Capítulo  1

En pos de un rey metafórico

Al principio de la lucha ajedrecística se debe aspirar a ganar espacio y material; pero todos los esfuerzos se dirigen, en el fondo, a la consecución del mate, a la idea de capturar la pieza enemiga más importante. Y no importa lo altos que sean los sacrificios de material, espacio y tiempo necesarios para obtener dicho objetivo. Por eso el ajedrez es tan útil, por eso resulta tan atrayente; porque evoca (a veces de manera inconsciente) la aspiración del hombre a un ideal, la alegría de sacrificarse por una idea. —Alekhine

Zweig no estaría de acuerdo con Alekhine, quien fuera campeón del mundo de 1927 hasta su muerte. En su novelette Una partida de ajedrez ve las cosas de manera inversa al epígrafe de Alekhine, y no resisto la tentación de citarlo una vez más: “Cuán difícil y aun imposible resulta imaginarse la vida de un hombre intelectualmente activo para quien el mundo se reduce de un modo exclusivo a la estrecha vía entre blanco y negro…; un hombre, un ente espiritual que, sin volverse demente, dedica en el transcurso de diez, de veinte, de treinta y aún de cuarenta años, una y otra vez, toda la elasticidad de su pensar al ridículo afán de perseguir un rey de madera sobre un tablero de madera”.

Zweig tenía razón. La vida del ajedrecista común rebasa la mera intoxicación del juego: es un encierro en una concha de caracol que debe tener motivos recónditos no entendidos por los ajedrecistas mismos. Pero para desentrañar esos motivos no tengo más remedio que analizarme a mí y a mis rivales comenzando por algunas de las partidas que he jugado. Este librito no sólo está escrito para el aficionado. Si el lector no es jugador de ajedrez puede ignorar la anotación algebraica de las partidas que aparecen en este capítulo y leer exclusivamente mis comentarios literarios. [Nota de 2013: en este blog he eliminado el registro de las partidas]

Se me dirá que se aprenderá muy poco estudiando mis partidas o las de cualquier otro jugador que no sea un GM: un Gran Maestro del tablero. Dudo que eso sea verdad. Las derrotas que nos causan humillación las experimentamos todos: campeones, maestros, jugadores del club y aficionados comunes; y la mejor terapia, tanto para el profesional como para el amateur es meditar, y eventualmente escribir, sobre lo que nos ha lastimado.

Presento tres partidas que jugué con seres humanos; una que jugué con mi computadora, y otra que dos que mis viejos amigos jugaron hace mucho entre ellos. [Nota de 2012: en realidad, seudoamigos] Respecto a las que jugué con humanos, los aficionados sabemos que cae muy gordo que un no GM publique sus victorias, y confieso que lo hago con rubor. Pero no es el contenido ajedrecístico de esas partidas, sino el psicológico, lo que me atañe; y no puedo escribir un testimonio confesional sobre una mente ajena. Sí puedo, en cambio, hablar de mí mismo: de mis emociones y sufrimientos durante esas partidas.

Las papeletas de las partidas que jugué en los torneos durante mi adolescencia y veintes se han perdido. En esa época cruzaba por una gran tormenta familiar y me deshice tanto de mi biblioteca de ajedrez como de mi equipo: una historia que he escuchado de otros jóvenes. Fue precisamente debido a los problemas en el hogar por lo que, como muchos otros, me refugié en las faldas de Caissa. No conservé mis partidas juveniles de los torneos, cuando realmente me enamoré de la diosa del ajedrez, por la sencilla razón de que mis problemas familiares ahogaban todo interés de conservarlas. Dos de las partidas recogidas aquí las jugué a mis treintas, cuando la tormenta familiar había pasado.

Mi propuesta en este capítulo es invitar al jugador a hablar de sus emociones a través de sus propias partidas. El aficionado podrá jugar con mucho más confianza después de analizar formalmente esas emociones, de conocerse un poco mejor. Es una terapia no sólo sobre nuestras derrotas y descalabros: también tenemos que explicarnos por qué algunos jugadores de ajedrez sufrimos tanto al arrancarle al oponente una victoria.

Las causas por las que el ajedrecista sufre son complejas. Al carecer de toda endospección o insight, Carlos Torre estropeó su carrera ajedrecística apenas iniciada. Al final del libro veremos que la tesis de la que parto, algo que muchos ajedrecistas profesionales y aficionados evaden, es el conocimiento de cómo fuimos tratados por otros. Ese saber proscrito resulta en que los jugadores nos refugiemos en Caissa.

Apenas se ha intentado escribir sobre la psicología del jugador de ajedrez desde las vivencias internas de un aficionado. Y menos aún se ha tratado de explicar la causa de la intoxicación del juego en base a las experiencias en la infancia haciendo a un lado las sofisterías sobre la mente humana que se pusieron de moda el siglo pasado y continúan en el presente. De los aficionados que conozco nadie toma en serio, por ejemplo, el estudio del psicoanalista Reuben Fine, Psicología del jugador de ajedrez. Fine alega que el simbolismo fálico del juego es patente: que el rey representa al pene; el mate, a la castración, y otras sublimes tonterías. El mismo Ernest Jones, el acólito más ortodoxo de Freud y un gran aficionado al ajedrez, especula estúpidamente sobre “la madre y el pene paterno” al abordar el simple hecho del cambio de la figura del gran visir en reina cuando el juego se transformó en su paso del mundo árabe a Occidente.

Es con el deseo de mostrar al jugador desde adentro, más que desde teorías analíticas de nulo valor, por lo que presento mis confesiones íntimas, así como algunas observaciones sobre mis oponentes.

1    César  –  Marco

El parque que me acogió

Esta partida fue jugada en un lugar que me evoca gran nostalgia: un parque donde jugaba ajedrez en la Colonia del Valle de la Ciudad de México. El parque me acogió en mi adolescencia cuando huí de una familia y escuela en extremo abusivas; y era un lugar distinto a los parques públicos donde solía refugiarse el lumpen marginado a jugar ajedrez y dominó. Cierto que al ser repudiado por mis padres me encontré tan marginado como ellos, pero en el Parque de Las Arboledas se respiraba un nivel cultural muy distinto del de las carpas de la perdición que pululaban en el centro de México. Fue ahí, en ese entonces despejado parque lejos de la plebe, donde realmente aprendí a jugar al ajedrez.

[partida omitida]

Marco quitó tanto su rey como mi reina del tablero en señal de abandono. Tan indignado quedó por la derrota que apenas si comentamos el postmortem, y a paso veloz se fue al metro División del Norte mientras, ingenuamente, quería hablar con él después de tanto de no verlo. Pero para ser justo con el viejo amigo debo decir que el día siguiente, ya pasados sus severos humos, me confesó “¡Jugaste muy bien!”

Quisiera decir que conocí a Marco en 1975 jugando una partida en Arboledas que, por cierto, me ganó con negras. Fue un gran amigo [nota de 2012: ahora veo que eso no fue cierto en modo alguno; en 2004 aún me engañaba respecto a lo que ahora sé fueron seudoamigos], pero como él decía ocasionalmente, llegaría el día en que “se multiplicaría por cero”.

Efectivamente, desapareció: nadie sabe qué fue de él. Confieso que muchas veces en que, durante mis caminatas por el parque, no puedo sino imaginarme que Marco se encuentra sentado en una de las bancas de cemento donde jugábamos. Pero las mesas de piedra siempre están vacías… (tengo la esperanza de que, cuando se publique, este libro sea el vehículo de contacto con el viejo amigo).

Además de la publicada, duele que otras de las partidas que jugué con Marco y mis amigos del parque no se hayan conservado. Cómo me gustaría poseer, por ejemplo, aquella partida “histórica” en la que, jugando ambos a ciegas, le gané a Gerardo Brauer en 1978: partida que ameritó una apuesta entre mis admiradores del parque y los de Gerardo. También quisiera poder reproducir, en privado, aquella partida de cinco horas que le gané a Enrique Legorreta delante de su novia, o las que le gané a Gilberto Rangel en un match que él y yo jugamos en mi casa, o los gambitos Volga que con las piezas negras le hice a Fernando Pérez Melo… Sólo Toño Galán se tomó la molestia de transcribir algunas de las partidas que jugó en nuestro parque-oasis dentro de la selva de asfalto que es la Ciudad de México. Gracias a su iniciativa ahora puedo, veinte años después, presentar una de las que jugó con Gilberto.

2    Gilberto  –  Toño

El amigo que nunca fue

Se supone que los hombres debemos ser muy duros, los tough guys del cine de Hollywood: que no lloramos y que enfrentamos a solas nuestro dolor. Este código conduce a los varones a buscar consuelo en el juego; el alcohol, las drogas o los bálsamos para el aguijón interno. Gilberto Rangel, uno de los hijos del parque que más se arrojó a las faldas de Caissa, lucía una cicatriz permanente en la cara causada por un plato que le aventó su madre. Jamás supe de alguien en el parque que se le acercara a hablar del maltrato que sufría en el hogar. El jugador es capaz de sentarse años enfrente de su oponente sin enterarse de nada sobre su persona. El objeto del tablero entre tipos duros es funcionar como una barrera de incomunicación.

Aquí veremos qué me pasó cuando quise romper ese código de incomunicación entre jugadores de ajedrez.

[partida omitida entre Gilberto y Toño]

En tiempos en que se jugaron las partidas de arriba me distancié de Toño: uno de los aficionados más perspicaces que he conocido.

Al igual que lo que Gilberto necesitaba, lo que en ese entonces yo necesitaba era un amigo que pudiera escucharme sobre el enorme problema que tenía en el hogar. Pero no tuve a nadie… y cuando me atreví a tocar el tema con Toño, éste se fue a quejar de que “todos teníamos problemas”, en sentido que mi postura era egocéntrica. Según me llegó el chisme, Toño añadió que él era un amigo mío “sólo para hablar de ajedrez”.

Si realmente dijo eso, estaba equivocado. Yo no era egocéntrico. La prueba está en que los problemas familiares de Toño con sus hermanos no eran tan graves como para impedirle hacer carrera. Los míos, sí: mis padres no me pagaron la carrera que deseaba y me quedé sin profesión. El que una realidad tan elemental sea imposible de comunicar entre amigos habla pestes de la psicología del jugador.

Precisamente porque nuestra sociedad nos tiene prohibido llorar a los hombres, o tener un confidente íntimo, Roger Bayde, otro de nuestros viejos amigos del parque, se suicidó. Roger venía arrastrando un trauma con su madre desde su infancia, pero nadie lo pudo escuchar.

La historia de Roger no es un caso aislado en el atribulado reino de Caissa. Un hermano de Iván Rojo, quien llegó a ir al parque, se mató de un balazo enfrente de su papá. De hecho, Iván mismo quedó psíquicamente trastornado debido al vapuleo que le propinó el padre. Cierta ocasión vimos cómo un señor con sombrero apareció en el antiguo Café Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo para arrastrarlo de los pelos al sacarlo: la única vez que vi a su papá. Si así lo maltrataba en público ¿cómo lo haría en privado?

Podría mencionar otros casos de jugadores de ajedrez que, como Iván, Roger y Gilberto, fueron vapuleados por sus padres y se malograron en la vida. Pero no es necesario. Más bien, y aunque tardíamente, quisiera responderle al amigo que nunca fue: Qué daría para que entre amigos hubiera un poco más de comunicación, y un poco menos de ajedrez…

3      César  –  Jesper

¡A la chingada con el ajedrez!

Esta fue la primera vez que perdió Jesper Norgaard después de que este danés emigrado jugara tres meses en el Club Mercenarios. Al finalizar todos me dieron la mano, cosa que me llenó de satisfacción, en especial la felicitación de Héctor Busto. Incluso Ricardo Ramírez Honey publicó la partida en el periódico. Pero no es esa la razón para recogerla aquí, sino las agonías que anotaba en vivo durante la partida.

Aunque gané, de lo que nadie se enteró y que sólo ahora lo confieso, en mi diario del día siguiente anoté mis agonías:

[partida omitida]

¡Ay!:  ¡Qué duro!  Hubo momentos de ofuscación, sufrimiento y, obvio, de “fantasmas” como ese D-d1 que vi pero que mi caballo lo impedía… Muy molesto. De nada me sirvió escribir mis agonías durante la partida, que supuestamente era para aliviar el estrés. Lo que sí me alivianó algo fue hablar con Jorge Aguirre; platicar de cualquier cosa.

Espero que para la próxima partida no me ponga así. Es claro que la causa del estrés es el deber de ganar una posición ventajosa y la paranoia de cometer el error. Pero es sobre todo la autoobservación interna por los mirones lo que dispara el estrés. ¿Cómo lo evitaré en la próxima?

Debo intentar algo o es masoquismo puro cada torneo.

¡Qué alivio de tensión una vez que mi rival abandonó! En casa me gusta recordar que hayan visto mi ataque y victoria (pero en su momento fue un tormento extremo). Se cambia de signo. El tormento pasa a ser gloria.

El escritor español Fernando Savater declaró en una entrevista: “Creo que el gran secreto del ajedrez, lo que lo hace tan superior a otros juegos de lógica, está en su tremenda intensidad. Este juego compromete el ego de la persona. Un jugador de cartas puede sentirse afectado porque ha perdido mucho dinero, pero no se ha apostado a sí mismo, que es lo que hace el jugador de ajedrez. En este sentido, el ajedrez puede ser peligroso”.

A Javier Anaya del Mercenarios le debo la comparación del ajedrez con el alpinismo, donde también se sufre horrores aunque los alpinistas continúan escalando montañas, y el único goce es recordar la hazaña ya en casa y con las manos calentándose cerca de la chimenea.

Desde afuera aparentamos ser científicos entregados a un juego de pura lógica, la verdad es que al jugar nos retorcemos en el magma de las emociones. El color del ajedrez no es el blanco y el negro que ven los mirones, es el rojo escarlata.

4   Manuel  –  César

En pos de un rey metafórico

Incluyo esta partida sólo porque me produce un enorme placer reproducirla en casa, a salvo de las agonías de la lucha en vivo. Aún después de tanto tiempo de haberla jugado me regodea ver cómo crucifiqué al pobre rey blanco en la primera fila del tablero. Como en las partidas en que derroté Norgaard e incluso a mi amigo Marco, el ataque directo al rey es lo que mayor placer nos causa. No en la tortuosa partida en vivo, claro está; sino a salvo en casa, con bellas piezas Staunton de madera, y con la chimenea de nuestra sala encendida.

 [partida omitida]

Los jugadores de ajedrez somos sádicos. Muchos fuimos maltratados de chicos por nuestros padres y, como debemos honrarlos, nos desquitamos con chivos expiatorios. Lo máximo de nuestra existencia es un ataque al corazón del rey enemigo.

En el programa televisivo Pensar México que vi el 12 de noviembre de 2007, quien organizó el Campeonato Mundial de ajedrez en ese año jugó con un reo en su celda, encerrado por asesino. El reo ganó y le dijo: “¡Se siente igual que matar una persona!”

Mi ídolo de la adolescencia, Alekhine, le pegaba a sus mujeres y padecía ataques de violencia. Una vez que perdió una partida destruyó unos muebles de su hotel y en ocasiones arrojaba su rey al otro lado del salón.

Un periodista norteamericano le preguntó al ex campeón Spassky, de estilo influido por Alekhine, si creía que el joven Seirawan, entonces la promesa de Estados Unidos, conquistaría la corona. Spassky respondió que lo dudaba; y añadió que para llegar a campeón del mundo es necesario ser una suerte de ave de rapiña; de asesino en potencia: un don que no todos los ajedrecistas tienen.

En ningún otro juego o deporte los jugadores hablan de “matar”, “destruir” o “hacer pedazos” al oponente como en el ajedrez (recuérdese mi citado diario: “Siempre había querido matar a Marco con un sacrificio de dama” [frase omitida en este blog dado que no reproduje nuestra partida]). De hecho, el tipo de ajedrecista al que se refiere Spassky jugamos precisamente con el fin de engendrar el placer morboso de ver doblado al enemigo ante la potencia de nuestro intelecto. Fischer dijo con razón: “El placer más grande es destrozar el ego del adversario”.

Algunos psicólogos sin escrúpulos les insertan electrodos a unas ratas en el centro del placer del cerebro. Luego las acondicionan a apretar un botón para recibir una estimulación ultra-gratificante. Las ratas con electrodos implantados se vuelven adictas al placer infinito; tanto así que dejan de comer y, cuando les ponen un suelo metálico donde recibirán un fuerte shock eléctrico en caso de pisarlo, gustosamente lo hacen a fin de tocar el botón y masturbar artificialmente sus neuronas. ¡Qué importa el tormento si lo que se persigue es la absoluta gloria de ese momento!

Los jugadores que conozco aprecian mi metáfora de la silla eléctrica [una vez más: comentario omitido dado que aparece entre líneas dentro de la notación algebraica de mi partida con Norgaard]. Dicen que es acertada para ilustrar el gambito que en la vida hacemos al jugar en torneos. Al igual que yo, han sufrido horrores en una sala de juego que a veces parece cámara de tortura. Pero les resulta inexplicable el aparente masoquismo de suscribirse fielmente al próximo torneo. Estos adictos al juego, sin endospección alguna sobre lo que les hicieron de chicos, deben tener un enorme móvil de venganza que los compele a ir a la caza de un rey metafórico.

No podemos tocar a quienes nos dieron la vida. Pero en el juego podemos crucificar de cuando en cuando a nuestro oponente.

5   Chessmaster  –  César

HAL 9000 y el hombre

Esta última partida no la jugué con un ser humano.

Cuando juego con mi computadora me parece una lucha tan desigual como competir en aritmética con una calculadora. Como le dijo el matemático John von Newmann a Jacob Bronowski, el ajedrez no es un juego: es una forma especial de computación. Pero antes de Newmann, Lasker ya había intuido que un ente “que pudiera mantener en mente millones de variantes no tendría necesidad de planeación”, de la teoría. La teoría de ajedrez es una muleta de mortales. La máquina que ve millones de acciones nos muestra la quintaesencia del ajedrez no en su faceta escarlata, sino en la de lógica pura y desalmada.

A mis quince años fui con mi papá a visitar a Robert Hartman a su casa en Cuernavaca, quien jugaba ajedrez, y llevé mi libro favorito de Alekhine: el de las bellas partidas de su juventud. Hartman nos dijo que la máquina nunca le ganaría al hombre “porque era el hombre quien la programaba”. Como todo filósofo alemán, Hartman estaba equivocado. Esta partida, y a otro nivel las partidas de Kasparov con Deep Blue y Fritz, debieran movernos a los humanos a una cura de humildad.

 [partida omitida]

Ahora, treinta años después de haberla reproducido por vez primera, entiendo la Defensa Francesa entre Capablanca y Reti jugada en Nueva York, 1924. Capablanca, a quien por cierto lo apodaban “La máquina de ajedrez”, jugó 9 Dd2 en lugar de mi error perdedor [explicado en la partida omitida] y ganó bellamente.

Jugué esta partida con Chessmaster 8000, aunque tengo entendido que la última versión del programa es la 9000. Kubrick era un aficionado del ajedrez. Recuerdo una fotografía en que se le ve jugando en un descanso durante la filmación de una de sus películas. En la biblioteca que viene en el programa de Chessmaster puede leerse: “En el filme de Stanley Kubrick 2001: una odisea del espacio la supercomputadora HAL 9000 enfrenta al astronauta Frank Poole en un juego de ajedrez en ruta a Júpiter. Aunque en la película sólo se ven las últimas jugadas, el inicio de la partida ha sido reconstruido aquí. Indudablemente Frank y HAL jugaron la Ruy López de Segura”, la famosa apertura del jugador español del siglo XVI.

Una vez que tengan alma, quizá la computadora esté destinada a destronar al hombre, y no sólo en ajedrez, sino en otros ámbitos. A continuación transcribo la partida entre Frank Poole y HAL 9000, una computadora con alma, jugada en la nave Discovery con el trasfondo de la elegíaca música de Kachaturian:  1 e4 e5  2. Cf3  Cc6   3. Ab5  a6  4. Aa4  Cf6   5. O-O  Ae7  6. De2  b5   7. Ab3  O-O  8. c3 d5   9. exd5 Cxd5 10. Cxe5 Cf4  11. De4  Cxe5 12. Dxa8 Dd3  13. Ad1  Ah3  14. Dxa6 Axg2 15. Te1  Df3  16. Axf3 Cxf3 mate.

Published in: on November 24, 2013 at 11:48 am  Comments (5)  

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5 CommentsLeave a comment

  1. Hola Cesar en algún tiempo por allá de 1976 llegamos a jugar, en La Arboledas, es posible que recuerdes al Sr. Cervantes, aun recuerdo una expresión tuya a una jugada fuerte : ” que duró la mete”.
    Un saludo donde te encuentres.
    Salvador (chava).

    • Hola Salvador. Qué sorpresa. También me invitaste a tu dpto. de la Narvarte, colonia donde yo viví hasta 1978. ¿Quién fuera a decir que alguien me recordaría hoy al señor Cervantes? Saludos.

      • Vives todavia en méxico.? Aun frecuento Las Arboledas, el Starbucks que ahi se encuentra,, a ver si algun dia coincidimos . Me daria mucho gusto saludarte personalmante.
        Escribes muy bien.
        Saludos

      • Sí: estoy en el DF. También me daría gusto recordar viejos tiempos. Puedes hablarme al 5655-****, pero pide hablar con “César hijo” (o te comunican con mi muy anciano padre con cáncer, a quien estos días mi hermana y yo lo cuidamos).

        Una vez que anotes el teléfono lo borraré de este comentario…

      • ok anotado, me comunico despues.


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