Capítulo  2

Qué hacer después de la derrota

Si no tiene una tierna edad, no se haga ilusiones.

Muy pocos aficionados al ajedrez saben que la maestría en el juego se debe a un factor que nada tiene que ver con la voluntad del adulto. Sólo en un grupo reducido de vocaciones un ser humano puede aspirar a niño prodigio. La música, las matemáticas y el ajedrez son paradigmas. Hay quienes comparan la música de Bach con las matemáticas, cuya lógica es inherente, o apriorística diría un kantiano, a la mente humana. Asimismo, como forma especial de computación que es el ajedrez, el entrenamiento a temprana edad puede convertir a un niño en un Capablanca, para quien el ajedrez era su lengua materna. Lo mismo puede decirse de los jugadores rusos y de las ex repúblicas soviéticas, que alcanzan la norma de gran maestro a los quince o dieciséis años. Pocas cosas me han impresionado más que la parte autobiográfica de Mi carrera ajedrecística de Capablanca. Al ganarle un match a Marshall el cubano llegó al nivel de gran maestro sin estudiar un solo libro de aperturas. Este es el hecho más representativo que se me ocurre para señalar como aquél que aprendió a jugar ajedrez desde los cuatro años, y desarrolló el filo de su mente en esa área, puede fácilmente convertirse en gran maestro e incluso en campeón del mundo. El cerebro de Capablanca, la “máquina de ajedrez”, fue entrenado en el lapso de vida en que es capaz de desarrollar nuevas facultades. Por eso los conservatorios de música no admiten a estudiantes después de cierta edad. En ajedrez sucede lo mismo con la diferencia de que, como no hay escuelas profesionales de ajedrez en México, a los aficionados no se nos dice la gran verdad sobre el juego-ciencia. [Nota de 2012: Cuando escribí el librito desconocía, como impliqué, que los estudios sobre el coeficiente intelectual agrandan aún más esta diferencia biológica: en tanto que los seres humanos de unas razas son más inteligentes que los de otras razas]

La terrible verdad es que el desarrollo neurológico de ciertas áreas del cerebro es diferencial entre un Capablanca o los GMs quinceañeros y un Magnus Carlsen y el resto de los aficionados. Al no haber escuchado este dato elemental muchos perseguimos el espejismo que, a fuerza de puro estudio, llegaremos al estrellato como si fuera algo similar a obtener un doctorado en física. En realidad, el rating que puede subir un joven que a sus veintes se inicia en el juego es relativamente modesto. Si estudiamos en materia ajedrecística el equivalente a un doctorado, el conocimiento adquirido nos podrá servir para ser excelentes instructores de niños, pero no necesariamente nos permitirá jugar como los primeros tableros del mundo. Al igual que los intérpretes de los grandes compositores de música, en ajedrez lo que vale es qué tanto adiestramos ciertas áreas de nuestro cerebro en la infancia, pubertad y adolescencia.

Un ejemplo reciente ilustrará este punto. En el prólogo decía que las pláticas de unos amigos aficionados me motivaron a escribir este libro. Uno de estos amigos se llama Alcides, quien al parecer posee más cultura ajedrecística que yo. En el café donde platicamos Alcides juega matches con su archirrival, apodado “El Yayo”, quien no lee nada de ajedrez; ni siquiera sabe cómo mantener la oposición en un final de rey y peón contra rey. Sin embargo, El Yayo generalmente le gana los matches a Alcides. Ahora bien, en varias ocasiones he conversado con Alcides sobre el manual de Lasker. A Alcides le gusta mucho más la versión original en alemán que las versiones abreviadas en inglés y en español. Ayer mismo, tomando en cuenta hoy que escribo, una de estas versiones suyas lucía sobre una mesa del café. No obstante, como de costumbre, el pupilo de Lasker fue barrido por el iletrado Yayo en las partidas. Alcides es un amigo inteligente, e incluso brillante en su profesión de informática y manejo de computadoras. Pero es obvio que, a pesar de sus conocimientos ajedrecísticos y computacionales, su indocto rival tiene mejor adiestrado el cerebro para jugar al ajedrez.

Dicho de manera iconoclástica: el manual de Lasker, y de hecho todos los libros de ajedrez que conozco, son malos y antipedagógicos. No parten del axioma más relevante del juego: el desarrollo en ciertas áreas cerebrales es diferencial entre las personas.

No es mi intención desanimar a los pretendientes de Caissa. Pero el muchacho que fui se habría ahorrado muchos sueños y agonías si en la casa o en la escuela le hubieran dado esta clase elemental de neurología.

Comparado con Europa Central o incluso con Cuba, el nivel del ajedrez en México es bajo [Nota de 2012: Peor aún, los mestizos tienen un coeficiente intelectual (CI) inferior comparado con el de criollos como Capablanca]. Si a esto añadimos que a muchos nacionales se nos pasa la edad y que no tenemos buenos instructores—esos Botvinnik y Averbach que tuvieron los niños rusos—, será virtualmente imposible dar el salto cuántico para convertirnos en campeones mundiales. Aquí no puede sino venirme a la mente una fotografía del instructor Botvinnik con un Garri Wenstein niño a su lado, quien cambiaría su nombre judío por el de Garri Kasparov. [Nota de 2012: Los judíos están ranqueados en la cima de estudios sobre el CI]

Aunque de joven no fantaseaba tan alto, tardé décadas en percatarme que mi cerebro no había sido educado para un juego computacional cuando estaba en su período de mayor plasticidad. Fui educado en otras áreas. Provengo de una familia de músicos, no de ajedrecistas. En la música también puede verse que muchos virtuosos del violín o del piano empezaron a muy tierna edad. Escuchar a un niño de trece años tocar el concierto para violín y orquesta de Beethoven es como ver a esos niños de las ex repúblicas soviéticas jugar partidas de blitz. Es tal el virtuosismo de estos Paganinis de Caissa que les dan cinco minutos de ventaja a sus colegas, por sólo dos minutos propios, y los arrasan con precisión diabólica.

Por más que estudie y macheteé la veinteañera afición mexicana, difícilmente jugará así en ajedrez relámpago: un medidor infalible del nivel de un chico cuya lengua materna había sido el ajedrez. La ventana de oportunidad se les pasó. El meditar sesudamente en lo que nos dice Reti, uno de los pedagogos más sobrevalorados en la historia del ajedrez; el ponerle nuestras partidas a Fritz para comprenderlas mejor; el consultar la Enciclopedia de Aperturas para ver dónde cometimos la imprecisión; el jugar un torneo tras otro para foguearnos, puede hacernos ver nuestras faltas. Pero no necesariamente subir el nivel. Al menos no para dar el salto que algunos jóvenes fantasean. Nuestro cerebro ya está formado, formateado me atrevería a decir. En mi caso, el filo de mi mente se manifiesta en mi especialidad, estudiar los estragos psíquicos que causan los padres abusivos: un área que nada tiene que ver con el ajedrez. Capablanca, quien jamás emprendía los maratones de estudio ajedrecísticos que emprendemos en México, jugaba infinitamente mejor que yo y que muchos otros estudiosos empedernidos.

Decía que pocas cosas me han impresionado más que Capablanca le ganara el match a Marshall sin estudiar un solo libro de aperturas (a otro nivel, este es el mismo fenómeno de los matches entre Alcides y el Yayo). A sus veinte años Capablanca no había jugado un solo match con un gran maestro, y le ganó a Marshall con el aplastante score de +8 =14 –1 (jerga ajedrecística por 8 ganadas, 14 empatadas y 1 perdida). Este es el hecho que mejor ilustra que, en general, sólo aquél que aprendió a jugar a muy tierna edad tiene chances de convertirse en genio.

A fin de aceptar el propio nivel, mi segunda sugerencia es que usted escriba un diario íntimo sobre sus emociones en la partida y sobre su afición hacia el juego. He dicho que el color del ajedrez es el color de la sangre, y que algunos jugadores de ajedrez vivimos más en el mundo de las emociones que en el de la lógica fría que los neófitos observan desde el exterior. En esas emociones, incluyendo la lujuria de ganar, a veces se juega el destino de una partida. Sin embargo, desde el punto de vista del oráculo de Delfos temo decir que muchos jugadores aún son niños: No se conocen a sí mismos y mucho menos al universo y a los dioses. Recordemos cómo lo único que leía Fischer eran las tiras cómicas de los domingos; y cómo Karpov defendía al régimen totalitario de su país antes de las revoluciones de 1989 y la caída del Muro de Berlín.

Llegado este punto, quisiera decir algo sobre el escritor de ajedrez Fred Reinfeld. Aunque en su época no existían los elementos para penetrar el corazón de las almas en pena, al menos Reinfeld hizo un sincero intento de sondearlos. En México se tiende a valorar los escritores europeos y a despreciar a los gringos. Recuerdo lo que decía Octavio Paz sobre la biblioteca de su abuelo, que era rica en escritores franceses y pobre en norteamericanos.

Reinfeld tenía un humilde empleo de burócrata; buscó subir en la escala social y logró comercializarse en Estados Unidos. Pero fue en un libro de Paz precisamente donde leí que lo que se escribe por dinero no tiene ningún valor artístico. No obstante, antes de que se comercializara Reinfeld escribió verdaderas joyas sobre el juego; y creo que un libro como The human side of chess (El lado humano del ajedrez), publicado en 1952, es superior a Los grandes maestros del tablero de Reti en cuanto a visión didáctica sobre lo que es el ajedrez. Esta declaración sonará a terrible anatema a aquellos que sólo conocen el lado comercial de los libros de Reinfeld, pero The human side of chess demuestra que Reti omitió el elemento personal en su análisis del match entre Anderssen y Morphy.

Creo que la crítica de Reinfeld a los “esquemáticos secos” —es decir, a todo comentarista de ajedrez, no sólo a Reti— debe leerse. No digo releerse porque libros como The human side of chess no se leen en México. Al enfocarse en el aspecto psicológico de los campeones, Reinfeld nos confiesa: “Me encuentro totalmente perplejo para entender por qué estas observaciones no se han hecho anteriormente”.

Un solo ejemplo bastará para ilustrar su valoración del match en que perdió Anderssen. El maestro alemán no falló en entender las ocultas leyes de ajedrez (la versión canónica en los textos de Reti). Falló en definir sus partidas bien planteadas con Morphy. Y falló porque no tenía tanto espíritu de rapiña como el americano. Es triste que los seguidores de Reti, incluyendo la afición mexicana, se limiten a repetir el mito de su mentor europeo sin reparos: que Morphy tenía un arma secreta, su conocimiento posicional del juego abierto, el centro y la rápida movilidad de las piezas. La verdad es que Anderssen entendía esos principios por igual.

Algo similar dice Reinfeld sobre el match entre Zukertort y Steinitz, y también es triste que sólo por no haber sido campeón las bellas partidas de Zukertort, quien murió dos años después de su derrota, hayan sido relegadas a la oscuridad. (Para Reinfeld, que escribió en los años cincuenta, los campeonatos mundiales más emocionantes fueron los de Steinitz con Zukertort y los de Euwe con Alekhine.)  Sobre los matches entre Chigorin y Steinitz, los más sangrientos que ha habido en la historia de los campeonatos mundiales, Reinfeld escribió: “Ambos tenían un entendimiento sin paralelo de la naturaleza del ajedrez. Mientras los popularizadores creen que el ajedrez es receptivo al orden, la lógica, la exactitud, el cálculo, la previsión y otras cualidades similares, Steinitz y Chigorin estaban de acuerdo en algo: que el ajedrez puede ser, y frecuentemente es, tan irracional como la vida misma. Está lleno de desorden, imperfección, errores garrafales, inexactitudes, sucesos fortuitos, consecuencias no previstas…”

Es precisamente debido a la falta de insight de los aficionados por lo que un gran campeón como Lasker nunca se ha entendido. Si hay algo que me llamó la atención de su match con Steinitz fue que se defendió en una posición completamente perdida en la que podía quedar con tres peones de menos. Eso sucedió en la séptima partida en que el jovencísimo Lasker disputaba la corona del maduro campeón. Pero Steinitz no lo remató.

Como ha observado Kasparov, la séptima partida estaba muy adelantada para la época (las complicaciones de tipo Mijaíl Tal que incluso una computadora tardaría tiempo en descifrarlas). Por no haberlo podido rematar al aspirante en esa partida ganada, algo que los jugadores sabemos que conlleva a un efecto devastador en la propia confianza, Steinitz perdió las próximas cuatro partidas, el match y la corona. Reti erró en Los grandes maestros del tablero al decir que Lasker jugaba mal adrede para confundir al adversario. Es obvio que Lasker no quiso perder tantos peones en su partida decisiva con Steinitz. Lo que hacía Lasker era, más bien, como diría Nimsovich, “defenderse heroicamente” en posiciones perdidas en las que la mayoría de los jugadores nos sentiríamos abatidos. Y lo hacía, y esto no lo vio Nimsovich, otro teórico seco del juego, porque sabía que si volteaba una posición perdida tendría una ventaja moral sobre su adversario.

Traducido el subtítulo del libro de Reinfeld, dice: La Historia de los Campeones Mundiales; sus Triunfos y sus Ilusiones, sus Logros y sus Fracasos. Aunque sería deseable que el futuro vea la iniciativa de Reinfeld desarrollada a sus últimas consecuencias por nuevos comentaristas, dudo que sucederá entre quienes eluden todo conocimiento de sí mismos.

A veces en mi diario escribo cosas que jamás aparecen en los libros esquemáticos de la Colección Escaques; en los más que secos—desérticos diría—Informadores, o en los asépticos libros de Reti.

Cierta ocasión escribí: “Me estaba cagando de miedo”, literalmente cagando. He escuchado que a otros jugadores les pasa lo mismo. “Al baño, al baño, al baño” me dijo un amigo sobre sus experiencias de torneo. Cuando quise romper el tabú y escribí en el boletín del Club Mercenarios las agonías que revelé arriba, Willy de Winter, uno de los principales promotores del ajedrez en México, malentendió del todo mi iniciativa. Al inicio de la siguiente ronda me preguntó en público “¿Cómo te sientes?”, como dando a entender que sólo yo padecía de tribulaciones, cuando la verdad es que muchos las padecen.

La pregunta de de Winter ignoró que mi iniciativa era simplemente romper uno de los tabúes en literatura ajedrecística: hablar de manera franca y en primera persona del singular sobre nuestras emociones cuando jugamos.

Los legos han sido capaces de ver las emociones de los jugadores, pero no el ajedrecista. En 1922 un periodista de Londres escribió sobre Alekhine: “Es un gigante rubio de facciones enjutas, con cabello que le pasa sobre la frente y varias pulgadas del puño que sobresalen de la manga. Primero hace descansar su cabeza sobre sus manos; hace figuras indescriptibles en sus orejas, aprieta las manos bajo su mentón en lastimosa súplica, se mueve incómodamente en su asiento como perro sobre un montículo de hormigas; frunce el entrecejo, eleva sus cejas, se levanta súbitamente parándose detrás de la silla para obtener una visión panorámica del tablero; vuelve a la silla y, entonces, mientras el doble reloj a su lado hace tic toc inmisericordemente, echa su cabello hacia atrás por milésima vez y mueve un peón, aprieta el botón y anota su jugada”.

Eso es el ajedrez. No obstante, de Winter jamás habla de sus emociones en el semanario de ajedrez que publica, a pesar de que los aficionados lo hemos visto levantarse como Alekhine; poner un pié sobre la silla, el codo sobre su rodilla y la mano en su mejilla cuando se pone nervioso en un torneo: es evidente que fuertes emociones al jugar las padecemos todos, de Winter incluido.

La idea de escribir un diario no sólo es ayudarnos a curar el prejuicio que sólo las mujeres tienen derecho a llorar. Debemos hacer contacto con aquello que los aficionados no sólo callamos a los demás, sino a nosotros mismos. Hacer contacto a nivel profundo con nuestras emociones nos reconcilia con ellas y nos permite madurar. Muchos ajedrecistas, incluso algunos que fueron niños prodigio, se han malogrado precisamente porque no lograron armonizar su cognición con la parte emocional de su psique. El diario íntimo que nadie salvo uno lee es parte de la cura de esta congestión psíquica.

Escriba un comentario sobre sus partidas, poniendo énfasis en las que perdió. Muchos jugadores de ajedrez tienen un ego enorme. Siempre encuentran las excusas más ingeniosas para sus derrotas, y tienden a recordar sólo sus victorias. Parecen guajolotes hinchados de orgullo un día antes que los maten para la cena de Navidad.

Recordemos cómo Fischer rompió con la tradición de Alekhine y Capablanca de contar sólo sus victorias. En Mis 60 partidas memorables Fischer habló con gran honestidad sobre sus empates e incluso sobre algunas de las derrotas que más le dolieron. La idea de escribir un diario es desinflar el orgullo pavorrealesco de los jugadores, es decir, aceptar nuestro nivel de juego.

El diario, como que nos estábamos cagando de miedo, es privado. Pero escribir un comentario no tan íntimo sobre las partidas que hemos jugado, lo que intenté en el capítulo anterior, además de ser saludable podemos fotocopiarlo y repartirlo entre nuestros amigos. Es una gran terapia compartir con otros las razones por las que perdimos, o por qué sufrimos tanto al esforzarnos en arrancar una victoria: algo que otros también me han confesado.

Existen otras ventajas al comentar nuestras partidas por escrito. Cuando transcribí y analicé las cincuentena de partidas que jugué en torneos de los años noventa, ocurrieron grandes sorpresas. Por ejemplo, debido a la baja autovalía por la que cruzaba en 1993 me percaté que abandoné un final de torre de tablas claras con Jorge Martín del Campo. Igualmente, en otra partida que perdí la calidad con negras frente a Fernando Araiza abandoné súbitamente. Diez años después, al ponerle esa misma posición de abandono a Fritz, la máquina jugó consigo una tediosa lucha de más de cien jugadas que terminó en tablas, lo que demuestra que mi abandono fue una tontería. Durante la partida real no me había percatado que, con ocho peones por cada bando, perder la calidad en esa posición cerrada no significaba una ventaja decisiva. Esto lo reconoció Fritz desde la pantalla visual thinking donde ponía el signo “igualdad” o “algo mejor” y no el de “clara ventaja” blanca en las diversas posiciones que jugó a partir de mi abandono.

Asimismo, por años culpé a mi elección de apertura, un ataque Alekhine-Chatard que le hice a Alberto Escobedo en una Francesa, en lugar de fijarme en un error garrafal que, por alguna razón, mi memoria no registró: la verdadera causa de mi derrota. Me había quedado bajo la errada impresión de que Escobedo me había superado limpiamente en una defensa que conoce muy bien. Cuando le puse a Fritz la posición me percaté que, antes de mi blunder, la partida que jugué con Escobedo estaba igualada. De hecho, la partida de Fritz también terminó en tablas.

Cierto que el ajedrez es tan complicado que ni siquiera debemos fiarnos de los análisis computacionales como la última palabra de una posición. En el dominio mágico de Caissa aún la computadora se equivoca, aunque mucho menos que los humanos. Sin embargo, a ritmo de juego lento generalmente es un buena referencia para calibrar una posición complicada que, de otra manera, nos llevaría muchos desvelos desmenuzarla. El Fritz que poseo es un programa sofisticado. Es un estupendo GM esclavo que no sólo juega con nosotros cada vez que se lo pidamos, sino que se le puede forzar a jugar una posición específica para resolver nuestras dudas, como las que tenía sobre mis partidas con del Campo, Araiza, Escobedo y muchos otros.

Aunque el transcribir, analizar e incluso fotocopiar mis comentarios sobre mis partidas y repartirlas entre amigos no sube mi nivel, mejora enormemente mi moral. Pero el conocimiento de uno mismo, de reconciliarse con el pasado y con las derrotas, es una práctica que no se le ocurre a los varianteros: aquellos incautos que devoran Informadores creyendo que, memorizando las variantes, ganarán. La verdad es que me los he encontrado llorando en los campeonatos al enfrentarse a la realidad. Es muy fácil sacar a un jugador de su línea favorita, lo que me mueve a la siguiente sugerencia.

A menos que sea un profesional, estudie aperturas simples; entrenándose con sus amigos o su computadora.

Cuando era un adolescente norteado, como muchos otros padecí de una bibliomanía aguda. Compré docenas de libros de ajedrez, muchos de ellos importados, donde me gasté todo el dinero que había ganado en diversos trabajos. Erróneamente creía que leyéndolos mi juego mejoraría dramáticamente. Ahora sólo poseo dos libros de ajedrez: uno de ellos es el de Capablanca que menciono arriba. Capa, quien a diferencia de muchos ajedrecistas sabía vivir la vida, tenía más libros de cocina que de ajedrez.

Es divertido ver cómo mis oponentes se preparan siguiendo el último grito de la moda en, digamos, la Ruy López Cerrada sólo para verse confrontados con mi simple Defensa Bird que no habían estudiado. En un torneo apertureé a Roberto González con esta mal llamada línea inferior. Mal llamada digo, porque después de que Kramnik le ganara el match a Kasparov gracias a sus tablas con sencillas Defensas Berlinesas que conducen directamente al final, la comunidad de jugadores debiera despertar al hecho de que las intrincadas aperturas que los GMs ponen de moda no significa que los aficionados comunes debamos jugarlas. Recordemos cómo cuando Bobby Fischer conquistó la corona muchos imberbes imitaron sus complicadas Sicilianas Najdorf con la vana esperanza de convertirse en Bobbys, cuando lo sensato es sólo jugar aquellas líneas que comprendemos: una simple Bird o una simple Berlinesa contra la Ruy por ejemplo. Fischer dominaba la Najdorf con gran virtuosismo, pero dudo que los imberbes siquiera entiendan más allá de los fundamentos. Me dio un gusto enorme enterarme que el instructor José Luis Vargas, uno de mis viejos amigos del parque, usó mi idea de la dos veces aplazada variante del cambio, la partida #3 de este libro —una variante fácil de comprender— para que uno de sus pupilines se anotara importantes victorias en los torneos, sacando a sus oponentes de las líneas de moda.

Los aficionados del nuevo siglo se harían un bien al releer a los clásicos del siglo XX. Lasker por ejemplo reprende la manía de aprenderse variantes sin haber entendido el concepto básico, el ABC de una apertura. Por el contrario, libros con títulos mercadotécnicamente llamativos como el de Karpov, Cómo jugar las aperturas abiertas, son antididácticos para el no profesional.

Confieso que la carrera de Anatoli Karpov me causa tanto fascinación como repulsión. ¡Nada me molesta más en ajedrez que Fischer no haya defendido su corona en 1975! Es algo que me irrita a la ene potencia y debió haber sido suficiente para que, desde entonces, me prometiera no volver a tocar un peón. El americano podría haber defendido con éxito su corona en la década de los setenta, en plena guerra fría. ¡Qué espectáculo habría sido! Fischer estaba en su apogeo, y el escuálido Karpov habría sido “sandwichado” entre el temible Fischer de los años setenta y la nueva estrella, Kasparov, quien habría sido campeón en los ochenta.

Aunque Karpov tiene el récord histórico de más torneos ganados, como pedagogo es muy malo. En su libro publicó una Escocesa que jugó con Timann sólo para presumir su victoria. Y publicó otra para excusarse por qué había perdido con esa apertura en su match del campeonato del mundo. Pero la larga serie de análisis de variantes y subvariantes de las partidas que nos pone Karpov nada tiene que ver con el ABC de esa apertura.

Me explico. Después de 1 e4 e5; 2 Cf3 Cc6 3 d4 exd4; 4 Cxd4 Cf6; 5 Cxc6 bxc6; 6 e5 ¿por qué cree el lector que no se juega inmediatamente 6…Cd5 (sino 6…De7)? La respuesta es que, después de 6…Cd5? con 7 c4 y 8 Ad3 las blancas tendrían un fuerte ataque en el flanco de rey. Sin el estorbo de verse las blancas obligadas a defenderse con 7 De2 a 6…De7! en la variante principal, después de 6…Cd5? el alfil en 8 Ad3 se encontraría especialmente bien colocado. Este obispo en d3 es “la letra A” de la Escocesa por así decirlo. Pero en su libro, presumiblemente didáctico como reza el título Cómo jugar las aperturas abiertas, Karpov la omite. Las intrincadas variantes de las partidas que nos presume con otros maestros de su calibre son las letras U, V y W de la Escocesa, no la A. En pocas palabras: lo que juegan los campeones no tiene por qué ser lo que jugamos los jugadores con seiscientos puntos menos de rating.

Entre a la arena. Para el jugador de ajedrez una derrota es como una pequeña muerte. Y no sólo la derrota: a veces sólo el temor de la misma nos aplasta. Jamás olvidaré una imagen de los años ochenta en que tenía temblando a Ibrahim Martínez enfrente de mí—literalmente—en un torneo activo; partida que por cierto perdí. También recuerdo vívidamente las muecas de angustia que en otro torneo le vi hacer a Alberto Campos en una partida contra Arturo Anguiano cuando éste hizo una jugada inesperada. Comenté las terribles muecas con Erwin Araica, quien, como todo jugador de ajedrez, no le dio la menor importancia y me habló en lógica fría sobre la valoración de la posición.

Al final de este libro aparecen los enunciados de la preparación psicológica que esbozo en este capítulo para volver a jugar después de una desmoralizante derrota. Reitero que el programa que presento aquí no significa que aumentará su rating, sólo su moral.

Si alguien decide entrar a la arena, y me refiero a los torneos y a los campeonatos nacionales, debe estar preparado no sólo para la derrota, sino para las tablas de partidas ganadas y para las agonías que algunos sufrimos al fraguar nuestras victorias. Jugar en torneo me evoca una imagen de la película El gladiador en que los luchadores se orinaban en el suelo de la antesala en camino a las asoleadas arenas del Coliseo. Si eso es lo que usted ha decidido, “¡Ave Caissa: los que van a apostar su ego te saludan!”, sugiero que después de cada derrota encuentre consuelo en su diario personal.

También puede comentar sus partidas en legajos, donde no tiene por qué publicar lo más bochornoso. Y no sólo como esas lindas partidas que publico en este libro: es más útil comentar nuestras derrotas. Quizá valga mencionar que mi score en los años noventa en torneos de primera fuerza, incluidos unos torneos activos en Houston, fue de 26 partidas ganadas, 11 empatadas y 17 perdidas. El Club Mercenarios me dio un rating de 2176 (que bajaría a 2109 en un torneo FIDE). A propósito, mis numerosas derrotas están disponibles a quien me las pida.

El objetivo de estos diarios íntimos, comentarios públicos y curas de humildad es conocerse mejor y evitar las dicotomías de la mente: tema que abordaré en el siguiente capítulo. A muchos la ventana de oportunidad se nos pudo haber pasado, pero podemos seguir jugando por diversión.

Published in: on November 24, 2013 at 11:46 am  Leave a Comment  

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