La causa de la locura de Hubbard

Bueno, papá estaba loco como una cabra. – Ron Hubbard Jr.

Hubbard desarrolló su técnica por el deseo oculto de que alguien lo tratara. El hecho de que se preocupara tanto de engramas prenatales y vidas anteriores denota una evasión del problema. Divagar en esos temas fue un artilugio para eludir su pasado: un pasado que sólo vislumbraron sus más íntimos confidentes. Ron Hubbard Jr. escribió algo sobre los casos que aparecen en Dianética, el libro más vendido de su padre:

Leer estas “historias de casos” me hace sentir mal. Parecen revelar más acerca de mi padre que de la gente que supuestamente estudió. Desde hace mucho he sido capaz de enfrentar el hecho de que, independientemente de la funcionalidad de la terapia en Dianética, las vergonzosas y terribles “historias de casos” eran en su mayoría ornamentos de sus propias experiencias.

El concepto hubbardiano de “persona supresiva”, frecuentemente abreviado SP por sus siglas en inglés incluso por cienciólogos hispanohablantes, es central en su doctrina: un intento velado de Hubbard de hablar de sus padres, especialmente de su madre. Pero jamás se atrevió a escribir de sus dolores tempranos. Estaba atrapado en su época. La denuncia de los malos tratos parentales inició a mediados de la década de los setenta. Para entonces Hubbard ya estaba prematuramente viejo. Había pasado su vida adulta en mecanismos elusivos de defensa: técnicas que no sacan a la luz pública, sino que entierran, el dolor de la niñez. En los escritos de Hubbard “persona supresiva” significaba originalmente alguien estancado en un evento traumático del pasado que, sin saberlo, impone a otros. El supresivo intenta manejar un desastre ocurrido tiempo atrás, por lo que trata a sus cercanos como si ellos, no los agresores reales fueran las traumáticas situaciones de esos tiempos.

Los padres de Ron:
Ledora May Hubbard
y Harry Ross Hubbard en uniforme de la marina

Debo decir que, a diferencia de otras ideas hubbardianas, este concepto no es un desatino. Es una observación aguda de la mente humana. De hecho, los estudiosos de padres abusivos han llegado a idénticas conclusiones. No obstante, la patología de Hubbard estriba en el hecho que él mismo solía comportarse como un supresivo. Por ejemplo, la manera en que sus padres lo trataron de adolescente repudiando su vocación de escritor lo repitió Hubbard con Quentin: repudiar su vocación de piloto aeronáutico. Quentin había querido alejarse de la religión que creó su padre. Hubbard quería que su hijo hiciera carrera en la iglesia y ascendiera en la escala jerárquica. Quentin cayó en una depresión al grado de intentar suicidarse con píldoras (historia que me recuerda la película La sociedad de los poetas muertos). En vez de entender la señal de alarma, Hubbard revictimó a su hijo confinándolo a su cabina por tres semanas. Luego lo asignó a un proyecto de castigo de invención suya llamado Rehabilitation Project Force.

En México, y en otros países también, los cienciólogos generalmente no traducen este concepto: lo denominan por sus siglas. La RPF es un castigo que se aplica a los miembros de la Organización el Mar (a los empleados comunes se les disciplina a través del Proyecto de Enmiendas, y cuando la iglesia le hace la guerra a un crítico externo recurre a otro tipo de medidas). La RPFinició en 1974 para quebrantar la voluntad del cienciólogo que había hecho su contrato de servir indefinidamente a la Org del Mar. Aunque algunos apologistas de la iglesia alegan que la acción disciplinaria es voluntaria, en el barco de Hubbard se llegó a aplicarla por querer abandonar la organización. Como los sambenitos de la España y la Nueva España inquisitorial, a los cienciólogos penitentes se les obligaba a portar una vestimenta negra de caldera, incluso en los tiempos más calurosos. En esta “org”, la más severa de la iglesia, hay una gradación de pecados para quien se encuentra “fuera de ética”. El pecado llamado “emergencia” es el más venial de todos. La “deuda” es considerada más grave, y el estigmatizado ha de mostrar una banda gris en el brazo. “Traición” conlleva una marca negra en la mejilla y “duda” a un estado de incomunicación. El más grave, “enemigo”, se reserva a los herejes y a los detractores de la iglesia. A éstos se les aplica la Fair Game Policy y la persona puede cazarse en buena lid. Los cienciólogos son reacios a traducir sus políticas represivas. Ocasionalmente le llaman “Caza no Vedada” a la Fair Game Policy, pero en lo personal prefiero traducirlo como “Política de Caza Legítima”. En lo que respecta a los “delitos” menores, los que cometen los cienciólogos que no han roto con la iglesia, la justicia en Cienciología se asemeja más a la de tribunales militares que a juzgados donde hay civiles que pueden seguir el juicio. Ni siquiera los cienciólogos comunes y corrientes pueden revisar la evidencia y los testimonios. En un audio grabado sobre el Curso de Doctorado en Filadelfia, Hubbard pronunció estas palabras:

¿Leyeron alguna vez al pobre del viejo George Orwell y 1984? Bien, bien, eso es magnífico. Eso sería […] la sombra más pálida imaginable de lo que sería del mundo si estuviera bajo el dominio del uso secreto de Cienciología.

Después de la muerte de Hubbard el citado pasaje fue borrado del audio bajo órdenes de David Miscavige.

Hubbard trató a sus detractores como su madre lo trató de niño. Mientras presidía su imperio la iglesia intentó destruir a la periodista Paulette Cooper, quien había tratado de denunciar los crímenes de la iglesia. Los secuaces de Hubbard le aplicaron la Política de Caza Legítima. Esta es una de las historias más ruines de la organización de Hubbard. Por cinco años Paulette luchó sola contra una iglesia mucho más poderosa que una mujer aislada. A través de falsos cargos consiguió que fuera legalmente acusada. Al tener que contratar a abogados que la defendieran de los espurios cargos, Paulette estuvo al borde de la bancarrota. Una vez publicado su libro, The scandal of Scientology, copias del mismo fueron robadas de las bibliotecas por los fanáticos de Hubbard, quienes llegaron al extremo de comprarlas de segunda mano en librerías del viejo para destruirlas. Paulette misma fue amenazada de muerte, por vez primera en diciembre de 1969. El celo con que los secuaces de Hubbard aplicaron la Política de Caza Legítima a Paulette me recuerda a los cristianos de los siglos IV y V que destruyeron los libros de Celso y Porfirio, los detractores de la iglesia cristiana: una política que dio inicio a la edad de la oscuridad. Todo un capítulo sobre la “caza legítima” de Paulette puede leerse en el libro de Bent Corydon. Pero a mi juicio el punto crucial es que la intolerancia ante la crítica es un introyecto de cómo la madre de Hubbard intentó controlar a su hijo. El acto “supresivo” de la iglesia de Hubbard pudo ser resonancia de cómo fueron tratados tanto el joven Hubbard de otros tiempos, como los oficiales de la iglesia que se ensañaron con Paulette.

En altamar Hubbard podía aplicar las sanciones de Rehabilitation Project Force a su antojo. En esos tiempos la RPFpodía llegar a durar dos años, y las penalidades incluían privación de las horas normales de sueño; privación de raciones comunes de comida, y la asignación de ardua labor física. Desde que Hubbard realizara experimentos psicológicos con Sara Northrup, su segunda esposa, parecía estar obsesionado con la privación del sueño. Sara no sólo huyó de su marido y de sus técnicas de control mental sino que, como dije, planeó internarlo en un siquiátrico. Pero a Hubbard le resultó cosa fácil aplicar la RPFy el tormento de la privación de sueño a los miembros de su Org del Mar. Imitando a Beria, el jefe de la policía secreta de Stalin, Hubbard escribió:

Al rebajar la resistencia de una persona por constante degradación y difamación es posible inducir, de esta manera, un estado traumático que recibirá adecuadamente cualquier orden que se le dé […]. En el animal la lealtad primaria es hacia sí mismo. Esto es destruido al demostrarle los errores en él.

A mi modo de ver, aquí se vuelven a percibir resonancias de cómo lo trató su madre. Hubbard le exigía a sus fieles que cada vez que tuvieran un pensamiento crítico sobre él o su iglesia “lo reboten cual bala”. Esto es, que en el mismísimo instante pensaran que el hecho de tener semejante pensamiento significa que ellos, no Hubbard albergaban lo que él llamó “crímenes ocultos”. Cuando confronto a algunas personas disociadas por su conducta abusiva, algunos inmediatamente rebotan cual bala mi crítica para hacerme ver defectos míos que sólo ellos imaginan. Eso alimenta mi hipótesis que en cierta manera el citado pasaje de Hubbard es resonancia de su pasado. John Ausley, quien llegara a uno de los más altos niveles en la Org del Mar y quien contó una de las anécdotas de arriba, escribió que Hubbard “implementó esta regla: que si cualquiera decía algo malo sobre él había cometido un acto traicionero contra toda la humanidad”, y a renglón seguido cita unas palabras de Hubbard mismo:

¿Por qué están viendo algo malo en mí? ¡Eso sólo significa que hay algo terriblemente malo en ti!

El objetivo de rebotar los pensamientos críticos cual bala era producir, y cito una expresión de Hubbard a su primogénito, “souls turned inside out”, almas volteadas cual calcetín por así decirlo. Como en los procesos de Moscú, Hubbard quería inducir sentimientos de culpabilidad ante el más leve signo de deslealtad.

Para el cienciólogo leal es imposible albergar un pensamiento crítico sobre Hubbard, de igual manera como para los comunistas de otros tiempos era imposible albergar pensamientos críticos sobre Marx o Lenin. Los adultos inmaduros abrazan la doctrina de infalibilidad absoluta de la figura de autoridad, como los católicos que creen en los pronunciamientos ex cátedra del papa; y exactamente lo mismo sucede con quienes creen en los gurús de la nueva era. Bajo esta luz, la ética hubbardiana no es otra cosa que haber internalizado la manera arrogante, dictatorial y pontificia como lo trató su madre. Estoy convencido de esta interpretación porque los regaños en que el agresor voltea su culpa y proyecta masivamente su patología sobre sus víctimas son un retrato perfecto de la dinámica que he observado en algunos parientes y cercanos, como mostraré en otro lugar.

NI RUSSELL MILLER ni Jon Atack, sus biógrafos críticos, incursionaron en el por qué de la psicosis de Hubbard. No obstante, aunque de manera esparcida la biografía de Miller contiene datos para intuir la tragedia de su biografiado. En páginas anteriores vimos, por ejemplo, que después de una confesión de Hubbard a Jim Dincalci éste se quedó con la impresión de que su infancia había sido desgraciada; que “mucha amargura había ahí sobre sus padres”. Recordemos también que, según Barbara Kaye, Hubbard “bebía excesivamente” y que “hablaba en la proporción que tomaba”. Fue precisamente a su amante Kaye a quien Hubbard le confesó el odio que sentía hacia su madre. En su diario íntimo Kaye escribió: “Es un hombre profundamente infeliz”. Tan infeliz que aún cuando presidía su imperio Bill Robertson observó: “Me dijo que no tenía más ganancias y que quería morir. Eso fue lo que dijo: ‘Quiero morir’”. Y a la ciencióloga Adelle Hartwell le impresionó verlo, ya en sus sesentas, “quitándose el sombrero, pisarlo a zapateadas y llorar como un niño”.

Las acciones disciplinarias para cienciólogos en la Org del Mar reflejan lo que la psicóloga suiza Alice Miller ha llamado pedagogía negra: la manera como los padres abusivos programan la mente de sus hijos. La Política de Caza Legítima es otro ejemplo. Su código estipula que al crítico de la iglesia hay que perseguirlo hasta que quede moralmente destruido. Reemplácese “crítico de Cienciología” por “disidente de los valores parentales” y se verá una calca exacta de cómo, en buena lid, las madres supresivas cazan a sus hijos o hijas adolescentes hasta que queden moralmente destruidos. Las palabras textuales de Hubbard en inglés sobre su Política de Caza Legítima (Fair Game Policy) son las siguientes. Según Hubbard, quien ataque a su iglesia:

May be deprived of property or injured by any means by any Scientologist without any discipline of the Scientologist. May be tricked, sued or lied to or destroyed. (Se le puede privar de su propiedad o ser lastimado por cualquier medio por cualquier Cienciólogo sin que ninguna acción disciplinaria se emprenda contra el Cienciólogo. Puede ser embaucado, demandado, difamado o destruido.)

Aunque la Política de Caza Legítima se les oculta a los principiantes, en otro libro de texto que estudió mi hermano, Introducción a la ética de Cienciología, hay un apartado titulado “Pasos para manejar a la persona supresiva” donde ya se asoma la intolerancia de la iglesia. Uno de los pasajes dice lo siguiente:

Actos supresivos son evidentemente aquellos actos encubiertos o manifiestos planeados a sabiendas para reducir o destruir la influencia o actividades de Cienciología […]. Como las personas o grupos que harían esto actuarían por egoísmo sólo para detrimento de todos los demás, no se les pueden conceder los derechos que normalmente se otorgan a los seres racionales.

Desde este ángulo, yo no escribo este libro por el dolor que me causa el silencio de mi hermano ante mis misivas, sino por egoísmo; y la sociedad no debiera concederme mis derechos civiles. El pronunciamiento de Hubbard parece provenir de un san Agustín u otro apologista de la violencia religiosa en la temprana Edad Media. Pero esta observación no llega a la raíz del asunto, el por qué de la intolerancia en tanto teólogo medieval, partidos políticos y sectas frente a los disidentes. Al igual que Hubbard, Agustín tuvo una madre en extremo supresiva. Y Agustín también sepultó el coraje que sentía por ella al grado de desplazarlo hacia otros cristianos que etiquetó de “herejes”. Ron Hubbard Jr. escribió que su padre nunca sintió remordimientos por sus actos. Agustín tampoco se arrepintió de haber fomentado la persecución fanática de otros cristianos. A través de su “ética” Hubbard se identificó con sus agresores, sus padres; transfiriendo el coraje que sentía por ellos hacia quienes, una vez que Hubbard obtuvo poder, diferían de él. Cuando una iglesia, secta o partido político asume el rol de un padre tirano, aunque provee la ilusión de ser un padre protector en el fondo está demandando la misma sumisión que sufrió de niño. La lealtad a una iglesia, secta o partido político es una transferencia parental del niño-adulto hacia otra figura de autoridad dado que jamás procesó el dolor sobre la manera como fue tratado.

Jon Atack concluye su libro diciendo: “En muchos sentidos Hubbard fue un niño crecido”. El edificio axiológico de Hubbard puede entenderse como mecanismo de defensa para un ego ancestralmente herido. Al igual que Spinoza, quien también elaboró una intrincada ética, Hubbard desconocía el valor terapéutico del enojo hacia el agresor. En La ciencia de la supervivencia, un libro tan errado en cuestiones psicológicas como la Ética spinozista, Hubbard pone muy debajo al enojo en su escala de tonos. Recordemos que según Hubbard la definición original de persona supresiva es la persona traumatizada que trata a otros como si fueran los eventos traumáticos de su pasado. Al reprimir su tragedia, él mismo, Hubbard, trató a sus hijos y prosélitos con gran enojo, como eventos traumáticos de su pasado. Alice Miller ha dicho que el enojo hacia objetos sustitutorios es infinito. Ese odio es patológico. En cambio, el enojo sano hacia el agresor es sano y finito: se limita a denunciar lo que el agresor nos hizo. Ahora bien: Hubbard siguió los cánones morales de su época. Es un hecho que, en sus escritos —literalmente millones de palabras—, jamás denunció a sus padres. Debido a ello, se sintió en la necesidad de desplazar su ira hacia objetos sustitutorios.

Contra lo que los gurús y toda suerte de líderes religiosos, incluido Hubbard, han dicho a lo largo de milenios, Alice Miller, y a un nivel más popular Susan Forward, han demostrado que reprimir el odio y el enojo hacia nuestros agresores es el peor veneno de la mente. El enojo y el resentimiento no son otra cosa que decir en voz fuerte: ¡Se han pisoteado mis derechos! Son una reacción humana sana, natural y comprensible. Sólo cuando vivimos en toda su intensidad la gama de nuestras emociones iniciamos el duelo de haber perdido a nuestros seres queridos en vida. Este duelo, catalizado por el enojo y la repulsa de perdonar al padre irredento, es la verdadera cirugía del alma. Pero es este duelo lo que todo aquél que entra a religiones, sectas y éticas filosóficas más teme. Spinoza, Hubbard y otros creadores de venenosas éticas, o pedagogías negras como les llama Miller, se asustaron ante sus más que genuinas emociones y jamás resolvieron su problema existencial (a Spinoza lo repudió su familia, parientes y correligionarios judíos por sus ideas religiosas). A mi hermano Germán le regalé un libro light, un bestseller de autoayuda que enseña a expulsar el enojo de manera sana, Padres que odian de Susan Forward. En lugar de leerlo, o de discutir su contenido conmigo, tomó el curso del libro en que Hubbard presenta su escala de tonos: que no es otra cosa que los valores más tradicionales y reaccionarios presentados en formato tecnicalizado.

Llama enormemente la atención el hecho que, al igual que Spinoza y Nietzsche, Hubbard reprobara a la compasión. Para entender a Hubbard es necesario insistir en una de las mayores taras de la cognición humana. Los valores tradicionales, reflejados en las éticas de los más diversos credos, nos hablan del “infierno del resentimiento” y de la “magia del perdón”. Como ha demostrado Miller y Forward en varios de sus libros, esta visión del mundo es diametralmente opuesta a la realidad psicológica; y los valores de las culturas del mundo de han de ser transvalorados si es que hemos de reecontrar nuestro camino. Nietzsche y Hubbard condenaron vehementemente a la compasión. Nietzsche culmina su obra magna con una prueba, la superación de la compasión de Zaratustra hacia sus fieles cuando fueron atacados por un león: la “ultima tentación” del iluminado. En La ciencia de la supervivencia Hubbard dice cómo debe comportarse el auditor ante la gente que ha caído en desgracia. Hubbard habla de “un impulso hacia el desprecio y la ridiculización” y menciona “el sentimentalismo sensiblero” de la sociedad ante los miserables. Exactamente como se hace en las escuelas para sicoanalistas, el auditor de dianética tampoco debe involucrar sus sentimientos con la gente en crisis. En su libro Hubbard dice, literalmente, “no sientas compasión por él”. Lo que es más, al igual que sus enemigos siquiatras, para Hubbard la depresión es un pecado: una noción que viene directo del medievo y de sus demonios del mediodía. Estoy convencido de que detrás de su lenguaje tecnicalizado y escala de tonos Hubbard esconde un abismal terror hacia sus añejas emociones: el odio que sentía por sus padres, su madre en especial, que tan bien conocían sus confidentes.

En agosto de 1982 el juez Paul Breckenridge escribió las siguientes palabras sobre un juicio en que la iglesia demandó al ex cienciólogo Gerald Armstrong por hablar de los hechos reales de la vida de Hubbard:

La organización [la Iglesia de Cienciología] es claramente esquizofrénica y paranoide, y esta extraña combinación parece ser un reflejo de su fundador LRH.

El concepto de persona supresiva no es el único caso de este reflejo. Como vio su primogénito, toda la llamada tech de Hubbard parece haber sido un intento fallido de salvarse de abismales afectos. Hubbard afirmaba que las úlceras eran causadas por intentos de aborto. Pero omite confesarnos, y esta omisión es la clave para entenderlo, que creía que su madre intentó abortarlo, y que él mismo padeció de úlcera duodenal desde 1943 de la que jamás se curó a pesar de que repetía líneas de pensamiento mágicas. Estas líneas, idénticas a las de Escatología por cierto, eran sus famosos postulados. Hubbard postulaba cosas como: “Tus úlceras están muy bien y jamás te molestan; puedes comer cualquier cosa”.

He dicho que debido a su tabaquismo Hubbard sufrió de problemas respiratorios. No puede ser coincidencia que una de las promesas del curso OT3 fuera curar ese tipo de problemas. Asimismo, OT4 presumiblemente curaba los efectos tardíos del abuso de estupefacientes en las vidas pasadas. Esto de vidas pasadas es pura patraña: según Ron Hubbard Jr. su padre ya era un adicto desde su adolescencia, práctica que continuó incluso después de elaborar su técnica sanadora. Hubbard Jr. escribió: “Recuerdo el año 1952 en Filadelfia en que tenía una jeringa en el brazo con cocaína”. Y en la página siguiente añade que su padre también usó “anfetaminas, barbitúricos y alucinógenos” entre los que citó al peyote. En una carta de Hubbard mismo a Polly Grubb, su primera esposa, puede leerse: “Te amo a pesar de que solía ser un adicto al opio”. Incluso en una conferencia pública de junio de 1950 Hubbard reconoció que había sido adicto al fenobarbital. Por si fuera poco, existen cartas íntimas de 1966 a Mary Sue, su tercera esposa, donde detalla las drogas que tomaba. Y David Mayo, uno de sus más cercanos colaboradores, declaró en una entrevista de octubre de 1986 que Hubbard había admitido en privado haber tomado LSD. No extraña que incluso el cadáver de Hubbard tuviera Vistaril, un ansiolítico que había ingerido por años; y que buena parte del activismo de la iglesia actual se enfoque a la “guerra contra las drogas”.

La forma patética en que terminó la vida de Hubbard (en su testamento le dejó casi todo a la iglesia, nada a su primogénito ni a su hija Alexis: prueba que no los quería), con numerosas marcas de inyecciones y drogas encontradas en su sangre, epitoman su vida de forma más elocuente que lo que puedo hacer acá. Al leer las biografías de Hubbard el lector queda bajo la impresión que vivió acosado por una verdadera legión de demonios internos. Desde octubre de 1947 Hubbard había escrito a la Administración de Veteranos de Guerra pidiendo ayuda —¡ni más ni menos que ayuda siquiátrica! La carta de Hubbard se conserva y dice textualmente: “No puedo responder por no superar largos períodos de morosidad e inclinaciones suicidas”. Tres años más tarde elaboraría su dianética, pero aún como descubridor de “la ciencia de la salud mental” aparecieron sus demonios. La humillación de la que Hubbard había sido objeto de chico nunca fue curada a través de un duelo, sólo compensada artificialmente con fantasías de ciencia-ficción vendidas como una tecno-religión. Cuando Kenneth Urquhart, quien había ocupado un puesto ejecutivo en las oficinas de Cienciología en Inglaterra, se unió al barco, le impresionaron los constantes gritos de su maestro. La elaboración de uno de los cursos OT, lejos de curarlo de su adicción, había agravado su condición. Aparte de los sucesos de su infancia y adolescencia la tragedia de Hubbard se agravó por la retroalimentación positiva que, desde 1950 hasta su muerte en 1986, recibió de sus fieles. Dicho de otra manera: si Hubbard no hubiera creado una religión habría tenido chances de mantenerse en contacto con la realidad. De haber seguido ganando un céntimo por palabra con sus relatos de pulp fiction podría haber librado la psicosis total. Irónicamente los fieles fueron, en parte, responsables de su condición.

Este tipo de observaciones psicobiográficas no aparecen siquiera en los textos de los detractores más lúcidos. Ni Martin Gardner ni Russell Miller ni Jon Atack declaran locos a los locos: quienes le dieron el dinero, el poder y la fama a Hubbard. En su reseña de 1988 del libro de Russell en la prestigiosa revista Nature Gardner se pregunta por qué Hubbard no fue internado en un hospital siquiátrico. Con tal pregunta Gardner incurre en un enorme error cognoscitivo.

Hubbard sufrió pavorosamente por sus abusivos padres. Ambos trataron de compensar su herida autoestima con delirios de grandeza. El concepto de “tetán operativo” refleja al superhombre que Hubbard aspiró ser. Los cursos de OT, creen los cienciólogos, desarrollan habilidades parasicológicas: desde la telepatía hasta la psicokinesis y la levitación. El tetán operativo es capaz de afectar al mundo físico a través de experiencias extra corpóreas: puede viajar en cuerpo astral a respirar el aire puro de las montañas o escuchar el murmullo de las olas en la playa. Si bien hay cienciólogos que han admitido que esas experiencias fueron completamente subjetivas, los estudiantes que no pueden costear los avanzados cursos toman los alegatos por ciertos. Los biógrafos detractores de Hubbard no han intentado descifrar por qué los cienciólogos de cursos avanzados y muchos new agers sienten la necesidad de desarrollar poderes psíquicos.

La respuesta está en la infancia.

Published in: on May 18, 2009 at 4:59 pm  Comments (2)  

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2 CommentsLeave a comment

  1. Esta entrada sobre la probable causa de la locura de Hubbard es mi aportación original a la crítica de su secta. El amplio marco para entender mi punto de vista es, tanto mi libro en cinco tomos Hojas susurrantes:

    http://www.cesartort.org/

    —como mi largo artículo sobre la secta a la yo mismo caí, y de la cual salí, “Escatología”:

    http://cesartort.blogspot.com/2009/05/escatologia-la-secta-de-la-que-sali.html

  2. Muy interesante, Yo soy estudiante de psicología y de verdad que sería hasta entretenido hacer un análisis a este hombre.


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