Querido Chechar,

(Cortado y pegado desde mi blog en inglés):


La respuesta (y la amenaza) de un tal Roger a tu traducción de mi comentario me obliga a añadir estos fragmentos extraídos de este post:

En primer lugar, una precisión conceptual: los pueblos originarios o primitivos no tienen religión, tienen cultura. En este estadio, y hasta la aparición de las llamadas religiones de salvación universalistas (algunas de origen semita, y otras de origen indoeuropeo—hinduismo, budismo…), la cultura de un pueblo es su religión.

Sabido es que el concepto “religión”, latino, en su origen indicaba el grado de religación (vínculo) y de cuido que un ciudadano tenía con sus propias tradiciones. Se era más o menos religioso, esto es, se estaba más o menos vinculado, ligado, a las propias tradiciones. El concepto “negligencia” tiene que ver justamente con el descuido absoluto de tales tradiciones, con el des-ligarse de tales tradiciones (Ortega, si mal no recuerdo, hizo en su momento algunas observaciones  sobre estos conceptos).

Los sacerdotes cristianos se apropiaron y distorsionaron este término, y lo aplicaron a su sola tradición. Se era más o menos religioso si se era más o menos “cristiano”, y las manifestaciones religiosas (de respeto) hacia las propias tradiciones fueron prohibidas y penadas, como se sabe. La  “religión” como una parte de la cultura o como independiente del resto de la cultura, surge, pues, cuando la cristianización de los pueblos europeos. La tradición extranjera que se nos impuso absorbió, atrajo hacia sí toda la religiosidad de que éramos capaces; se convirtió en el único “objeto” religioso para nuestros pueblos, en la única tradición hacia la que, legalmente, podíamos tener sentimientos “religiosos” o vinculantes.
Se convirtió además en la única tradición vinculante, o simbólica, para los diversos pueblos europeos. Siguiendo esta lógica, el concepto “sagrado” fue relacionado exclusivamente con lo judeo-mesiánico, y todo lo otro (lo que no pudo ser eliminado, los restos de las antiguas tradiciones), fue considerado como “profano”.  Se apropiaron de estos términos y los reinterpretaron, simplemente—el  nuevo orden judeo-mesiánico, los nuevos señores…

No se trata de repetir, como pretenden los tristes neo-paganos. Hasta el término resulta incorrecto e insultante, pues no se trata de paganismo (nunca hubo tal cosa), sino de culturas indoeuropeas pre-cristianas: germanas, celtas, griegas, romanas y demás. El término pagano, como dije más arriba, tiene que ver con los cultos campesinos (aquí sí viene bien tal término) romanos. Fue usado peyorativamente por los sacerdotes de “divinidades extranjeras”; viene a decir salvaje o silvestre (heide, creo recordar, en alemán), inculto, pueblerino y “semas” relacionados. Es una recuperación in memoriam lo que yo pretendo; un tener en cuenta nuestras ancestrales tradiciones, y un anteponerlas a otras. Se trata de reivindicar las culturas europeas pre-cristianas, o las culturas indoeuropeas, o las culturas aryas, simplemente, y usarlas en la educación “religiosa” (religante, vinculante) de nuestros infantes (extraer de ese fondo los ejemplos éticos colectivos). Una paideia basada e inspirada en nuestras propias culturas ancestrales, y no en culturas ajenas (como es el caso desde hace casi dos mil años). Así como los griegos usaron a Homero. Esto puede ser un principio; el principio del retorno.

De este otro post extraigo lo siguiente:

Estos apóstoles de dioses únicos nos insultan con su prédica y sus sofismas cuando discuten desvergonzadamente nuestras tradiciones; nos ofenden cuando niegan o censuran nuestros dioses o nuestros principios sin el menor respeto. Estos necios, estos conversos, estos infieles. Es una ofensiva contra nuestras tradiciones culturales todas; una ofensiva en toda regla contra nuestras señas de identidad. Estos ignorantes que amenazan con borrar de un manotazo siglos, milenios de cultura. Pero, ¿qué juego es éste? El más siniestro, el más tenebroso de todos; el juego del único dios.

No se trata de politeísmo. Ni de religión, exclusivamente. Se trata de cultura, y éste término lo abarca todo, esto es, todo el ámbito lingüístico-cultural de un pueblo, todo su mundo simbólico; todo su cielo, vale decir. La cultura de un pueblo es su religión, pues es la cultura la que religa a un pueblo y le hace uno. Si perdemos este cielo perdemos nuestra alma, perdemos nuestro ser simbólico milenario, ancestral. Tengamos en cuenta que nuestra edad es la edad de nuestra cultura, somos tan viejos y tan sabios como ella. No nacimos ayer, con el islam; ni antes de ayer, con el cristianismo.

Por lo demás, es un deber el que tenemos con nuestros Padres, con nuestros Manes; el deber de perpetuar su memoria y preservar su legado. Y en el cumplimiento de este deber consiste la fidelidad.

Deserere Patriam y Sacrae Patria desererem (abandonar a los Padres, desertar de los Padres) eran expresiones usadas por los romanos para referirse a aquellos que abandonaban las ancestrales tradiciones heredadas y adoptaban una extranjera (se cristianizaban, por ejemplo), pues en esto consiste la infidelidad; y no hay otros infieles que aquellos que tal cosa hacen. El abandono de su familia, de su gente, de su pueblo, de su sangre, de sus antepasados… Ese abandono, esa deserción, esa traición. Ese acto vergonzoso, indigno, reprobable.

Dicho sea de paso, términos como pagano, idólatra, infiel y similares, usados exclusivamente por judíos, cristianos, y musulmanes para referirse al resto de las culturas, tienen la función de anular o borrar las diferencias entre las peculiares y diversas culturas del planeta, de negar la entidad misma de tales culturas. Son conceptos negativos y destructivos. A un cristiano o un musulmán no le interesa la cultura otra; para estos el mundo está dividido en cristianos y paganos, o en musulmanes e infieles. No hay, pues, armenios, persas, griegos, romanos, germanos, egipcios, chinos, indios y demás, sino paganos o infieles. Estos términos no son ni descriptivos, ni ilustrativos, ni informativos, por supuesto; no dicen absolutamente nada acerca de las culturas así denominadas—cuando se aplican por igual a egipcios y a griegos, pongamos por caso (lo único que dicen es que tales culturas no son, o no fueron, ni judías, ni cristianas, ni musulmanas).

De ningún modo son términos adecuados para que una cultura se refiera a sí  misma. Los términos adecuados son cultura griega, egipcia, china, india, o japonesa. Decir que un pueblo ha dejado de ser pagano (para hacerse cristiano o musulmán) es decir que un pueblo y una cultura han dejado de ser, que han dejado de existir (lo que, en efecto, les sucedió a muchos).

Aplicar el término “pagano” a los egipcios, a los fenicios, a los griegos, a los caldeos… a los numerosos pueblos milenarios del entorno era una manera de destruirlos; de destruir su diferencia, su particularidad; de hacerlos indistinguibles. Primero había que renombrar al oponente; desdibujarlo, desrealizarlo, deshumanizarlo. El resultado es una masa confusa, amorfa, sin identidad, que es lo que se pretendía. Contra esta masa “pagana”, y ni siquiera humana, se hacía la guerra. Entonces como ahora.

Completamente desafortunado es el uso de términos como “neopagano” o “neopaganismo”, que algunos  grupos adoptan para sí. En estos grupos se habla incluso de “matrimonio pagano” y cosas semejantes. Como si el paganismo hubiese sido alguna vez una religión, o una cultura, o un conjunto de prácticas. El término “pagano” es latino y quiere decir “campesino”, y sus cultos son los únicos que podemos llamar con justicia paganos, esto es, cultos campesinos. Estas tradiciones no representaban sino una parte del mundo religioso-cultural romano; componían una región, un sub-espacio en la compleja cultura romana.

A estos “neopaganos” les digo que quizás sean más apropiados términos como neo-griego, neo-celta, neo-germano, neo-romano  y demás (neo-egipcio, neo-persa…). Tal vez, en el futuro, neo-europeos, o neo-indoeuropeos.

Cristianos y musulmanes denominan, sin el menor pudor, a los períodos pre-cristianos y pre-islámicos de los pueblos a cristianizar o islamizar como “era del pecado” y “era de la ignorancia” respectivamente.

La crítica del politeísmo no es más que una excusa. En cada medio se usa una retorica diferenciada. Allí es el politeísmo, aquí es el ateísmo o el laicismo. Es una guerra abierta (fría y caliente) contra el resto de las tradiciones culturales.

Los pueblos cristianizados o islamizados hemos sido privados de nuestra historia, privados de la evolución natural de nuestras tradiciones. Nuestro devenir propio ha sido usurpado. Hemos tenido una historia impostada, una historia cristiana o musulmana. Estas ideologías han dirigido nuestra creación literaria, arquitectónica, científica, filosófica, o musical. Durante siglos los temas o personajes bíblicos o coránicos han llenado nuestra literatura, nuestra arquitectura (templos dedicados a divinidades extranjeras), nuestra música… Nuestra Edad Media europea, por ejemplo; no encontrarás en los vitrales o muros de templos, catedrales, o mezquitas a nuestros personajes históricos o legendarios, o  nuestros pensadores; o los hitos de nuestra propia historia. No son, pues, lugares de culto para los europeos milenarios, sino para los cristianos o los musulmanes.

Durante cientos de años nuestro genio se vio obligado a expresarse en términos ajenos a su ser. Hay que pensar en la literatura, en la música o en la arquitectura que hubiéramos tenido si no hubiéramos sido dominados por una ideología / cultura extranjera; si hubiéramos seguido siendo persas, griegos, germanos, eslavos…

También las distinciones conceptuales entre sagrado y profano, o religioso y civil fueron introducidas o reelaboradas por los sacerdotes de divinidades extranjeras. Lo profano y civil era lo propio, restos de la antigua cultura que no pudieron ser destruidos, o que la ideología extranjera no aportaba. Lo sagrado o religioso se reservaba para la ideología / cultura extranjera (judeo-mesiánica o musulmana).

En la hora actual, y con relación a Europa, cristianos y musulmanes compiten de nuevo por nuestras almas, por nuestras conciencias, pero también por nuestras tierras. Cada cual con su estrategia. Ambos quieren el poder, y el poder absoluto. El dominio de cuerpos y almas, de mentes y voluntades. ¿Quién lo conseguirá? El final es una Europa cristiana o una Europa musulmana (o ambas cosas, se la repartirán). La Europa europea es ignorada o desconsiderada por unos y por otros: la Europa pre-cristiana y pre-islámica, y la de los últimos doscientos años, tras la caída del Antiguo Régimen y las revoluciones políticas y jurídicas americana y francesa; la Europa emancipada, la Europa renacida. No contamos para nada—ni nosotros, ni nuestra historia, ni nuestras culturas. Somos, para unos y para otros, presas; espacio que someter, que dominar—en la tierra y en el cielo; el medio geográfico y humano a conquistar.

* * *

Espero que estos textos contribuyan a aclarar la mente de aquellos que nos amenazan por seguir siendo fieles a la memoria y a las tradiciones de nuestros antepasados, que son probablemente también las suyas. Con el abandono de sus propias tradiciones y su conversión han perdido también la dignidad, el honor, y la vergüenza. Basta escuchar sus palabras (sus amenazas y, cuando tuvieron el poder, la muerte de sus oponentes). La cristianización (y la islamización) de los pueblos no ha dejado más que muerte y destrucción por todo el planeta. Hemos perdido cientos de pueblos y culturas. Se hace casi imposible la reconstrucción del pasado espiritual y cultural de la humanidad. 

Estos infieles carecen completamente de conciencia, de vergüenza, y de pudor. No sé cómo se atreven a hablar después de su sombría, de su tenebrosa y criminal historia.

Despertad. Volved a casa, volved con los vuestros. Esto es lo que os pido.

Hasta la próxima,

Manu

Published in: on April 5, 2013 at 2:34 pm  Leave a Comment  

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