaciones sobre la locura de Nietzsche. El autor del Zaratustra padeció una psicosis de algo más de once años hasta que murió: algo muy diferente a la crisis pasajera de Torre. Pero al igual que en el caso Torre, culpar a una supuesta enfermedad venérea del mal de Nietzsche se ha hecho para que su tragedia enmarque dentro de los cánones moralistas de nuestra cultura.

La raíz de la locura de Nietzsche no fue somática. Que la llamada pedagogía negra que le aplicaron su madre y tías de niño lo enloqueció de adulto se muestra en el estudio de Alice Miller La llave perdida. Según nos confiesa Nietzsche mismo en Ecce homo, su madre y su hermana eran su “verdadero pensamiento abismal” frente a su insano deseo metafísico del eterno retorno.

Tampoco convence lo que decía el maestro Báez: que Torre se masturbaba mucho. En el siglo XIX se puso de moda el mito que la masturbación excesiva entre los chicos causaba la locura, y cuando el viejo Báez decía que Torre era un onanista consumado no puedo sino recordar ese mito.

Más grotesca aún es la historia del conocido maestro mexicano Raúl Ocampo. Aunque Ocampo es uno de los mejores conocedores del ajedrez mexicano, Obregón lo captó en la grabadora manteniendo una bizarra teoría. Ocampo cree que un telegrama que le enviaron a Torre los judíos para informarle que su novia rompía con él fue la aviesa jugarreta que causó la crisis…

Cuando tan tardíamente en mi vida entrevisté a Alfonso Ferriz, uno de los pocos sobrevivientes que conocieron a Torre, no supo decirme nada sustancial de la infancia y adolescencia del maestro yucateco: tiempo en que se estructuró su mente y lo único que podría proporcionarnos la clave sobre su desajuste mental. Pero una de las anécdotas de Ferriz que más me cayeron de variedad fue que Torre “tenía un respeto a la mujer casi místico”. A las mujeres Torre les llamaba “las santitas”. “¿Cómo está la santita?” era su pregunta al referirse a la esposa misma de Ferriz.

Quisiera hablar un poco más de mi nostálgico Parque de Las Arboledas. Aunque desde hace muchos años uno de mis viejos amigos del parque, cuyo nombre me refrenaré de mencionar, huyó del hogar debido al maltrato parental y ha sido un indigente, no sé de nadie entre los “hijos del parque” —nadie— que haya responsabilizado al responsable de su indigencia: su abusivo padre. Sin embargo, y muy a pesar de toda esta especulación, no existe información sustancial sobre la infancia de Torre (Ferriz cuenta que Torre jamás habló nada de sus padres o de sus hermanos). Así que, en vez de especular sobre su infancia, me enfocaré en la vida de un ajedrecista que ha vivido en tiempos más recientes y del que se sabe un poco más.

Bobby Fischer tuvo muy duros problemas con su madre, quien invitaba a sus amigos judíos de Brooklyn a su departamento; amigos que, a ojos del niño Fischer no eran sino amigotes.

A las mujeres que lo conocieron íntimamente Fischer les confesó que, a sus doce años, resintió como una gran traición la ausencia de su madre, quien sentía mayor preferencia por sus amigotes que por el pequeño Bobby. Cuando a los dieciséis años Fischer conquistó el status de GM, su madre lo abandonó definitivamente a él y a su hermana para mudarse con unos amigos a Europa. El adolescente Fischer nunca hizo un saludable duelo por sus pérdidas parentales (su padre lo había abandonado aún antes, desde que Fischer tenía dos años). Más bien, se arrojó a las faldas de Caissa con una vehemencia sin par a fin de huir de sí mismo y de su dolor. Quedó de tal forma embrujado por Caissa que ésta le concedió el magnífico don de derrotar, él solo, a la escuela soviética de ajedrez a sus veintinueve años.

Pero de sus tempranas experiencias no resueltas, que algunos llamamos traición del amor, surgió el antisemitismo del Fischer adulto que cree en una conspiración mundial judía. [Nota de 2012: Nada de malo tiene tomar conciencia sobre el nefasto papel de los judíos en el mundo gentil, pero Fischer ubicaba un problema real dentro de su propio delirio] Ya exiliado y medio paranoico en Budapest le dijo a uno de sus entrevistadores: “Día y noche me persiguen los judíos”, y a Kasparov lo llamaba “el judío Wenstein” a pesar que Fischer mismo tiene sangre judía.

Después de ganar la corona de Caissa Fischer huyó del mundo, especialmente de los periodistas que lo acosaban. He dicho que ninguna cosa me ha desilusionado más en ajedrez que Fischer no destrozara a Karpov en los setenta, cuando el americano estaba en su plenitud. En 1975, el año en que toda la afición ansiábamos verlo defender su corona, Fischer trabó amistad con Claudia Mokarow, una mujer mayor a quien de cariño le llamaba mami. Cuando unos periodistas lo rastrearon, Fischer corrió al departamento de Claudia gritando: “¡Mami, mami ya están aquí! ¡Ayúdame mami: me han encontrado!”

Es evidente que Bobby necesitaba un sustituto maternal de la mamá que nunca tuvo.

Nunca creció. Algunos periodistas de los que huye Fischer ven todo un simbolismo en el hecho que la madre de Fischer se llamara Regina, y que cuando era un niño fuera tratada precisamente como reina por la comunidad de amigotes judíos que llevaba a su departamento. Ya había mencionado que Alekhine se desquitaba con sus mujeres, que eran mucho más grandes que él. Sus conocidos también notaron la extraña sumisión de Alekhine ante la autoridad: la figura parental por excelencia. Se casó cuatro veces, siempre con mujeres más grandes que él. Purdy comenta que parecía que Alekhine quería que lo cuidaran y Edward Lasker cuenta que, cuando Alekhine tenía veinte años, en un club prefirió bailar con una mujer que le doblaba la edad y el grosor a pesar que había chicas más jóvenes alrededor.

Todo esto sugiere un problema no resuelto con su madre, quien le enseño a mover las piezas al niño. La prueba está en que una de sus esposas le llevaba veinte años ¡y la otra treinta! Sus amigos se lo cotorreaban diciendo que era “la esposa de Philidor”. El alto y apuesto Alekhine, cuyas partidas, especialmente las de su juventud, son las más artísticas del reino de Caissa, necesitaba de una mamá. Pero por ser tan sádico con sus esposas murió solo y refugiado en Portugal. Dos días antes de su muerte le dijo a un aficionado portugués: “¡Lupi, esta soledad me está matando!”

También el gran campeón norteamericano del siglo XIX tenía algo feo con la figura de la mujer. Paul Charles Morphy, oriundo de Nueva Orleáns, ciudad donde más tarde se criaría Carlos Torre, tenía la curiosa manía de formar zapatos de mujer en semicírculo “porque le gustaba mirarlos”. Subía a la azotea de su casa para declamar en francés un párrafo que parece sacado de una canción, del que sus últimas palabras son et le petit Roi s’en ira tout penaud: y el reycito se alejará cubierto de vergüenza.

Morphy no veía a nadie, salvo a su mamá con quien pasaba todas las tardes, a quien obedecía aún cuando ostentaba la corona de campeón del mundo. Incluso cuando su madre lo encontró muerto en una tina de baño, Morphy estaba rodeado de zapatos de mujer. Al igual que Fischer, Morphy, quien en matches individuales derrotó a todos los grandes maestros de su época, también padeció de paranoias. Creía que su cuñado y su amigo Binder conspiraban para envenenarlo y destruir su ropa; y se dice que cierta ocasión se presentó al despacho de Binder y lo atacó. Al igual que Fischer, Morphy se retiró del ajedrez en la cumbre de su carrera.

He dicho que para Fischer el mayor placer era “destrozar el ego del adversario”. Esto me recuerda mucho la razón por la que a mí mismo me atrajo el ajedrez de chico. Recuerdo una ocasión en que le dije a mi familia que el mejor momento de mi vida era cuando mi oponente perdía la moral ante mi juego. Esta memoria puede darme la llave para penetrar la mente de Fischer. “Destrozar el ego” es una resonancia oblicua de cómo su madre destrozaba el ego de Fischer niño—y cómo mi madre me lo destrozaba a mí mismo a través de constantes humillaciones (cf. mi libro Carta a mamá Medusa).

Cuando décadas antes de enterarme de lo que Fischer había dicho yo decía cosas similares, me refería a un problema no sólo con mi madre, sino con mi padre. Por ejemplo, en sexto de primaria la maestra Toña nos hizo la pregunta de cuál había sido el momento más feliz de los alumnos. Para azoro de la maestra respondí eufóricamente que el momento más feliz había sido cuando derroté a mi papá en ajedrez: a quien quería enormemente pero a la vez tenía que refutar. Sus vehementes creencias religiosas habían lesionado al sensible niño que fui, pero mi mente infantil ignoraba cómo rebatir a papá con argumentos.

Hay quienes han dicho que el ajedrez es un juego de shachmaty, de matar al padre. Antes de que leyera a los filósofos ilustrados y librepensadores el ajedrez fue perfecto sustituto de ir en pos de un rey metafórico, de refutar a mi padre. La misma palabra “refutación” la usaba constantemente el adolescente que fui, aunque sin argumentos todavía, al hablar de lo que quería hacer con las creencias de mis ancestros: acabar con ellas. Pero como amamos a nuestros padres, el volcán de cólera que muchos niños, e hijos adultos, sentimos hacia ellos sólo puede hacer erupción con objetos sustitutivos: oponentes a quienes destrozamos frente al tablero. No obstante, esta proyección puede producir desdoblamientos de la personalidad, especialmente en quienes se pasan la vida huyendo de sí mismos a través del juego a fin de esquivar una confrontación interna sobre los perpetradores.

Como dije, he sabido de varios aficionados, y de otros adultos que nada tienen que ver con el ajedrez, que han sido dañados por sus padres abusivos y han sufrido quebrantos psicóticos: como aquel loquito que creía que Botvinnik era el verdadero dirigente de la Unión Soviética. Pero ese es un caso lejano. Cómo recuerdo al finado Ricardo Bravo: uno de mis conocidos que iba al Parque Arboledas y de quien se sabía que era objeto de tratos infernales en casa. Ricardo ya había cruzado la línea divisoria a la locura años antes de aventarse a los coches de avenida Cuauhtémoc.

Lo primero que debemos tener en cuenta cuando un ser querido sufre una crisis es el juramento hipocrático de los médicos: no hacer más daño. Desgraciadamente, son precisamente los médicos quienes violan este juramento, como puede comprobarse en otro de mis blogs.

A Carlos Torre lo electrochocaron en Monterrey cuando vivía con sus tres hermanos, todos médicos. Leí esto en el libro 64 variaciones sobre un tema de Torre de Germán de la Cruz. Tanto me intrigó la anécdota que hice algunas indagaciones. Hablé con Jorge Aldrete, un regiomontano aficionado al bridge y al ajedrez radicado en la Ciudad de México, quien hace muchos años me había vendido varios juegos de ajedrez importados. Tanto Aldrete como Ferriz me sugirieron comunicarme con Arturo Elizondo en Monterrey. En abril de 2004 hablé con el señor Elizondo, quien gentilmente respondió a mis preguntas. ¡Este hombre de más de ochenta años resultó ni más ni menos un testigo presencial de los electroshocks a Torre!

Cuando le pregunté si era fiable lo que decía de la Cruz en su libro, me respondió: “Sí me consta porque para controlarlo de su físico” él, Elizondo, estuvo “a su lado” durante la terapia. Le pregunté cuáles eran los síntomas para que tomaran tan drástica medida con el maestro yucateco. Elizondo respondió: “Lo único [era] que se ponía terco pero no era agresivo y nada de eso”. Elizondo sólo discrepa ligeramente de la versión de de la Cruz en tanto que afirma que no fueron los hermanos los directamente responsables del internamiento. “Fue el sobrino, de apellido Torre”, un gran maestre y colega de Elizondo en la logia de Nuevo León. Según cuenta Elizondo, eso sucedió en 1957 en el pabellón de siquiatría del Hospital General de Monterrey. Debido a la “etapa excitativa” de Torre, por usar la expresión de Elizondo, el diagnóstico a Torre fue el de maniaco-depresivo. Fue precisamente en la fase de excitación de su crisis maníaco-depresiva en la que le aplicaron los electroshocks.

En las universidades del mundo se enseñan los tratamientos siquiátricos, como el electroshock, como si fueran la praxis de una ciencia médica real. No me extraña que, siendo Elizondo un químico simpatizante de la medicina, me repitiera lo que se afirma en las universidades: que excitaciones del tipo Torre son de “carácter neurológico”, alegato que Elizondo repitió varias veces durante nuestra conversación telefónica. (Como demuestro en mi blog enlazado arriba, sin pruebas de laboratorio los siquiatras descartan la hipótesis psicogénica de las perturbaciones mentales y postulan dogmáticamente la hipótesis somatogénica.) Elizondo también me comentó que los electroshocks son “una terapia muy noble” porque “relaja completamente” al excitado.

El longevo regiomontano participó en la relajación coercitiva a Torre, en la que hasta ayudó a sujetarlo, con la mejor de sus intenciones. Incluso, según me confesó, “Uno o dos días yo le di alojamiento [después de la “terapia”], luego se fue con su sobrino”. Pero lo que Elizondo y la inmensa mayoría de sus colegas ignoran es que el electroshock es un crimen.

Este martillazo eléctrico a la cabeza frecuentemente borra parte de la memoria de la gente que se lo aplican. Uno de los casos que, de paso, menciono en mi libro sobre la siquiatría es el de una licenciada que, después de que la electrochocaron por depresión, olvidó lo que había aprendido en la universidad. Ya podremos imaginar el handicap que representó la terapia para su futuro laboral. ¿Se recuerda la escena del electroshock involuntario que le aplicaron al personaje que representó Jack Nicholson en Atrapado sin salida? Este tipo de asaltos continúa en México incluso en el siquiátrico más grande de la nación: el Hospital Fray Bernardino Álvarez en Tlalpan, en el que los estudiantes de la república hacen sus prácticas.

En 1960, tres años después de su experiencia en Monterrey, Torre volvió a ser vejado por sus patrocinadores y por los siquiatras. En la Ciudad de México estuvo unos días internado en el Sanatorio Floresta, que se encontraba en San Ángel, a cargo del siquiatra Alfonso Millán. Esto me lo contó personalmente Alfonso Ferriz, quien en su espléndida ingenuidad pagó el internamiento.

El siquiátrico Floresta ya no existe, pero es sabido que era un pequeño Auschwitz. Como indico en los enlaces sobre la siquiatría mexicana, el 25 de noviembre de 1970 apareció un artículo en la revista Siempre! titulado “Una temporada en el infierno” escrito por dos jóvenes cuerdos que estuvieron internados en el Floresta. Los autores del artículo revelan que un nieto de Victoriano Huerta había sido lobotomizado y recluido allí: “Antes era muy agresivo hasta que le hicieron una lobotomía. Ahora es un niño. En las comidas se revuelve sobre la silla, come con desesperación. Entre bocado y bocado aleja a las moscas de las mesas”.

Ferriz y Elizondo actuaron de buena fe. Pero su remedio de mandar a Torre al infierno resultó peor que la enfermedad. Según cuenta Ferriz mismo en una de las entrevistas grabadas por Obregón, Torre se sintió con él de por vida después del ultraje del que fue víctima en el siquiátrico. De hecho, Torre no volvió a ver a Ferriz sino hasta que éste visitó Mérida. La absoluta falta de empatía de Ferriz para decodificar la pertinencia de los resentimientos que le guardaba Torre no puede ser mayor. Pero ¿quién en el mundo del ajedrez posee la cualidad de una auténtica empatía?

En La vida y partidas de Carlos Torre Gabriel Velasco cae en una trampa similar. Al eludir el tema del desajuste mental de Torre e ignorar lo que es la siquiatría, después de la crisis de Nueva York escribió que Torre “tuvo que necesitar de atención médica”. Aún no había electroshocks en los años veinte. Pero si Velasco se refiere a alguna otra terapia siquiátrica que le aplicaron, esta manera de usar el lenguaje (“atención médica”) es engañosa. En el prólogo al libro de Velasco, Jesús Suárez alaba que Velasco haya omitido toda especulación sobre el desajuste psíquico de Torre. Aunque según el mencionado José Luis Vargas a Suárez sí le interesaba la vida privada de Torre, fue cobardía intelectual, tanto de Velasco como de Suárez, omitir información crucial en el libro: que lo electrochocaron en Monterrey; que en México lo internaron en el Floresta, y que se sintió con Ferriz de por vida a causa de ello (además del ambiente militarizado que se respiraba en la familia Torre).

A quienes lo conocieron les llamó la atención el hecho que Carlos Torre fuera una persona muy cariñosa con la gente. A todos les llamaba angelito, padrecito, madrecita: expresiones que retratan la bondad de su carácter. Pongámonos un instante en los zapatos del maestro. Imaginémonos que somos Torre y que hablamos en dulces diminutivos mexicanos. ¿Cómo nos sentiríamos después del internamiento forzado por nuestros seres queridos? ¿Qué sentiríamos después del asalto en Monterrey? ¿No sería un atentado contra la propia dignidad y, por ende, contra nuestra autoestima y salud mental? ¿Cómo quedaría nuestra autovalía después del doble atentado: moral y físico?

Aunque Ferriz me aseguró que no lo electrochocaron en la Ciudad de México, en el Floresta sí le administraron drogas siquiátricas. Me pregunto si Torre fue atormentado allí con unas drogas denominadas neurolépticos: un “infierno” como lo describen los autores del artículo de Siempre! Según las palabras de Ferriz mismo, que anoté en una entrevista que le hice en su casa en marzo de 2004, colijo que Torre se encontraba cuerdo cuando lo internó. Ferriz me confesó: “¡Pero además, no parecía loco! Costaba darse cuenta que estaba mal”. Al igual que la “terquedad” de la que hablaba Elizondo, Ferriz solía interpretar el enojo como un trastorno mental.

No discutí con Ferriz ni con Elizondo. Pero una vez finalizada la entrevista con el primero me pregunté qué le habrán hecho a Torre en el Floresta, el siquiátrico que tenía recluido al nieto lobotomizado de Huerta. Nadie se hace preguntas de este tipo en México por la sencilla razón de que es extraordinariamente difícil imaginar que en las universidades se enseña una seudociencia cuya práctica se asemeja al de la Inquisición. Es una estupenda ironía que en México la institución médica tenía que haber surgido precisamente en el mismo edificio de la Inquisición de Nueva España: el palacio de la antigua Facultad de Medicina.

Este breve ensayo ajedrecístico dista mucho de mi extenso tratado sobre la siquiatría. Pero para dar una idea sobre lo que estoy hablando mencionaré un dato escalofriante: en el siglo XXI se continúan realizando lobotomías en México y en el resto del mundo.

Desde los orígenes de la institución manicomial en el Bedlam de Londres y en los hospitales generales en Francia, el trato al individuo en crisis ha sido simplemente torturarlo con diversas técnicas. Aunque esas torturas nada tienen que ver con una necesidad médica real, se les dio un lustre científico en el siglo XIX para su aceptación pública. Me pregunto qué le habrán hecho a Steinitz en uno de esos llamados hospitales. En su época los siquiatras no habían ideado el electroshock y la lobotomía, técnicas que directamente dañan al cerebro, pero sí algunos tormentos que quebrantaban el espíritu de la persona trastornada. En los asilos decimonónicos los golpes y encadenamientos, por ejemplo, eran cosa de todos los días. Había incluso aparatos de tortura. No he leído la biografía de Steinitz escrita por Bachmann. Ignoro si la técnica Kneip que le administraron a Steinitz, un régimen extremo de baños en agua helada, fue o no voluntaria. Pero sé que por yatrogenia se entiende a los estúpidos intentos de sanar de los médicos que producen trastornos nuevos y más serios que los ya existentes. Las ideas ilusorias de Steinitz al final de su vida, como su creencia que podía mover las piezas de ajedrez sin tocarlas, podían ser agravadas por la yatrogenia siquiátrica.

El tormento Kneip está descontinuado en siquiatría. Gracias a la tecnología moderna, desde la década de los treinta la ciencia médica ha avanzado de atormentar al cuerpo de un Steinitz a asaltar directamente al cerebro: lo que le hicieron a Torre. Además de los electroshocks, en la actualidad están muy de moda los sujetadores químicos de nervios que se administran a quienes cruzan por crisis como la que sufrió Torre. A Aliosha Tavizon, un conocido mío que en su categoría ganó el Torneo Carlos Torre de 2003, le dieron una de estas porquerías debido a una relación horrible con su madre que temporalmente lo desquició. Por meses quedó chueco del cuello y de muchos otros músculos de su cuerpo. Para poder hablar con él tenía que situar su torso de perfil: una distonía tardía que pudo haber sido irreversible.

Bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en casos de psicosis floridas, debe un individuo ingerir alguna de estas peligrosa drogas. Afortunadamente, hay médicos con principios que se la pasan la vida denunciando el crimen de recetar minusvalidantes fármacos en su profesión.

Sorprende que en una literatura ajedrecística tan fecunda como la estadounidense no existan biografías que expliquen los desajustes mentales de sus dos campeones de ajedrez: Morphy y Fischer. Me he quejado de los amigos del parque que no tuvieron corazón para inquirir sobre las tragedias personales de los suicidas Roger y Ricardo; del desequilibrado Iván, o de Gilberto. Por ejemplo, no recuerdo haber escuchado nada pertinente sobre la cicatriz que lucía Gilberto en la cara debido al platazo que le propinó su madre. Pero este mal de ninguna manera se reduce a mis conocidos. Al escribir este pequeño libro intenté buscar vía internet material biográfico sobre Morphy, Steinitz, Torre y Fischer. Me sorprendió que la actitud de los creadores de las páginas web que abrí fuera idéntica a la del amigo Toño, cuya supuesta amistad era “para hablar exclusivamente de ajedrez”.

Si los jugadores de ajedrez fueran criaturas de la Tierra, lo menos que podríamos esperar es que la mayor parte de su literatura fueran estudios psicológicos profundos sobre Morphy, Fischer y muchos otros. Pero los jugadores de ajedrez viven en la Luna, y es imposible hallar psicobiografías sobre los maestros que han sufrido crisis (los estudios sicoanalíticos no son convincentes). A los nombres de maestros trastornados que he mencionado podría añadir el de Pillsbury, y no olvidemos el alcoholismo de Chigorin, Alekhine y Tal que los mató. Cierta vez Alekhine se presentó a una exhibición de simultáneas tan borracho que se orinó en el piso y la exhibición tuvo que suspenderse. Durante el mismo campeonato del mundo contra Euwe encontraron al campeón tumbado en el campo por borracho.

Las numerosas revistas de ajedrez que circulan en un sin fin de idiomas son tan engañosas como el libro de Velasco sobre Torre y tan poco humanas como el seudoamigo Toño. Se enfocan únicamente en el aspecto deportivo omitiendo hablar de los patéticos biografiados. Esta actitud es explicable si entendemos que el solo hecho de jugar intoxicadamente significa huir de la realidad, y el jugador, al igual que el alcohólico, bebe ajedrez u otro juego para olvidarse de sus problemas. El holandés políglota Willy de Winter publica el único semanario sobre ajedrez en México. Dice que lo nombró El ajolotl porque es una palabra azteca que le recuerda la palabra ajedrez. Pero desde este ángulo yo renombraría a su semanario El ajenjo, especialmente si tomamos en cuenta que el abuso de este licor puede conducir a graves dolencias y a la locura, como descubrió el pobre paisano de de Winter, Van Gogh. Cabe mencionar que en una nota necrológica El ajenjo mencionó la muerte de Roger Bayde. Pero de Winter omitió decir que fue suicidio, y mucho más que fue causado por dolores no procesados del maltrato que Roger había sido objeto de chico. Tanto los bebedores de ajenjo como de ajedrez le temen a estas realidades más que al mismo diablo. Por eso beben y juegan.

De Winter no estaría de acuerdo con la caricatura de de la Torre. El lema de su semanario es “La vida es una interrupción insípida del ajedrez”, y ha publicado cosas como: “Copérnico dijo que el Sol es el centro del universo; para nosotros, “Sol” no es más que otro sinónimo de ajedrez”.

Yo diría lo opuesto. En uno de sus escritos Guillermo Cabrera Infante hizo decir a su paisano Capablanca: “Mientras más conozco a la mujer más odio al ajedrez”. Y efectivamente, al jugar en los torneos muchas veces me he preguntado qué diablos hago horas plantado frente a tan fea jeta ¡habiendo bellas ninfas afuera! Quizá sea cruel decirlo, pero con la excepción de León Dinner cuando era un púber, los jugadores de ajedrez que he conocido en México son la más pura antítesis del efebo. Así como las monjas son feas y las pobres se ilusionan con que están casadas con Jesús, la única mujer para muchos jugadores es Caissa, es decir, Manuela; y no olvidemos los grandes amoríos de Carlos Torre con Manuela.

Es curioso que Torre frecuentemente le dijera a sus colegas que se mantuvieran alejados de las mujeres “porque salían muy caras”. Cuando yo vivía en una casa de estudiantes en Inglaterra, un estudiante esclavizado no podía trabajar mientras terminaba su doctorado. No tenía dinero para pasear a alguna ninfa de Manchester y nos confesó que se masturbaba, y que el ajedrez que jugábamos no era sino sex substitute.

La cantidad de jugadores que conozco que sustituyen la mujer de carne y hueso por la intangible Caissa es Legión. Pero lo que yo veo oscuro de Winter lo ve rosado. Y lo ve rosado simplemente porque jamás toca estos temas. En sus artículos de Winter siempre nos presenta al juego de manera idílica. Por ejemplo, en una de las portadas de sus semanarios de abril de 2004 nos quiso hacer creer que “Cuando Dios inventó el ajedrez estuvo tan eufórico que tuvo que inventar al ajedrecista”. Y en la portada de otro semanario del mismo mes publicó una caricatura diametralmente opuesta a la caricatura de de la Torre, donde de Winter pone a su patriarca Moisés con las tablas de la ley introduciendo un nuevo mandamiento: “¡Id, multiplicaos y jugad ajedrez!” Si bien en un artículo de El ajenjo #415 titulado “El ajedrez como profesión y como escape” de Winter cita las palabras de un gobernador, “¿Cómo es posible que pierdan el tiempo en una distracción tan superficial?”, de Winter apenas le responde (el gobernador se quejaba de que en su plaza abundaran perdedores como el de la caricatura de de la Torre).

Willy de Winter fue campeón nacional de ajedrez en México hace tres decenios de este día que escribo. Otro campeón mexicano de esa época que no parece ver la perdición que representa el juego es Mario Campos. Cuando en 2004 las autoridades de la capital cerraron las carpas donde el lumpen se refugiaba en el dominó y en el ajedrez, Campos protestó diciendo que las autoridades no entendían al ajedrez. Yo creo que, al igual que el gobernador, entendían perfectamente qué es el juego; y que son jugadores como Campos quienes no entienden nada. Otro ejemplo: Kenneth Frey, otro fuerte maestro de ajedrez de la época de Campos y de Winter, perdió una fortuna en Las Vegas: algo que me recuerda la fortuna que perdió el padre de Alekhine en Montecarlo para evadirse de su realidad interior. Tan escape de la realidad es el ajedrez que los gobiernos totalitarios de la antigua URSS y Cuba lo usaron como el opio de las clases pensantes. Esa es básicamente la razón por la que los mejores jugadores del mundo han sido los rusos, y en Latinoamérica los cubanos. Salvo para los fanáticos del ajedrez, esto es fácil de ver.

La total falta de conocimiento de la mente humana es patente en la soberana tontería de echarle la culpa a Staunton, un jugador retirado en su época, de la locura de Morphy. Me parece lamentable que incluso Reinfeld repita esto cual loro. Irónicamente, fue gracias al libro de Reinfeld que me enteré que fue la madre de Morphy quien le prohibió a su hijo volver a jugar en lugares públicos; y el campeón del mundo obedeció como un niño.

También los escritores profesionales de ajedrez Horowitz y Rothenberg repiten el mito Staunton en The personality of chess, donde citan las increíblemente estúpidas palabras de Ernest Jones, el discípulo de Freud, que “Morphy estaba desecho por el éxito”. Partiendo del axioma freudiano de exonerar al padre, Jones culpa a Staunton ¡con quien Morphy jamás jugó! Sus tonterías aparecen en su ensayo “El problema de Paul Morphy” publicado en 1931, un clásico en la literatura sicoanalítica sobre el jugador de ajedrez. En México, un país donde apenas se conoce la refutación que se le ha hecho a Freud y a sus epígonos, me he encontrado a la afición repitiendo la tontería de Jones (me recuerda el engatusamiento medieval con Galeno cuando hacer disecciones de cadáveres estaba prohibido por la iglesia).

Alice Miller [Nota de 2012: su foto aparece en este blog] es la antítesis de la actitud mezquina del amigo Toño de hablar “exclusivamente de ajedrez”, y quien desee penetrar las almas de aquellos que han perdido el juicio debe leer sus artículos en la red e incluso sus libros, algunos de los cuales han sido traducidos al castellano.

Llego así a la pregunta que le dio el título al capítulo: ¿Qué hacer en caso de trastorno mental en un ser querido? ¿Qué hacer, por ejemplo, si se desnuda en el metro de la Ciudad de México o si se rodea de zapatos de mujer?

Descartada la siquiatría como profesión yatrogénica, la buena nueva es que tenemos la alternativa humanitaria de las Casas Soteria en Europa, o de las casas de medio camino que Virginia González Torre puso de moda en el estado de Hidalgo. A diferencia de la terapia que le aplicaron a Torre, que lo dejó resentido de por vida con Ferriz, el ingreso a las Casas Soteria es perfectamente voluntario y no atenta contra la dignidad de quien sufre una crisis. Tampoco se practican tratamientos invasivos. Al contrario: por más graves que sean sus ideas ilusorias se respeta a la persona, y se le provee de un ambiente amigable hasta que, después de algún tiempo de buenos tratos, muchos son capaces de recuperar el juicio.

Generalmente, la gente que se trastorna no es peligrosa. Steinitz creyendo en sus poderes telequinéticos, Torre imitando a San Francisco, o Morphy declamando en la azotea et le petit Roi s’en ira tout penaud eran inofensivos. De haber vivido algunos meses en una casa Soteria, o de haber cruzado por el duelo que aconseja Miller, se habrían recuperado. Pero esos refugios no existían en los tiempos que Morphy y Torre tuvieron el problema. Nadie pudo tenderles una mano durante sus crisis.

Published in: on November 24, 2013 at 11:43 am  Comments (1)  

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  1. En 2012 tomé un café con Gerardo Bauer, a quien menciono en este librito, en el Sanborns de Perisur después de mucho de no verlo. No hablaré de la historia personal de él, que encaja perfectamente en la tesis de En pos de un rey metafórico, por cuestiones de guardar la privacidad del ex amigo. Pero vale la pena notar que según él, quien leyó En pos por cierto, hay muchas otras anécdotas sobre los patéticos jugadores de ajedrez. Me contó que, de niño, al (finado) Carlos Escondrillas—cocampeón junto con Marcel Sisniega del Campeonato Nacional Cerrado en 1977—le obligó su madre a comer sus propios vómitos directamente del escusado cuando Carlitos se rebeló ante el arte culinario de su mamá.

    Ignoro si la anécdota es histórica, pero las emociones de Bauer cuando me la contó aún las tengo presentes. Según Bauer, esa anécdota la había oído de una de las hermanas de Escondrillas.

    Dudo mucho que los jugadores mexicanos de ajedrez vayan a venir a esta página a comentar sus penas. La disociación psicológica sobre las tragedias de la vida es justo lo que se espera del perfil del jugador, tan bien retratado por Dostoievski.


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